Evolucionismo del Este- Evolucionismo del Oeste

Hoy es domingo y por eso es cuando más trabaja Arcadio Espada, siempre salmónido, a contracorriente. Se agradece el Jornal que publica en El Mundo. Sorprende y casi nunca defrauda. Hoy da noticia de la recepción de la obra de Jacques Monod «El azar y la necesidad» en la cultura española de los años 70. Y aprovecha para revisar la implantación del darwinismo y la teoría de la evolución. La conclusión es desoladora. Y hablamos de la cultura científica. Porque lo de la literaria ronda el drama. Empezando por el escaso interés que Carlos Barral, editor español de Monod en 1971, mostró hacia la obra del Nobel francés. Mientras buscaba, junto a Castellet, un «escritor obrero» por lo de la conciencia social que pedía el momento. Y que pudo ser Marsé pero le cayó el premio al madrileño García Hortelano, según mentideros.

Esto es un camino muy trillado. En aquellos años, entre curas y comunistas, censuraban lo que se les oponía. Y la obra de Monod lo hacía de una manera frontal. Así que al caldero con ella. No creo que hayan variado mucho sus planteamientos básicos pero se han «dulcificado» en sus métodos, que decía la señora Felicidad, viuda de Leopoldo Panero.

El gran problema, pienso, es que si Monod escribiese hoy esa obra su suerte no sería muy distinta. Como bien explicó el siquiatra Antonio Colodrón, hay un punto de ruptura en el evolucionismo: la Guerra Fría de los años 60. El evolucionismo del Este, prolífico, solvente y desarrollado a partir de la monumental obra de Iván Pavlov, entre otros, se vio abandonado por la adscripción de Occidente a la ciencia estadounidense, mucho mas «light» por decirlo en plata.

«La suave brisa brisa atlántica no casaba bien con el frío siberiano», escribe Colodrón que en 1965, el mismo año en que Monod recibe el Premio Nobel, estrecha su contacto con Faustino Cordón Bonet, tal vez el bioquímico español de mayor prestigio en aquellos años y desde luego, el valladar más sólido que la Teoría General de la Evolución ha tenido en nuestro país. «Cocinar hizo al hombre» o » La evolución conjunta de los animales y su medio» son obras imprescindibles y sin embargo apenas conocidas en este país nuestro, seducido por las investigaciones entre frívolas y altamente especulativas de la psicología evolucionista norteamericana a la que le pasa lo que a Franco en la película «Madregilda»: manda porque ganó una guerra.

Apenas quedan rastros de los evolucionistas del Este en nuestros días. Bastante tuvieron con digerir la derrota y limpiar las heces de Lysenkos y compañía. El ethos norteamericano lo amolda todo a su aburrida medida de la vida. Los Dennett, Gould, Dawkins y cía. Más interés tuvo la obra de Peter Singer hasta que cogió confianza. El resto, fraude y desenfreno, que diría Cela.

Poco antes de morir, Don Faustino Cordón, una de las cabezas mas hermosamente talladas que ha conocido Félix de Azúa, escribió estas líneas sobre el devenir de la biología: «El extraordinario desarrollo durante el siglo XX de este cuerpo especializado de conocimientos lo ha llevado a un grado de madurez que exige la inflexión cuantitativa que supone superar el reduccionismo a lo molecular que ha sido ciertamente el leit motiv principal de su desarrollo a nivel descriptivo para elevarla a ciencia experimental y evolucionista conscientemente biológica».

Bueno, pues visto lo visto, el evolucionismo ni está ni se le espera.

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