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GAVIOTAS EN LA PLAYA













Gaviotas en la playa. Como diría la dueña del meublé de La Colmena donde se veían Matías y Victorita, ¡esta playa es tan limpia como decente! No suele haber desperdicios ni restos de pescado así que las gaviotas se quedan en Mallorca cantándole a Marina Rossell. Pero estos días, tras el festival de surf, aún no se han limpiado todos los detritus del arenal así que por la mañana la playa aparece plagada de gaviotas. Es un animal que me produce una extraña ambivalencia. Me gusta verlas volar, con esas curvas que hacen, con esos picados fabulosos en cuanto otean alimento… Pero luego, de cerca, son tan desagradables, tan sucias, que casi prefiero verlas en las postales que me mandan las amistades desde los puertitos pesqueros del Norte. Esos puertos que Baroja describía como: «¿No habéis visto, algún domingo al caer de la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache , tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón?»
Con las gaviotas en la playa, me pasa como con los viejos acordeones: dicen de la vida lo que la vida es en realidad: limitada, ambivalente, vulgar, ramplona y rutinaria. Sobre todo si te dejas llevar por las olas , donde ahora por cierto, descansan dos gaviotas.













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Catalina y Viejo Casale en Valencia. ¿Quién ha dicho que el cine del Oeste ha muerto? Les pones a MA a un lado y a Terreiro al otro y estos te hacen Silverado. Luego vendría Jordi Bernal, haciendo de Clint Eastwood para rematar a los muertos. ¡Y Vinyoles haciendo el boca a boca para ver si salva a alguien¡ ¡Qué tiempos!




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El artículo de Rafa Lahuerta de ayer fue un homenaje a un gran maestro. Un homenaje a un tipo al que le debemos tantos tanto. 
Con todo, estoy en plena fase de discusión con Rafael. Las ciudades literarias son puras construcciones sentimentales, no cabe otra elaboración que no pase por ello, por el factor humano. No cabe pues, un enfoque realista y crítico de la ciudad donde uno es feliz porque razón y emoción caminan por la misma vía. Como el dolor del alma y el dolor del cuerpo. 
Otra cosa es la pura descripción arquitectónica de la ciudad o su desarrollo histórico. Pero ahí no hay sitio para las metáforas ni para los juegos estéticos con el lenguaje. Uno, al que algunos tienen por avispado, tuvo hace un poco un sueño donde una mujer bellísima le decía: «Imagínate esta ciudad sin mí. Y luego ve y escribe sobre ella.» La página de la Moleskine aún sigue en blanco. 




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Sostiene Espada en Ebro/Orbe que Valencia es la ciudad más antimelancólica de España porque es el lugar donde escucha a menos gente quejarse del pasado. 
A mí esto me apena porque vivo entre lugares que o viven de las piedras del Siglo XIV (León, Astorga, Salamanca, etc) o se pasan la vida quejándose que desde que cerró la Fabricona esto ya no es lo que era. No olvidaré aquella pintada en la antigua ENSIDESA, a la entrada de Avilés: «Franco, hijo puta, vuelve.»
La melancolía es recordar lo que nunca sucedió. Por eso Valencia, más que antimelancólica es antinostálgica. La nostalgia, si, es un fervor decaído en el que tampoco merece la pena pararse demasiado tiempo a tomar fotografías. 






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¿Quién nos iba a decir que el cierre categorial del iberismo nos iba a venir por la vía de la Gestación Subrogada? ¡Inclitas razas ubérrimas, semen de España fecunda¡
Es la Iberia Grande y Libre que soñaba José Saramago. Y un servidor.

4 Comentarios

  • Anónimo

    Bien, ahora en serio. Pero no mucho.
    Sobre las ciudades casi todo es literatura desde el momento en el que uno cuenta su vida en el lugar en el que vive. El escenario acaba erigiéndose en personaje, sea o no saludable. Yo de enfermedades no entiendo mucho, pero sí de compensaciones, equilibrios, rutas. Un hombre atento a la ciudad en la que vive acaba desarrollando con ella una relación singular. Eso se puede contar. O no. También se puede contar esa ciudad sin la mujer amada del sueño. Será otro relato, pero se puede contar. Volvemos a lo de siempre. Contamos si podemos y sabemos. Contamos más bonito o más feo, contamos desde nuestra subjetividad, con nuestro bagaje, nuestras lecturas, nuestra imaginación, nuestros anhelos, nuestros recuerdos. Hay lectores o no los hay. Da lo mismo. Mientras uno escribe sobre su ciudad también está escribiendo sobre el resto de ciudades. En la manera de transcribirla oscila todo. No hay una teoría, pero sí una mirada, un sesgo, una manera de no envilecer lo cotidiano. Servidor, que es pobre y viaja poco, aprendió hace años a convertir cada día en un viaje. Esa es mi ciudad. El azar quiso que fuera Valencia y por eso mismo no me siento orgulloso del gentilicio. Ahora bien, me apasiona esa sensación de fundirme con el escenario y dar vueltas a un puñado de historias: las reales y las inventadas. Es una forma como otra cualquiera de no sucumbir ante la tiranía de la actualidad. Creo.

    Rafa

  • Catalino

    Debo ser el pez payaso o algún anfibio que cambia de sexo según las circunstancias del medio corrector. Al lado de donde Casale tiene puesto el objetivo de su cámara viví ocho años, desde febrero del año de la Riada de Valencia. Fue la pobre mitad urbana de mi infancia.

  • Anónimo

    En esa misma finca vive ahora un tipo que se cree don Quijote. Y no es broma. Pasea con la muleta como si fuera una lanza. Recita de memoria pasajes enteros del hidalgo manchego y revende todo lo que puede. Calculadoras sin teclas, libros, maquinillas eléctricas de afeitar, etc, etc. Debe tener unos 87 años y medio y una pensión exigua. A su cargo, como garrapatas, dos hijos que van del bar al bingo y del bingo al puticlub. Lo de puticlub es un eufemismo. Planta baja clandestina en la calle paralela del viejo cine Español. En la puerta hay un conejito. Ese conejito es el "sucumbió en Waterlo" de la Colmena. El viejo quijotesco pasó por delante de los dos la otra tarde. Tarde plomiza como pocas. Pero no lo suficiente para el viejo quijotesco. Donde hay semáforos, él ve molinos de viento.

    viejo Casale

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