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CUATROCIENTOS GOLPES EN LA PLAYA





La playa está revuelta. El cielo encapotado, gris, lleno de nubarrones negros. Parece pleno invierno y que el pintor romántico Caspar David Friedrich estuviese asomado al Cantábrico mirando atónito las nubes de espuma que llegan con el oleaje. Siempre recuerdo el travelling final de «Los cuatrocientos golpes» de Truffaut, con el niño Antoine Doinel corriendo por una playa normanda, buscando la salvación en el mar, entre las olas. Yo he visitado esa playa normanda y sé que esa escena está tomada de la película «Rashomon», de Kurosawa. Es lo de menos. Lo que me importa es la inaprensible belleza que devuelve mi esquina «smoke» esta mañana del día 30 de junio de 2017. En Asturias, en Salinas, sobre la mar, la vida sigue fluyendo en blanco y negro. Hay un verso de Manuel Rivas, poeta de la noche y de la bruma que dice: » y arrastraré para siempre esta playa en el iris». ¡Cuanto nos quise juntos!






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«Despierta ya, mira que luz, nada envidia el Norte al Sur, recuérdame que lo de ayer, no se olvida sin querer….»

Hay días en que me cambiaría por cualquiera. Pero hay muchos días en que me cambiaría por Antonio Vega. Aún le veo por Tetuán, con su metro setenta, sus bambas, siempre vestido de negro y la escuálida delgadez de su cara escondida bajo su inmensa melena. Su mira siempre huidiza, esquiva.  Ahora escucho a diario la compilación que hicieron de sus éxitos sus mejores amigos. Me encanta la versión que Tam Tam Go hace de «Desordenada Habitación». Han hecho una canción nueva.  El disco se titula «Ese chico triste y solitario». Lo que básicamente era Antonio Vega. Lo que era Glenn Gould. Lo que era el Dr. House.  Mis héroes de novela habitan entre la bruma y el silencio. «Tanto soñar con esa flor, mezcla de sol y temporal….» El amor y la muerte. 

