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EL PARAÍSO EN UN ESPEJO

«La Graciosa me calma los nervios», le dijo Ignacio Aldecoa Isasi a José Arozena en Tenerife antes de pronunciar su conferencia titulada «Mar de Historias», en 1961, al volver de las cuatro semanas en las que se encerró en la isla chinija para escribir «Parte de una historia». Yo no creo que las islas tengan un poder curativo especial. Tal vez en aquella época el aislamiento facilitase la labor creadora. Pero es un aislamiento tan extremo que a veces fatiga la mente y nubla la imaginación.
Hay una anécdota muy curiosa que refleja la dureza que supone vivir al límite. Porque que un literato madrileño de buena condición se vaya un mes a la isla más perdida del litoral español tiene algo de arriesgado. Poco antes de subir al barquito que cubre la travesía Órzola-Caleta de Sebo, parece que Ignacio, ya en el barco miró hacia sus amigos lanzaroteños y les dijo: «Solo os pido que pasadas las cuatros semanas vengáis a recogerme, que no me olvidéis allí». Esta mezcla de miedo, temor a perder el oremus y conciencia de que su sito natural no podía ser aquella isleta perdida en el Atlántico con tantas carencias como granos de arena en sus playas. Aunque con gente muy honrada y hospitalaria, desde luego.
¿De qué huía Aldecoa? ¿De qué huye tanta gente a diario? Porque el aislamiento no es más es un refugio. El aislamiento no nos garantiza ni la paz ni la tranquilidad. Aún no sé con certeza de que huía Aldecoa. Pero sí sé que la mayoría de la gente huye de si misma, de su incapacidad para afrontar convivencias adversas o golpes de la vida que los dejan descolocados. La exigencia de la vida en común ha puesto el listón de competencias alto. La carrera, universitaria o no, empieza desde que nacemos. Y en este «Grand Prix» en que se ha convertido el día a día queda poco tiempo para la alegría, para reírse a diario, no de forma planificada, ni solo los fines de semana.














El paraíso, como dijo Vargas, puede estar en cualquier esquina, en cualquier momento que rompa la vida planificada, rutinaria. El paraíso está en ese instante que alguien nos devuelve una vaharada de cariño que nos hace sentir que no estamos solos. Pero que no estamos solos por dentro. La soledad, como  el exilio, tiene una soledad de fuera y una soledad interior, que es la más importante. Esto puede verse en el despoblamiento paulatino de los pueblos de la España vaciada, tan llamativo que hasta Antonio Gamoneda se ha dado cuenta cuarenta años después de que le faltaba la gente de su pueblo. Se va un vecino, al poco otro, luego el de más allá. No es nada planificado. Es algo instintivo. Se van y se posan allí donde encuentran alguien de su pueblo y un mínimo objetivo en la vida. Y se paran. Y se ponen a esperar, con calma, como los pájaros de Hitchcok, esperando el momento para asentarse allí donde les dejen, porque son de fuera, coreanos, maquetos, charnegos, etc.. Y donde van hay mucho señorito catalán.
No son buenos los aislamientos. Ni siquiera esos que se dicen «buscados». Habrá que aislarse para trabajar, está claro. Hay empleos que viven del silencio e incluso el silencio es un tónico del humor. Pero no se les ocurra venir a las islas buscando aislarse. Invéntense otra mentira. Porque si por un casual les atrapa esa mala literatura que se sostiene sobre un secular «aislamiento de las islas» van a pasarlo muy mal. Y se pasarán el día pensando que ya queda menos para que vuelva el barquito que les devuelva a la Isla Mayor. Y de ahí, cada pájaro a su tierra. En la frontera, en los ventisqueros de las despobladas llanuras donde solo crecen las osamentas de los animales muertos, en la desmesura, en los espacios extremos, se manejan bien quienes han nacido y crecido en ellos. El resto, aventureros intrépidos, se marean. Y además, la causa de la huida vuelve con ellos. Tal vez más adentro. Toda huida que busque un paraíso redentor de males no es mas que un intento por volver a la infancia, a la primera infancia, a los primeros meses de vida, allí donde todas la necesidades y los miedos los resolvía la madre, que era quien mejor nos conocía. Eso explica que pocos años  después nos enamorásemos de ella.








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