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DÍAS SIN PLAYA

Hoy no hay playa. Las cosas se han liado de tal manera que he tenido que pasar otra noche lejos de casa, tan lejos de amarte, que diría Manolo Tena. La sensación es tristísima, de una profunda melancolía. Son casi las siete de la mañana. Escribo desde la cama, que es la primera señal de que las cosas no van bien del todo. Y sin embargo, no puedo dejar de escribir. Pensaba en esa bonita frase de David Grosmann que Juan Tallón colgó ayer en Twitter que dice que escribir empieza siendo una forma de que los demás te quieran pero que se acaba convirtiendo en una especie de adicción, de divertimento personal del que uno no puede librarse. No lo sé. Pero no es mi caso. Grosmann y los que piensan como él son músicos de jazz, virtuosos de un instrumento. Luego están los cantantes de tangos, de boleros. Esos son otra cosa. ¿Para qué le sirve a Maite Martín saber tocar el piano como nadie?  Lo mismo que a Glenn Gould, el malogrado, la voz le sobraba. Y sin embargo, todo es música. La misma música, la misma vieja música. Pero tan diferente que parecen actividades distintas. Confieso por enésima vez que me aburren los virtuosos de la literatura tanto como me aburren los fieros músicos de jazz. A mí dadme a Adriana Varela, a Antonio Vega, a la Tana Rinaldi cantando «Sexto Piso» en Buenos Aires mientras botas militares taconean en el piso de arriba y se llevan a una familia de inocentes para torturarles en el Garaje Orletti y luego lanzarles al mar, como cuenta Horacio Verbitsky en «El Vuelo». Yo no podría ser como Grosmann. La vida, y escribir es una forma de vida, tiene que llevar dentro algo más que palabras y palabras. La vida, y la literatura es una forma de vida, es una relación interpersonal. Nadie escribe para sí mismo. Se escribe, decía CS Lewis en «Una pena en observación» o en «Tierras de penumbra», ya no me acuerdo, para sentir que no estamos solos, para pedir que alguien pueda tomarnos de la mano y hacernos una caricia reparadora. Esto puede ser.  O se escribe, ¡oh capitana mi capitana! para cortejar a los mujeres, cosas de poetas muertos. Yo empecé a escribir por eso. Para poder contar a quien quisiera saberlo que estaba roto por dentro.


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Hoy no es un día cualquiera. Hoy puede cambiar la historia de esta vida que me dieron. Hoy es el día en que lo viejo debe empezar a morir y lo nuevo debe empezar a crecer. Para empezar he dormido con esta foto enfrente. El puente más horrible del mundo en color verde purulencia. No me gusta Praga. 









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Lo único que no me creo de la historia de Jotdown que cuentan en El Confidencial es que A Bola sea de Santa Pola. He de decir que conmigo siempre ha sido dura pero limpia y muy educada. Hubo un día de verano estando yo en Barcelona, antes de que dejase de ser una ciudad cosmopolita, en que la llamé para quedar con ella y conocerla. Ella me dijo que igual tardaba un poco porque vivía, si, en Barcelona, pero un poco mas allá de Sitges y que tardaría un par de horas. Me da la risa solo de recordarlo. Lo único que sé es que al fallar la cita perdimos una entrevista con Mario Camus. Las cosas del directo, señores y señoras.
Yo ya sé que no es una bola, que no se llama Mar ni se apellida De Marchis y que su voz no casa con las piernas de las chicas de las fotos que mandaba para reclutar costaleros. Como diría Paco Lobatón: «Señora, usted no tiene voz de llamarse Lorenzo García».
Pero ¿española? ¿al menos serás española, no, querida?
Un beso fuerte y prolongado, Bolinga¡ Y no te creas todo lo que traen los papeles. Solo los cínicos sirven para cualquier oficio.

