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COMO AGUA DE MAYO

Tardes interminables del mes de mayo. Tal vez, uno de las mejores reclamos para la vida que conozco. Recuerdo los atardeceres de mayo en Salamanca desde la Biblioteca de la Pontificia. El sol se desparramaba sobre la piedra arenisca de Villamayor y sobre los tejados de las casas bajas del Barrio Chino. Todavía corrían por allí pequeños riachuelos de agua sucia por las calles que soltaban destellos plateados al aire. El sol tardaba mucho tiempo en esconderse más allá del Tormes. El cielo era azul muy claro, limpio, velazqueño y casi siempre animado por la presencia,  boba y tópica, de los juegos de golondrinas y vencejos. 

El mismo sol que me alumbró hace muchos años en Salamanca estuvo en Salinas esta tarde jugando un rato en la playa. Aparecía y desaparecía. Y al final, unas cuantas nubes negras pudieron con él. Y llegó la tormenta. Empezaron a caer unos cuantos goterones y en un suspiro de Rulfo, de repente, el aguacero. Los perros se escondieron con los primeros truenos. Las madres recogían a los niños pequeños para ponerlos a cubiertos. Y los bañistas corrían con prisa saltando las olas. Este agua que llega  en mayo, violenta y cálida, es un jolgorio. Pura sensualidad. Los recuerdos más antiguos se te sueltan por todo el cerebro. El mar y el cielo son una gran paleta de colores, una gran pantalla sobre la que se despliega el espectáculo. El olor de la tierra mojada, el escalofrío de la lluvia en la piel desnuda, el sonido de las gotas contra los cristales y el sabor salitroso de una furtiva y emotiva lágrima que te cae desde el alma a una comisura de la boca. Son estos pequeños placeres de la vida, como decía Philippe Delerm, del primer trago de cerveza: es el único que merece la pena y empieza antes de que la cerveza llegue a la garganta.






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Han reeditado «Miedo a volar», el best seller de Erica Jong. La publicidad dice que se adelantó casi 40 años a «las sombras de Grey». Bueno, eso es mentira. El texto de Jong es muy superior a la piltrafa demibondage. Y además en «Miedo a volar», la protagonista es una acosadora de psiquiatras, aunque sea un poquito fóbica. Lo leí en 1980 y era un ejemplar robado. En aquella mi pubertad tardana me ponía más «Pantaleón y las visitadoras». De lo de Erica Jong, que cumplirá 75 años, no me enteré de casi nada.








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