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IMITACIÓN DEL HOMBRE

 

 

Clay, uno de los personajes, se encuentra con 13 cintas de casete en las que Hannah, la adolescente protagonista, explica por qué ha tomado la decisión de quitarse la vida. En una de ellas dice: «Soy Hannah y estoy a punto de contarte por qué se acabó mi vida. Si estás escuchando esto, tú eres una de las razones».

Así comenzaba el novelista Jay Asher «Por trece razones», su best seller de 2011, convertido en serie de éxito en 2017.

Desde que Netflix estrenó esta serie la polémica la ha acompañado. Hace un par de meses las críticas han arreciado. La revista Journal of American Academy of Child and Adolescent Psychiatry ha publicado un riguroso estudio en el que concluyen que al mes siguiente de su estreno en Estados Unidos los suicidios de adolescentes entre 10 y 17 años aumentaron un 28,9% en todo el país. La investigación muestra que el estreno de «Por trece razones» se asocia con unos 195 suicidios adicionales en 2017 entre los 10 y los 17 años sin que aumenten en las demás franjas de edad. Esto refuerza una hipótesis conocida: los adolescentes son los más vulnerables al llamado contagio del suicidio.

Los autores del estudio enfatizan que con estos datos no se puede establecer una relación causal entre los hechos analizados. Pero, a juzgar por la intensidad de las discrepancias, parece que tanto los medios de comunicación como la comunidad científica y la educativa siguen sin tener claro si se puede hablar del suicidio y cómo ha de hacerse en exposición pública. El debate viene de los inicios del siglo XX cuando Paul Aubry escribió «El contagio de la muerte», donde sostenía que la reseña de un suicidio en prensa podía inducir suicidios entre los lectores aconsejando que no se informase sobre estas muertes. Como es público y notorio, ni la afirmación de Aubry ha tenido refrendo científico, ni los periódicos le han hecho caso sobre todo si el suicida es una personalidad conocida. Así, tanto los medios como la sociedad en general oscilan entre tratar el tema como un tabú o bien contarlo aderezado con detalles que van desde el estruendo apocalíptico hasta la consideración cuasi heroica del suicida.

Decir que el suicidio es un fenómeno multifactorial tan complejo como inexplicable no deja de ser un tópico. Pero es lo que hay. Es lo que tenemos. Una epidemiología que se nos escapa como agua en una cesta, la incapacidad para predecir poblaciones de riesgo y la propia naturaleza, mórbida o no, del fenómeno limitan la efectividad de los esfuerzos por solucionar este problema.

Pero bien sabido es que a la hora de hablar de temas desconocidos y tan serios la prudencia y la mesura deben presidir cualquier intervención. Sabemos que la adolescencia es una etapa cuajada de inseguridades e inestabilidades y en la que las capacidades de control conductual aún no están del todo maduras. Es un terreno abonado para que arraiguen impulsividades con malas consecuencias.

En casi todos los análisis que he leído sobre la relación entre el suicidio y la serie «Por trece razones» me llama la atención la ausencia del concepto «imitación», algo que nos concreta como humanos. Nos pasamos la vida imitando. Imitamos hasta que nos morimos. Pero si hay una etapa de la vida en que la imitación todo lo colorea, ésa es la adolescencia. El ensayista catalán Ferrán Toutain publicó hace años un texto maravilloso, «Imitació de l’home» (2012), que es la mejor aportación española a este concepto. Por razones que ignoro, el fino trabajo de Toutain aún no ha sido publicado en castellano.

¿Somos porque imitamos o imitamos porque somos? Es la gran pregunta de Ferrán Toutain. Contra la moral de la identidad existe la moral de perfección, de escasa fuerza en momentos en que, como ahora, la cultura de la queja, clave en la génesis de tantos «hechos identitarios», es una de las formas de imitación más extendidas. Son los goces del rebaño.

Usando ejemplos de su biografía personal Toutain muestra como el niño constantemente imita a sus mayores, imita roles, identidades. De ahí el éxito de las identidades colectivas, porque la imitación protege. Incluso da reconocimiento. Y por eso los conflictos con fuerte carga imitativa hoy tienen su escenario en Facebook o Twitter. Según argumenta Toutain, la ausencia de paradigmas de conducta en el mundo actual se debería a que nadie imita a los grandes hombres porque no los hay. Coraje moral, sensatez o virtud pública ya no están en la agenda de los sistemas de imitación. Lo que se imita es lo banal y la mediocridad, que se propagan como una infección con la ayuda idiotizante de las redes sociales y de la televisión.

Cuando se pregunta por fenómenos como el del suicidio Toutain se reafirma: «El hombre es imitación. El límite de la imitación debiera estar en el instinto de supervivencia. Pero sucesos así muestran la potencia de lo imitativo. Sucede también con los asesinatos en masa que cometieron los nazis o los comunistas en el siglo pasado. Hay una pulsión por hacer lo que hacen los demás que nos arrastra. Y en los adolescentes esa pulsión imitativa es especialmente poderosa».

La vida humana no tiene más interés que el imitativo. Lo dicen Gombrowicz, Musil, Ingmar Bergman, Dalí, Maupassant, Jünger, Plinio el Joven, Walter Lippmann, Proust, las neuronas espejo, las crías de chimpancé huérfanas de madre, los aforismos de Chamfort, los recuerdos de la infancia o los olvidados textos de Gabriel Tarde. La imitación es la esencia de lo humano. Por más de trece razones.

 

 

 

 

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