11 Comentarios

  • Anónimo

    Hoy escribo desde Casa Calabuig, que es bar portuario desde 1903. Yo también tengo una teoría. Se escribe, a veces, para no darle la brasa a los demás. Mientras uno escribe se aprende a estar solo. Al final, ese aprendizaje es el único que cuenta. Con el tiempo puede que alguien te lea. Bien, cuando eso sucede ya es tarde. El impulso inicial de ser leído se quebró al poco de empezar a escribir. Era un impulso viciado por la sociedad del espectáculo. La teoría adolescente y ridícula del golpe de efecto. Yo es que escribo, sabes. Tonterías. Era demasiado guapo para tomarme en serio la escritura. Era raro, pero un raro con galones. Intuía algo que me incomodaba. Esa incomodidad era el espejo de los grandes colchones de la humanidad. La impostura, la hipocresía, el saludito de mierda en la puerta de los bares. Yo necesitaba lectores cuando no los tenía. De hecho, el gran momento de la escritura es descubrir ese instante luminoso en que ya has vencido la necesidad de ser comprendido, amado, interpelado. Todo lo demás es oficio. Y el oficio tiene sentido cuando te pagan. Cuando no te pagan se trata de escribir sin ruta, por sentirse más o menos cómodo en el sofá de casa. Me gustan las rutas que no están condicionadas por el interés. Son rutas personales. No van más allá de ningún lugar con prosodia. La mía está muy clara. Soy un tipo perezoso que da vueltas todo el tiempo a cuatro calles. No me apetece salir de ahí. No me apetece indagar en las grandes tendencias. La vida de los demás me importa una mierda, aunque por puro egoísmo prefiero que le vaya bien a todo dios. Tampoco siento ninguna curiosidad por el funcionamiento del mundo. El mundo es demasiado grande para mí. Esta forma de vivir es tan absurda, idiota e inmoral que al final cada uno hace lo que puede. En la balanza de los sufrimientos globales escribir es una piedra modesta y sencilla. Sólo haces daño al incauto que se aventura. Pero ni siquiera es una herida real. Basta con cerrar el libro, el blog, dejar de leer. Que el escriba que encuentra algo de sosiego en su texto siga su ruta. Y si es posible, que no imponga a nadie su presencia en el mundo real. Sobre todo eso.

    viejo Casale

  • Anónimo

    un bofetón con la mano abierta no duele tanto. Es como el chiste de las 3 potencias mundiales, Grecia, Portugal y España. Con lo fan de Jabois que soy. En fin.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Poniente. Vacaciones. Soy el único tipo sin tarjeta de crédito que pasea por esta ciudad del infierno. Tengo un pito y un teléfono de contacto, por si me atracan los malos. Mi mujer me da 5 euros por las mañanas y me exige ahorro. Por extraño que parezca no soy ludópata, ni drogaino, ni borracho. Pero como no tengo cartera el dinero se me pierde. No tengo cartera, ni reloj, ni anillos, ni cadena de oro. Llevo gallumbos por prudencia. Todo me molesta. El móvil se me olvida en todas partes. Una vez me lo robaron y al ver que era imposible revenderlo me lo devolvieron. Todavía recuerdo a la vieja del barrio de la Luz justificándose: me lo he encontrao, decía. Los cojones. Lo cogiste y cuando tu hijo el niño Palillo vio que no os darían un duro quisiste al menos sacarme una cervecita gratis, por piedad. Justo ese día aún no había perdido la calderilla que suelo llevar en el bolsillo. Le pagué dos birras a la vieja. El bar tenía solera. La mugre era internacional sub21. Los torreznos ya no gemían, rebuznaban. Encima tuve que soportar el buenismo hipócrita de la vieja. Me pasan cosas muy raras. Ya es casualidad que fuera la madre del niño Palillo y de la niña Aguja. Cuando estábamos sentados en la mesa, el Niño Palillo se pensó que intentaba ligar con su madre. Tío, estoy desesperado por echar un polvo pero no con viejas de 78 años y medio. Ni por esas. Otra vez me reventó los morros. Creo que me voy a comprar una cartera. Así al menos podré guardar las tiritas.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Sigo a la Niña Aguja a escondidas. Su hermano me la tiene jurada. No hay dos sin tres, me dijo la otra noche. El Niño Palillo me tiene acojonado. Al salir de casa lo primero que hago es mirar debajo de la vespa por si me ha puesto un chicle lapa. Me paso la mañana dando vueltas por el extrarradio. He aprendido a distinguir las calles según la brisa. No sirve para nada pero verlo por escrito me da vidilla. Es un poema urbanita de cojones. Toda la vida he buscado esa luz. No es la luz del pasillo cuando te meas por la noche. No. Me refiero a ese otro tipo de luz. La luz que pende de las cabezas santificadas por el aura. En esa luz flota La Niña Aguja. Cada vez que versionea el baile del gorila un temblor me recorre el espinazo. No soy sólo yo. La ciudad tiembla. Es un temblor parecido al del terremoto de 2003. Lo recuerdo bien. En aquella época era comercial. Una vez a la semana paraba en el barrio chino. Había una chica que me llevaba loco. A media mañana pasaba por el puticlub para estar con ella. Por un momento pensé que la metáfora socorrida de las paredes tiemblan era verdad. Bajé a la calle todo feliz, ufano de mi pollón glorioso que había levantado grietas en las paredes de la pensión. En la calle, el gordo Boñigas, escatológico con carrera universitaria, me sacó de dudas: nano, acaba de haber un terremoto de baja intensidad, pero terremoto a fin de cuentas. Se me vino el mundo a los pies. Durante semanas, siempre que algún ingenuo preguntaba, ¿y tú, qué hacías durante el terremoto? yo siempre respondía lo mismo: mira nano, no te lo vas a creer, pero me pilló follándome a tu mujer.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Ah el gordo Boñigas. Otro que tal. Recorría la ciudad reconstruyendo la historia de sus retretes. En un cuaderno Cartoné anotaba modelos, marca, año de la primera evacuación. Era un tipo metódico y singular. Le llamaban el Gordo Boñigas. Había dudas. ¿Oxímoron o pleonasmo? Un día le mandé un mail a Arcadi Espada para que me resolviera la cuestión pero no contestó. Pensaría que era fiction. En fin. El Gordo Boñigas era gordo y estaba obsesionado con las boñigas. Su madre participó en el casting para el remake local de la película Leolo, traducida al valenciano "Lluiset". No pasó el corte, y eso que su primer hijo lo tuvo con un tomate del mercado central. Del padre del Gordo Boñigas no había noticias. Escribí un cuento sobre él en un libro que salió hace unos meses. Utilicé pseudónimo, para evitar malos rollos. Lo mejor del Gordo Boñigas es su versatilidad. En algunos relatos lo convierto en héroe. Adelgaza, estudia, las chicas lo aman. Un Gordo Boñigas a mano es básico para escribir. Me explico. Los comodines son necesarios para desenmarañar las tramas oxidadas. Un Gordo Boñigas es como el extra de Arús con Leche. Hoy le haces decir, "nano, menudo terremoto" y otro día le inventas un puesto de golosinas en los alrededores de un colegio nacional. Sólo espero que no le diga nada al Niño Palillo. Esta noche, la niña Aguja actúa en la sala Canal.

