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Hace mucho que te quiero

Sigue la apoteosis del cine. Spotlight, un maravilloso cuento sobre cómo se pude tener un carro lleno de mierda ante las narices y no verlo. Y Spotlight también habla de que una vez fue posible cierto periodismo ajeno a las trincheras y a la histeria, alejado de la taquicardia y del espasmo violento.

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En el blog de Loiayirga hay una entrada sobre «los-daños-que causan-los-psicofármacos», esa industria tan de moda. Y sobre un youtube del epidémico Whitaker, Loiayirga va y echa aceite hirviendo: «no me fío mucho de los ansiolíticos pero tampoco me fío de los que los critican».
Un día hablaremos con más calma de Whitaker, que se presenta al inicio del vídeo: «Hace unos años escribí un artículo sobre este tema, luego un libro y desde entonces no he dejado de viajar por todo el mundo…». Para sostener ciertos pingües beneficios  basta con decir unas cuantas idioteces, estupideces, hijaputeces y demás (h)eces…». Sobre el tema que nos ocupa y que da de comer a tantos megamorales uno no ha leído nada mejor que «Saving normal», el libro de Allen Frances, pese a su infame y falaz traducción al castellano. Frances sabe de qué habla y enseña porque se define en positivo, sin negaciones ni golpes de pecho.

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«… siempre tuvo una gran habilidad para configurarse un perfil mediático de intelectual izquierdista, puro y no contaminado, para conseguir que se resaltara lo que escribía o decía pero no lo que hacía.» O sea, la peor de las mentiras. La que crece sobre unas briznas de realidad.




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Una de las más hermosas películas vistas recientemente. «Hace mucho que te quiero» (Philippe Claudel, 2008). Una historia de amor y conversaciones entre dos hermanas que supieron aguantar los temporales y seguir unidas. Las relaciones humanas son tan importantes. «La muerte de un hijo es la peor de las cárceles. No se puede escapar nunca». Un drama redimido. Emocionante. 

13 Comentarios

  • M.A.

    “Eisman violó el código, se forró y abandonó Wall St ahíto de dólares.”

    No, no abandonó Wall Street. Cambió de trabajo y luego se forró. Un tipo digno de conocer, el Eisman.

    “A qué peces gordos de Wall Street insultaba Eisman era algo que dependía únicamente de con qué peces gordos de Wall Sreet se permitía a Eisman entrar en contacto.”

    Los extractos son del libro “La gran apuesta”, de Michael Lewis. Y la clave de todo está en una pregunta que se hace el autor, y que a los españoles nos debería sonar familiar: ¿Cuáles son las probabilidades de que la gente tome decisiones inteligentes sobre el dinero si resulta que no necesitan tomar decisiones inteligentes, si resulta que pueden enriquecerse tomando decisiones tontas?

  • Anr

    No sé como mis amigos pueden ser tan parecidos y seguir admirando el vicio tan pretencioso. El caso fuimos juntos a ver tanto la Cenicienta como La Bella y la Bestia. Y qué nos gustó. ¿Aquella pelandrusca que sustrajo sigilosamente el autógrafo que me firmó a mi solo (porque ellos no fueron) Antonio Vega? ¿Les descolocó mi decadencia? La verdad es que se suele emocionar de emocionarse. A mi me pasa poco pero aún. Querer ver crecer a las sobrinas. Cantar con 60 ¿Ace of Hz?

    Seamos funcionales, las pertinentes inconveniencias.

  • Anónimo

    No es el único rufián en el congreso

    Han quedado todos bien retratados:¡cómo desafina la burricie estridente de las nuevas 'señorías'de baja estofa, contaminando los escaños con su resentimiento y majadería; en contraste con los serenos,decentes y elegantes 'señores' de siempre (PP)

    Dear Steve Winwood
    https://www.youtube.com/watch?v=xT4-iBuDw0Q

  • Anónimo

    La hemeroteca de "el país" es muy útil para leer los diarios de Trapiello. Yo no recordaba nada de aquello de la crítica de un libro de Bernardo Atxaga en "babelia".
    ch

  • Anr

    No vengo a garabatear contra los sentimientos religiosos que, bien es cierto, no puedo rebatir (más cuando creo firmemente que cierto grado de mentira y no tan sacra es indispensable como la más prístina ley, ya sea en la construcción misma de la realidad o para satisfacerse con una realidad inventada pero 'mejor').

    Mi disentimiento surge de las nuevas y recurrentes noticias (culturales) que hay de los dioses. Que siempre indefectiblemente me inculcaron. Creyentes tradicionales o New Age (no quisiera que mi escepticismo sonase demasiado áspero) y su concepto reaccionario, mítico, del hombre (implícito en sus creaciones voluntarias). Un problema auténtico, lógicamente bien planteado, en ese idealismo dios versátil. Un dios preocupado por nuestras lucecitas. ¿Sociales? No lo palpo.

    Puede que el humano siga fascinándome (creo que por aquí lo dije, para entenderse un poquito hace falta tanto enamorarse y desengañarse, como perder la razón y recuperarse) aunque me vea incapaz de reconocerle probablemente a nadie ya esa grandeza (más fatuo todavía que calificarlo de irremediable víctima).

    A lo mejor es que hizo falta siglos para darse cuenta, y yo pertenezco a estos surrealistas estertores postmodernos, pero la auténtica condición aceptable al hombre de ahora es confirmarle en su decadentismo. Que vuelvo a decir, no significa verse como ser degenerado y/o con pecado original. Pero las ideas son necesarias. Y el hombre pasado, presente, sin esta tumba moral, y lo siento, más moderna es un ser peligroso.

    Uno, recuerda, tocó su techo enfático después de volver y releer adulto, quién no, más sano a Jane Austen. La sutileza, los sentimientos, el ocio, las pretensiones aun menos pedantes… Todo aquello pretendido como más sublime aparece iluminado en sus libros sorprendentes un somero artificio. La escritora va desvelándolo a través de la más eficaz y natural de las ironías; rápida, punzante, abarcadora; riéndose suave pero implacable en los anhelos inevitables de sus personajes, y ante todo, lo presiento, en los de sí misma (sugestiva y formalmente por otra parte casi invisibles). Nada queda en pie salvo las impresiones sobre la naturaleza y su imprescindible pero pacata conciencia moral. La frontera no hiriente únicamente material que otorga al hombre. Científica, la puerta única que él mismo puede abrir sin destrozarlo todo. Entender su máquina perceptiva, la gestión óptima de los recursos, cómo se inició el universo imagino…

    La autoconstatación entonces sí de poder pertenecer y avanzar con ella, siendo un pequeñísimo destello brillante, tan minúsculo como inevitable. A partir de un irracional pellizco, agotado pero verdaderamente necesario. Sin bando.

    Sara (aquél jersey a la inversa)

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