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ENTRE DIOS Y PSYCINFO (en La Nueva España)

 

Hace un par de semanas, Sabino Ayestarán (sacerdote jesuita, catedrático emérito de Psicología Social de la Universidad del País Vasco y aficionado a la recolección de nueces) publicó en «El Diario Vasco» un artículo titulado: «El fracaso existencial de los presos de ETA». En él, Don Sabino da un argumento curioso para no forzar a los presos etarras a pedir perdón por sus crímenes o a arrepentirse por haber matado para facilitar su salida de la cárcel y su reinserción social. Escribe Don Sabino, tras un preámbulo que es un prodigio de mercadotecnia de la conversión religiosa como terapia para crisis existenciales: «Lo difícil es dar sentido a una vida que termina en un fracaso existencial. Es posible que tuvieras los mejores sentimientos y las mejores intenciones pero si has matado, físicamente o moralmente, a personas inocentes y has fracasado en tus objetivos, te será difícil dar sentido positivo a tu vida. A esto llamo yo crisis existencial». Y continúa, sin descomponer la figura: «Un terrorista con delitos de sangre, no puede aceptar que su vida no haya servido para algo. Aceptar que mi vida ha servido solamente para matar personas, sin ningún resultado positivo para el grupo al que pertenezco, conlleva un cierto riesgo de suicidio. A no ser que haya una conversión religiosa. El perdón del Padre acoge al Hijo Pródigo y vuelve a encender la luz de la esperanza humana.». Y llega la estocada. Hasta la bola: «Me he documentado en la base de datos Psycinfo y he constatado que el suicidio es el final que les espera a los terroristas si se les obliga a aceptar que no han aportado nada al pueblo por el que mataron a personas y sacrificaron sus vidas.» Parece claro que el cerebro de Don Sabino no está licuado pero su cara es de alabastro. Supe de esta joya del articulismo de opinión por una sabatina de Fernando Savater en «El País» titulada «Suicidas» donde, con toda la sorna que permite el dolor de las víctimas, les dice a los presos etarras que no se suiciden, que tampoco es para tanto y que ¡quién iba a suponer que mataban con buena intención! Y que además, sus herederos políticos están en el Parlamento y que sin ellos no hay gobernabilidad posible.

Yo creo que por aquí van las cosas. Desmintiendo a Don Sabino, los etarras han conseguido casi todo y sus conciudadanos están orgullosos del trabajo de sus cachorros armados. Esta gente puede tener una crisis existencial, pero que no conduce al suicidio sino al aburrimiento. Porque dudo que la mayoría de ellos, alcanzados los últimos objetivos, sepan qué hacer con su vida.

En la película «La solución final» (2001) dirigida para la BBC por Frank Pearson se recrea la Conferencia de Wannsee, celebrada en las afueras de Berlín el 20 de enero de 1942, donde un grupo de líderes nazis diseñaron «la solución final» que buscaba el exterminio definitivo del pueblo judío. Hacia el final de la cinta, cuando ya se han ido la mayoría de los invitados y los uniformes se aflojan, hay una interesante conversación entre los tres principales convocantes de la reunión: Heydrich, Eichmann y Müller, un general de las SS. Heydrich cuenta a sus dos interlocutores la historia de un amigo: «Este hombre era hijo único y tenía un padre que le maltrataba, le despreciaba y finalmente, le desheredó. En cambio, tenía una madre a la que adoraba y que le trataba como a su mejor tesoro. El hombre creció. Al cumplir los treinta años, su madre, la mujer que le había dado todo y protegido siempre, murió. De pie ante su ataúd, el hombre inmensamente triste intentó llorar. Pero ni una sola lágrima recorrió sus mejillas. Le fue imposible el llanto. Por el contrario, el padre de este hombre vivió hasta que fue muy anciano. Murió cuando su hijo contaba casi sesenta años. Y en el funeral de su padre, para su sorpresa y la de todos, el hijo no dejó de llorar, de sollozar, de lamentarse. Estaba tan inconsolable como perdido». Eichmann le dice a Heydrich que no entiende ese relato y Heydrich le contesta: «Este hombre permitió que toda su vida girase orientada por el odio hacia su padre. Cuando su madre murió lo sintió mucho. Fue una gran pérdida. Cuando su padre murió, el objeto hacia el que dirigía su odio desapareció. Y su vida quedó vacía. Acabada». Insiste Eichmann, duro de oído: «¿Eso quiere decir que no debemos odiar a los judíos?». Contesta Heydrich: «Lo que no podemos hacer es permitir que ese odio llene nuestras vidas. Porque entonces una vez que hayamos acabado con ellos no tendremos un motivo para seguir viviendo».

Yo creo que esas crisis existenciales de las que habla Don Sabino, si existen, tienen más que ver con este vacío, con el silencio al que se enfrentan aquellos que fueron entrenados para odiar y exterminar a sus semejantes sin más razón que unas oscuras identidades hechas de sangre y tierra. No es asunto fácil la gestión de lo íntimo para un ciudadano de a pie. Imagino lo complicado que debe serlo para quienes han matado a inocentes. Recuerdo un libro que ayuda a comprender este proceso. Lo escribió en la cárcel Félix Novales, un grapo arrepentido que, con 21 años, mató a seis personas en dos meses. Se titula «El tazón de hierro» y explica bien cómo funciona el fanatismo y la soledad en que se quedan los arrepentidos.

Es terrible el artículo de Sabino Ayestarán. Si está así de preocupado por los que tienen que mostrar un gesto de arrepentimiento ¿qué escribirá para que no se juzguen los 373 crímenes que quedan por resolver? En fin. Entiendo que a los etarras les reconforte el mensaje del emérito. Yo dormiría tranquilo sabiendo que tengo a un lado a Dios y al otro a Psycinfo.

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