12 Comentarios

  • Anónimo

    Posiblemente, el día más estresante de mi vida. En 4 horas he renovado el dni, he abierto una cta cte, he pasado por hacienda para recoger un número pin y ya en casa he hecho el borrador de la renta. Entre medias he fotocopiado unos títulos de E. y los he llevado al otro extremo de la ciudad, junto a las ruinas del nuevo Mestalla, el inacabado. En el túnel del camino de Tránsitos he visto un Renault 5 color rojo matrícula de Cuenca. De la emoción casi me piño. He perdido una chancleta y he tenido que parar en escorzo en mitad de la calle. Desde la acera, una vendedora de biblias con la pantorrilla ancha me ha sonreído. Ni por esas he sentido la llamada del Señor. No sé de donde las sacan pero son todas iguales. Vestidos de tu madre, pantorrilla ancha y mirada bobina. No me las imagino follando ni para recrear. Lo sé, es un pensamiento machista, escrito con el lenguaje hegemónico de los heterosexuales blancos que jamás han sido perseguidos. Asumo la culpa. Encima soy del VCF, que es un club sin metáforas ni rasgos victimarios que le permitan asomarse al balcón de la literatura. Pertenezco a la clase dominante y mediocre. Voy por la calle en bañador, mostrando mis piernas peludas y mis dedos al aire. Como ni siquiera soy colaborador de Jot Down estoy imposibilitado para considerarme cipotudo o pollavieja. En la rama de los cretinos me balanceo en un segundo plano de escatología residual y mediterránea. En el quiosco donde he hecho las fotocopias, la borderline que me ha atendido me ha preguntado si yo era del Valencia. ¿acaso tengo cara de ser del VCF? En ese momento he recordado que todavía llevaba el pijama puesto, el de la camiseta del Matador kempes. La chica, todo voluntad, me ha dicho que ella era socia y accionista. El pase le cuesta 400 euros. ¿y a ti? a mí sólo 85, pero porque estoy en la última fila he dicho algo acomplejado. Jolines, el año que viene me voy a la última fila, ha dicho. Claro, he pensado, lo que me faltaba. Atraer a todos los tarados de la ciudad al único lugar en el mundo donde aún respiro con algo parecido a la calma. El estrés no me ha quitado el hambre. En un bar de nombre incierto he comido un pincho de tortilla y unas tostadas de pa amb tomata. A la salida, la misma vendedora de biblias que antes me había sonreído lo ha intentado de nuevo, que aproveche buen hombre. Le he comprado la versión definitiva, aquella que dice que Jesucristo era negro y homosexual. Y del Levante.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Pero sin duda, lo mejor ha sido el sueño que he tenido esta noche. Nos jugábamos la liga contra el Madrid en Mestalla. Era el último partido. En el Madrid jugaban todos, Cristiano incluido. En el Valencia no reconocía a nadie salvo a 3 niñas de 13 años y medio que se pasan el día debajo de mi casa escuchando regetton. Junto a ellas, en el centro del campo, estaba el bibliotecario de la facultad de Medicina, un tipo al que llevo años sin ver. Gordo no, lo siguiente. 146 kilos de grasa y sebo. Lo increíble es que el bibliotecario jugaba con pantalones vaqueros de invierno, camisa roja de mangas largos, mocasines y gafas. Lo del Gordo ha sido espectacular. Ibamos 2-1 a falta de 33 minutos y el Gordo se ha hecho el amo del centro del campo. Por un instante parecía como si fuera Gordo por haberse comido a Makelele, Albelda y Busquets a la vez. Un portento. Ha hecho raya en el círculo central y no pasaba ni Stielike. A falta de 15 minutos el sufrimiento era inaguantable. La grada lateral no existía y en su lugar había un patio de vecinos con verjas como puñales. En uno de esos despejes, el Gordo ha encalado la pelota en un deslunado. El gilipollas de Ronaldo ha coreado "la ley de la botella, el que la tira va a por ella", y el cretino del Gordo le ha hecho caso. Yo, desde la grada norte le gritaba, ¡¡NOOOOO Goordooo NOOOO, no vayas tú, que vamos ganando!!. Pero el Gordo ha ido. La putada es que se ha quedado encerrado en el deslunado. Había una verja insalvable para él y su tripa indecente. Los últimos 15 minutos los hemos jugado con uno menos. Puto Gordo bibliotecario. Ahí estaba, llorando, intentando saltar la valla, enseñándonos a todos la raja del culo. Joder, y que raja. Parecía la selva negra. Sin el Gordo gafotas en el campo la presión del Madrid ha ido a más. Con el empate ellos eran los campeones. El 2-1 hacía campeón al Valencia. Ha sido un corner tras otro, un acoso y derribo sin precedentes. La niña del 3ºC, la de las coletas como la tonta del bote, ha sacado una pelota in extremis. Yo me moría en la grada. Al final, de pura desesperación, he saltado a jugar. He empezado a encalar pelotas sin rubor alguno. De vez en cuando le gritaba al Gordo: ¡¡¡Baja hijodeputa baja, baja de una puta vez!!!. Pero el Gordo, hecho un mar de babas, respondía: ¡¡¡no puedo, no puedo!!!. En uno de los últimos lances, Alfredo Relaño me ha recriminado lo que estaba haciendo: ¡¡antifútbol, antifútbol!!!, gritaba con ademanes de fino estilista. ¡¡Que te den por culo, papafritas!!!, le he respondido con la vena hinchada. En el palco de prensa, comiéndose un frigodedo, Jabois escribía la contra del partido. Veremos que publica mañana. Tras los festejos de rigor, el Gordo bibliotecario de la facultad de medicina aún seguía en el deslunado. Al César lo que es del César, mientras ha estado en el campo, ha hecho un partidazo.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Espada sobre JotDown:
    "En la entrevista, corta y densa, como debe ser (y no como son esos inacabables tostones digitales, eyaculados más que escritos) hay varios momentos estupendos."
    ch

