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DEDICATORIA

«Dedicatoria»

Reflexión sobre las relaciones entre hombres y mujeres a partir de la película de Jaime Chávarri

16.03.2019 | 23:53

«Dedicatoria» (1980) es una de mis películas favoritas. La dirigió Jaime Chávarri y la protagonizaban dos actrices especialmente bellas: Amparo Muñoz y Patricia Adriani. El elenco masculino lo recuerdo con menos fervor. Con «Dedicatoria», Chávarri cerró su ciclo de «películas civilizadas» que formaron también: «A un Dios desconocido», «El desencanto» y «Los viajes escolares». 

«Hasta ahora he hecho un cine muy civilizado, en el sentido de que los personajes reaccionaban ante sus problemas de una manera, más o menos racional, y en este momento yo empiezo a no creerme esto. Empieza a haber una cierta tensión en el ambiente, no sólo en el social, sino en el de las relaciones personales. En ‘Dedicatoria’, hay una historia de amor principal y surgen otras dos paralelas que los personajes intentan vivir de una manera sensata, lo que está en contradicción con el sentimiento visceral que es el amor. También en lo que se refiere a la profesión del personaje principal, que es periodista: ‘a mí no me importa si lo que me cuentan es verdad o es mentira’. Los personajes de mis películas siempre encontraban en lo razonable un punto de apoyo para enfrentarse con las cosas, y creo que ahora lo razonable y lo civilizado empieza a fallar porque está fallando el mundo en que vivimos. Esto hace agua por todos los lados», decía Chávarri en 1980. 

Poco antes, en 1979, Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut habían escrito que el feminismo y los movimientos gays, transexuales y lesbianas establecerían una nueva maleabilidad amorosa, un nuevo «desorden amoroso». 

Han ido pasando los años y estas relaciones han cambiado. La posmodernidad «desordenada» trajo consigo la quiebra del compromiso en las relaciones sentimentales, con el egoísmo presidiendo la escena conyugal. Los movimientos feministas se aferraron a conceptos como el de «falocracia» que dibujaba a la mujer dominada por el hombre. O sea, a la mujer como esclava pero de un esclavo, de un hombre sometido a unos estereotipos muy básicos, a una vida regida por los básicos códigos de la virilidad. 

El mundo civilizado que Chávarri echaba en falta en 1980 saltó definitivamente por los aires hace unos años con la emergencia de las redes sociales y sobre todo con el movimiento #metoo, cuya formulación más radical extiende la sospecha de que en la mayoría de relaciones sexuales entre hombres y mujeres existe un componente intimidatorio. Un análisis documentado y riguroso de lo acontecido en las relaciones hombre-mujer tras el #metoo lo encontrará el lector en «(Fe)male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI», un texto breve e interesante de Manuel Arias Maldonado (Anagrama, 2019). Su título, «La mirada femenina», hace referencia a la teoría «male gaze» (la mirada del hombre sobre la mujer) que popularizó en 1975 la escritora Laura Mulvey para quien «el uso inconsciente del patriarcado en los códigos de representación fílmicos vendría a perpetuar las estructuras de poder fuera de la sala de cine». El relajo y la debilidad de las tesis de Mulvey son fácilmente demostrables. Si bien es cierto que el cine de Hitchcock rinde culto a la «male gaze», no es menos cierto que J. L. Mankiewicz tras rodar «Eva al desnudo» (1950) contó: «Yo hice una película titulada Eva al desnudo. Si hubiese tenido que rodar Adán al desnudo no habría tenido ni para un cortometraje». La cita de Mankiewicz abre el sugerente libro «El alma de las mujeres» (Cecilio de Oriol y J. Lázaro, Deliberar, 2017). 

Así están las cosas. Como explica Arias Maldonado, las tesis del #metoo no son nuevas. Lo que sí es novedoso es el gran apoyo popular que están recibiendo proveniente tanto de las redes sociales como de la llegada a puestos de poder de un porcentaje de mujeres muy superior al de ninguna otra época de nuestra historia, éxito que casi nunca se atribuye a las sociedades liberales. 

El futuro de las relaciones entre hombres y mujeres, ese nuevo contrato sexual del siglo XXI, habrá de restablecer la confianza rota en estos últimos años. Paradójicamente, en la vieja Europa un grupo de intelectuales vinculados al psicoanálisis no solo da por resuelta la batalla desencadenada en Estados Unidos tras el caso Harry Weinstein sino que aboga por la restitución del orden perdido al rescoldo de la institución matrimonial, que Freud, teórica y actitudinalmente, había hecho saltar por los aires. Adalides de esta causa son los franceses Julia Kristeva y Philippe Sollers, que se casaron en 1967 y siguen juntos 52 años después pese a que entre medias Sollers mantuvo un idilio con la novelista Dominique Rolin que duró más de treinta años y que está escriturado en una formidable correspondencia amatoria. 

También aboga por la persistencia «contra viento y marea» de las relaciones de pareja, el italiano Massimo Recalcati con su apostolado en pro «del duro deseo de durar», esa frase de Éluard que tanto gustaba a Lacan. 

Arias Maldonado abre su opúsculo con una canción de Elvis Presley que compendia a la perfección el actual estado de las cosas: «We can´t go together with suspicious minds. And we can´t build our dreams with suspicious minds». 

Yo levanto la vista del ordenador. Y en el patio de la casa, bañado por el sol de primavera, bajo el emparrado, entre las primeras camelias florecidas, una mujer joven sentada en una pequeña silla de mimbre sacude hacia atrás su larga y rizada melena. En un viejo radiocasete suena la voz de Manolo Caracol. La niña de fuego. Patricia Adriani. Dedicatoria. El amor y la razón.

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