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EL CIELO PROMETIDO

Entres los miles y miles de tipos de depresiones siempre me han llamado la atención las llamadas «depresiones por el éxito». Serían aquellas depresiones que aparecen cuando el afectado alcanza un éxito en la vida y de repente se da cuenta de que la felicidad no era eso. Y ahí comienza la cuesta abajo. La galería de tristes triunfadores es extensa. 

No creo yo mucho en esto de las depresiones que llegan por la vía del éxito. Me resultan más cercanas las que vienen del brazo de la pérdida de estatus o del olor del dinero. Desde luego no es lo que le pasó a Springsteen ni a Nuria Espert, por poner dos ejemplos. Ignoro con profundidad sus casos concretos, que por cierto, curaron con medicaciones. Pero poco tienen que ver con la mala gestión del éxito dado que ambos ya eran triunfadores cuando las sufrieron.
Mas que no encontrar la felicidad en el éxito hay educaciones y crianzas que incapacitan para poder disfrutar de los buenos momentos. 
Hace unos años traté a un hombre que sufría frecuentes despeños distímicos casi siempre relacionados con ascensos profesionales. Le ascendían y se aislaba en una retracción autística que duraba semanas. La educación que había recibido en su casa era de una austeridad espartana. Aún hoy me aterra el recuerdo. Le acompañaba a las consultas su mujer, muy bella y muy fuerte que le sostenía en las visitas al infierno. Ella hacía recaer la culpa de las carencias de su esposo en su suegra, mujer fría, altiva y distante a la que el hijo adoraba. La cosa me sonó un poco a broma y esperaba poder intervenir para refutar el tópico. Pero la amantísima esposa se había preocupado y se traía subrayado el libro de Heinz Kohut, un famoso psicoanalista, sobre el análisis del self, o sea, del sí mismo. Y párrafo a párrafo me fue desglosando las molestias de su esposo y enlazándolas con las actitudes de una suegra muy narcisizada incluso en los 75 años que entonces contaba. Al paciente, su madre siempre le había prohibido alegrarse de los triunfos cotidianos y nunca le había ratificado en ninguna de sus victorias de niño pequeño. A cada buena noticia, a cada victoria escolar, la mirada de la madre (algo menos la del padre) era solo una incitación al próximo esfuerzo. Así creció el pobre. Cuando se casó, mejoró algo. Tuvo una hija que le llenó de orgullo pero cuando por la puerta llegaron los éxitos profesionales la tristeza entró por la ventana. El hombre no podía permitirse ni un solo reconocimiento público sin expiar la culpa que le generaba. Y el benedictino enclaustramiento al que se sometía tras los nuevos galones le permitía volver al nuevo puesto rejuvenecido. La culpa, maldita culpa, es capaz de bloquear cualquier actividad por próspera que sea. Pero este hombre había encontrada una forma de defenderse del poderoso influjo de la mirada materna.
Decía Baudelaire, otro gran culposo, en «Las flores del Mal»: «¿Podemos aniquilar el remordimiento que vive, se agita y escarba y nos devora como la oruga al corpulento árbol?
Pues sí, querido Charles, ya ves que podemos.




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Leyendo el primer poemario de Almudena Guzmán, publicado en su excelentísima Poesía Reunida que titula «El jazmín y la noche».
Los «Poemas de Lida Sal» están escritos cuando tenía 17 años, en 1981. Y probablemente, con «Usted» son lo mejor del libro, que tiene un altísimo nivel.
Sus versos son un despliegue de emociones, latidos vitales y desparpajo a raudales: 
«Compréndeme. A un enfermo de los ojos que va a curarse no le dejan ver toda la luz de la luna y yo soy una enferma de amor que necesita recuperarse de su pasado con caricias dulces, con pasiones comedidas de sexualidad, con la ternura infinita de unos brazos rodeándome sin prisas. He estado tanto tiempo llena de pisadas sin respuesta que ahora he de tornar a la inversa una testaruda mirada para encontrar la ruta y volver contigo a casa».






¿Cómo se puede escribir esto con 17 años? ¿ Cómo se puede seguir apreciándola con 52?











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