  • Anónimo

    Sobre Selfie
    Todo el mundo habla de Selfie, la peli de Bosco. Esperaba más. En mi clase había varios Boscos, gente risueña y feliz, anodina y clasista. Tuve dos grandes momentos con ellos. La primera vez fue por culpa de una uña. Yo jugaba al fútbol en un equipo con pretensiones y me pisaron el dedo gordo. La uña reventó y no había manera de calzarme. Era en octavo de EGB, en el colegio de El Pilar. Desde la ventana de clase veía Mestalla y si tenía un apretón iba a casa a soltar lastre. El Pilar tenía dos públicos, los chavales del barrio que éramos clase media con aspiraciones y los que venían del Ensanche, que eran la flor y nata de la ciudad devastada que siempre ha sido Valencia. En el fondo, ellos no lo sabían. Vivían en Valencia con la mente en Madrid. Sus papas y abuelos habían conseguido lo fundamental, que Valencia fuera una colonia gris y huertana del sueño por excelencia: ser alguien en Madrid. Yo lo veía con el eco de la bohemia. Era nieto de adúltera e hijo de artesanos. Aquel día fui al colegio en chanclas. Por la uña. Ya en el patio empezaron los murmullos y en las escaleras de acceso me hicieron un pasillo, como si hubiera ganado la liga. Me sentí al margen desde ese día. No saben el gran favor que me hicieron. En un cuaderno cartoné empecé a vislumbrar que su mueca de desdén iba a ser mi gasolina. Me equivoqué. La mayoría eran buena gente, algo afectados pero buena gente. Chapoteaban en barros insoportables: cumplir etapas, satisfacer a papá, no salirse del guión, vivir para siempre en el lodazal de lo que debe ser. Esa presión hay que vivirla. No es fácil. Nunca quise cambiarme por ninguno de ellos. Mi segundo gran momento fue en pleno invierno, cuando me presenté en clase con el pijama debajo del chandal. Corrió la voz y aquello fue como si la mujer barbuda hubiera subido a la palestra. Yo me reía. Ya entonces jugaba con ventaja. En el fondo, los pijos son necesarios. Han llegado a la cima del equilibrio social. No tienen la culpa de sonreír todo el tiempo. Un mundo de calles bien ordenadas y playas en Javea es el espacio artificial que mejor se ajusta a la serenidad. El problema nunca fueron los pijos, sino sus primos hermanos: los depredadores. Esos hijos de puta son los que no merecen compasión.

    viejo Casale

  • cat

    Veo a Casale como un paseante de arrabales y viejas calles despobladas que entra en bares. Su mirada se fija en gente destartalada que estimulan la producción de un sketch mental, sin conversación, que luego escribe. Es su entretenimiento creativo. Cuando todo es una mierda sale a buscar a sus personajes. De eso se alimenta. Es su Prozac.
    Entiendo lo que le pasa. Hago lo mismo para levantar el ánimo: salgo y bajo a la ciudad. Me quedo con lo visual, no necesito más si son mujeres. Me gustan quietas, sin móvil, paradas en el transporte mientras van de un sitio a otro. Vuelvo nuevo.

  • Anónimo

    A veces ni siquiera eso. Basta con ir con la vespa de casa al trabajo y del trabajo a casa. Creo que Casale me permite ser buena persona. Empiezo a ver a Casale como una especie de Torrente desquiciado, un poco más culto pero con una mochila repleta de chistes malos y tics castizos. Reordena el caos a partir de su propia rabia. Es una rabia que viene de lejos. La conoce y la desprecia. A Casale no le gusta su bilis. Por eso la amortigua como puede. Hay una voluntad paralela que consiste en quitarle importancia al hecho anecdótico de saber contar historias. El prejuicio literario lo condiciona todo bastante. Un buen filete es más importante que una buena novela. Lo que Casale busca es crecer. Y para crecer debe librarse de sus arrebatos místicos. Un arrebato místico es una ilusión de armonía, una estampa fugaz que consolida un paisaje mil veces intuido, el destello de una evocación. Se trata de avanzar. Hay que vagabundear a sabiendas de que se trata del trabajo más refinado y contextualizar las anécdotas de modo que dejen de parecer importantes. No lo son. Hay que acumular muchas anécdotas para comprender que su trasfondo es un error. Escribir por escribir es una debilidad. Precisamente por el poso adictivo que provoca hay que manejarse con cuidado. Lo ideal es pasar el mono en blogs ajenos donde a uno se le tiene afecto. Una vez superado el periodo de recaídas, corresponde evaluar el origen del desajuste. No basta con apelar a la vanidad. Hay que aceptar la realidad. No es No. Preservar la lucidez es lo que cuenta. Y darle un sentido. Un sentido menos onanista y más saludable. Suficiente. Creo que estoy borracho.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Querido Merc,
    lo del Gordo fue inenarrable. Si no lo veo no lo creo. Era poderoso como un tractor y contundente como un panzer. Lo único que lo desmitificó un poco fue la raja del culo y que no supiera saltar la verja. Ahogado en babas y con llantinas histéricas parecía una nenaza. Nadie es perfecto.

    viejo Casale

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