    viejo Casale

  • M.A.

    Sí que lo es. Ese inicio con pito, teléfono, y 5 euros… Me pilló esperando a entrar a la sala de tortura. No debes andar tal mal cuando estás descojonándote, me dijo la fisio.

  • cat

    Escribo para que no se me olviden las cosas que me pasan; si no me han pasado es que me afecta y no tengo claro los motivos. Comiendo con Rafa nos contamos historias que nos obsesionan, cada uno las suyas. Dice que es vago pero lo llevó a cabo, yo no. Cuando se trata de olvidar leo. El resto del tiempo es oficio. En mi oficio pagado se escribe mucho. Una escritura impersonal de copia y pega que me descompone. Imposible ver en ella a personas. Paso mucho tiempo puliendo informes para que se vean sin que se note mucho ni desentone con el modelo oficial. Todo lo que permite conocer está capado en la selva de datos sin valor en que se han convertido esos papeles. Adánica ciencia de marcar casillas. Un noli me tangere. No te acerques a mi.

  • Anónimo

    A Pituco el eléctrico los huevos no le cabían en el pantalón. En su imaginación medía 1'95; en la realidad no llegaba al 1'53. Da igual. Se libró de la mili por bajito, pero ello no menguó su talante marcial. Iba siempre vestido de Rambo, con botines doctor Martinez que imitaban a las míticas doctor Martens. Parecía Milikito el día de su debut, cencerro incluido. Según propias palabras, Pituco el eléctrico no creció más por culpa de los supositorios. La madre, mujer de pocas luces, entendía que posición rectal era comérselos muy tieso, de pie, en posición de revista. Con los años, Pituco el eléctrico cambió el discurso. "A mi por el cacas no me han metio(sic) ni los supositorios. Yo me los comía" exclamaba orgulloso, viril, machote de mil demonios. Le llamaban el eléctrico porque fue el primero del barrio en aprobar la FP. Menudo chapuzas. Le encargaron la iluminación de la falla y su debut no pudo ser más catastrófico. "Viembenidos al varrio" se podía leer. Es que soy platónico, dijo para justificarse. Daltónico, capullo, daltónico. Y tú no eres daltónico, eres disléxico, le contestó el presidente de la falla cuando vio el estropicio. Aquello, no obstante, tuvo su lado bueno. El alumbrado se convirtió en reclamo turístico de primer orden. La gente se descojonaba pero la verbena lo petaba. Se duplicaron los ingresos. Algo así como el ECCE HOMO en Borja. Ni corto ni perezoso, Pituco el eléctrico tuvo los santos cojones de pedir más dinero. Como no se lo dieron, esa misma noche cortó los cables. Tuvo un final trágico. Algo falló. Y Pituco el eléctrico se carbonizó en el intento. Durante años, sus huevos hechos masilla de ceniza colgaban de un cable junto con sus botines doctor Martínez. Fue entonces cuando en medio mundo se puso de moda echar zapatillas a los cables de luz. También en eso, nosotros fuimos los primeros.

    Viejo Casale

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