Uncategorized

HAN TANCAT LA VERITAT ( hoy en La Nueva España)

Han tancat la veritat

Las Ramblas como escenario de una farsa excluyente y poco igualitaria

01.10.2017 | 04:38


El pasado día 18 de agosto, tras los atentados terroristas que costaron la vida a 15 personas, el periodista Enric González escribió en el diario «El Mundo» un artículo titulado «Han tancat la Rambla» que está ya entre los que más veces he releído porque me parece increíble que haya podido salir de una cabeza tan generosamente dotada. Los libros de Enric González me han enseñado a caminar por Nueva York, por Londres y por Roma. Sus crónicas de fútbol me hicieron admirar a tipos tan poco llamados al estrellato como ciertos héroes del calcio italiano. 
Las crónicas de Enric González como corresponsal en tantas partes del mundo han sido una referencia clave para entender como fue el último tramo del olvidado siglo XX y estos primeros años del siglo XXI. Y he admirado su postura siempre crítica antes las direcciones de los periódicos en los que ha trabajado. 
Pero «Han tancat la Rambla» no me vale. «Han tancat la Rambla» es un formidable desatino, un artículo inoportuno y muy desafortunado. 
«Han tancat la Rambla» toma el título de una canción que el cantautor Sisa estrenó en 1979 y que dice algo así como: «Han cerrado la Rambla, han echado a todo el mundo, han vaciado los árboles de pájaros y flores.» 
Lo que Enric González cuenta envuelto en ese título, tan sentimentalmente acotado, es la inmensa tristeza que le produce ver destrozado y cerrado por el bárbaro atentado lo que él considera «el espacio más abierto del mundo». Ése es el final. Antes, González se ha pasado el artículo recordando y glosando a sus héroes de la Rambla, medio kilómetro sentimental que para González es paradigma de la vida y de la libertad. 
El artículo al que me refiero no me gusta por varias razones: la primera, ya reseñada, por su disonancia con el resto de la obra del autor, tal vez uno de los mejores periodistas españoles. En segundo lugar, no comprendo como alguien puede llegar a disociarse de tal manera para, con los cadáveres calientes, dedicarse a glosar la vida en las aceras antes que la sangre derramada. Que sí, que ya sé que al principio del artículo González prepara el escenario dándoles a la víctimas y a sus familiares ese láudano de respeto que se llama «silencio». Pero sigue sin valerme. 
Y ya, en tercer lugar, me resulta molesta la selecta agnosia visual de que hace gala el periodista González mientras pasea Rambla abajo, desde Canaletas. Y va recordando. Visita la coctelería Boadas, luego el café de la Ópera. Se encuentra con Ramón Cabau, el conocido y enamoradizo restaurador que en 1987 se suicidó «por amor» ante toda la concurrencia del Mercado de la Boquería ingiriendo una pastilla de cianuro. Cerca del Liceo le llega a González el sonido de la música del Gato Pérez pero se cruza con Félix Millet y pasa de largo, sin verle. 
Luego, Enric se desvía un poco para ir Casa Leopoldo, en busca de Manuel Vázquez Montalbán que se pasó la vida tallando la memoria sentimental de Barcelona hasta que un día parece que le dio algo y confundió a Jordi Pujol con Cataluña y lo dijo. Tampoco menciona Enric en su eslalon esa otra esquina de la Rambla donde en 1984, en pleno caso Banca Catalana, el pueblo catalán se dedicó a escupir al socialista Obiols y a vitorear a Jorge Pujol, de Nosaltres SL., dejando bien claro lo que le importaba la justicia y la responsabilidad social. También esto sucedió allí, en ese medio kilómetro sentimental. 
En el melancólico paseo de Enric por su Rambla tancada también he echado de menos a personajes como Enric Marco o al héroe local Joan Pujol, el espía Garbo, que ha pasado a la historia como el «salvador de la invasión de Normandía» sin que se haya podido demostrar nada con certeza en la vida del «hombre que engañó a Hitler», como reza la propaganda. 
También echo en falta cosas de la paridad cristiana, a las mujeres. ¿O acaso no paseaban por las Ramblas Teresa Serrat, la de las últimas tardes, y Monse, la de la oscura historia, iconos culturales del pijoprogresismo creados por Juan Marsé? 
Sobre Teresa Serrat, que ya debe de estar muy mayor, ha caído un jarro de agua fría con la biografía de Marsé titulada «Mientras llega la felicidad» que firma JM Cuenca. Ahí se cuenta que «Últimas tardes con Teresa» fue calificado en su momento por Vargas Llosa como «inverosímil folletín». ¿Tal vez por ello la frustrada historia de amor entre la acomodada Teresa y el charnego Pijoaparte se ha vendido tanto? ¿Comparte mecanismos narrativos con «40 Sombras de Grey» y con las novelas de Corín Tellado? No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio, cantaba Serrat, tan mediterráneo siempre… 
Los muertos del terrorismo son muertos muy difíciles de asumir. Hasta ahora lo eran por mor de ciertas ideologías que no diferencian entre víctimas y verdugos. Pero creo que es el primer artículo que leo donde los muertos son respetados por mor de la grandeza del escenario. Porque, ¿dónde está la diferencia entre ese medio kilómetro de Rambla y el Marais parisino arrasado en la noche del Bataclán o las Torres Gemelas neoyorquinas o la madrileña estación de Atocha? 
Si nos atenemos a lo puramente fáctico no es cierto que las Ramblas fuesen una representación de la libertad y el espacio más abierto del mundo. Esta frase con la que Enric González abrocha su artículo no es más que un lema para una buena boina catalana. No, querido Enric, no. Lo más importante del cierre de las Ramblas son los quince muertos tendidos en sus aceras. Además, en los últimos 25 años las Ramblas han sido casi todo lo contrario: el escenario de una inaudita e interminable farsa excluyente y poco igualitaria. 
Pronto veremos si es cierto que son un espacio abierto de libertad y tolerancia. De la Barcelona de Enric González yo me quedo con el Pijoaparte, la apuesta de Marsé contra el pijoprogresismo. Mi esperanza más sólida para el 1 de octubre y lo que venga es una figura literaria. 
Pura añoranza, busco el final de «Últimas tardes con Teresa»: 
«Luis volvió a ponerle la mano en el hombro. 
-¿Qué piensas hacer ahora? 
-Ya veré. Adiós. 
Y dando media vuelta, con las manos en los bolsillos, el Pijoaparte salió de allí.»

Un comentario

  • Protactínio

    Muy bien tirado, maestro. Sólo una apostilla: has mezclado a Serrat con Quevedo. "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio" y "Pues amarga la verdad, quiero echarla de la boca". Aunque, a veces, amargo sea sinónimo de triste. Sobre todo en Cataluña; y en (algunos) catalanes.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *