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LA ESPAÑA VACIADA (hoy en La Nueva España)

La España vaciada

La falta de propuestas de solución a la despoblación y abandono del interior del país

26.08.2018 | 00:44


Cuenta el escritor leonés Julio Llamazares en una columna publicada hace unos días en «El País» que en el año 2017 se fueron de la provincia de León cerca de 10.500 jóvenes a trabajar lejos de su tierra. León es una provincia de 450.000 habitantes y ese número de emigrantes jóvenes supone una cifra realmente alta. La ciudad de León, por otra parte, se encuentra entre las más envejecidas de España. 


El pasado 25 de Junio, cuenta la periodista Marta del Riego Anta, a las 11 de la mañana se declaró un voraz incendio en un céntrico y muy representativo edificio de la ciudad de La Bañeza ( 10.500 habitantes). Los bomberos desplazados desde León tardaron una hora en llegar ya que La Bañeza carece de parque de bomberos. Cuando llegaron ya solo quedaban las pavesas de la casa incendiada ante el espanto de la población que contemplaba como uno de sus lugares más emblemáticos era ya un montón de escombros. Por suerte, ¡como no¡, la casa estaba deshabitada.

Cuenta Julio Llamazares, tal vez el escritor que más se ha ocupado de este tema, que una de las grandes suertes del pasado año fue la publicación del libro » La España vacía», original de Sergio del Molino porque es un gran texto que pone sobre el tapete el problema del abandono y el declive socioeconómico que sufre más de media España con varios millones de españoles dentro. 

El libro de Del Molino no es ni más ni menos el primero en denunciar la penuria, el despoblamiento y el derrumbe de la España interior. Ahí están desde hace muchos años la «Tierra mal bautizada» del recientemente fallecido Jesús Torbado o «El disputado voto del Señor Cayo» de Miguel Delibes o la película «Sombras en una batalla» del gran Mario Camus o la deliciosa «Lluvia amarilla» del propio Julio Llamazares . 

Pero no se ha conseguido nada. El resultado es que tenemos unas diferencias abismales en «renta per cápita» entre ciudadanos españoles que pagan los mismos impuestos pero reciben muy diferentes prestaciones. Esto liquida de raíz uno de los principios básicos de la convivencia democrática: la equidad de quienes conviven en el mismo Estado. La equidad, palabra tan citada como traicionada a diestra y siniestra. A un servidor, nacido en Zamora, criado en León, estudiante en Salamanca y residente en Avilés, poco de esta penuria le es ajeno. Es una pena contemplar tierras tan hermosas con tal cantidad de tesoros tanto naturales como arquitectónicos, tan llenas de historia, irse a pique de forma imparable. La España vaciada no se queja de su pasado pero podemos observarlo fácilmente en las grietas abiertas en la palma de su mano. 

El problema de los escritos de Sergio del Molino, Paco Cerdá («Los últimos») Enrique Gancedo («Palabras mayores») y otras crónicas imprescindibles de este desastre nacional (esto sí que es un nuevo «noventayocho») es que se queden en elementos meramente estéticos, denotativos de lo que sucede pero sin capacidad para provocar cambios de rumbo en este viaje a los infiernos de la «España Vaciada». Porque ese es el primer concepto a recordar: esta España desolada no se vació sola. Fue vaciada para llenar otras partes de España que ahora destacan por su insolidaridad y por su falta de responsabilidad con lo que recibieron en base a la severa y sólida trama de afectos sobre la que se construyó este país. 

Este problema del esteticismo paralizante lo señala marginalmente Julio Llamazares. Pero nadie se atreve a pasar de lo denotativo a lo connotativo: o sea, a explicar cómo y porqué sucedieron así las cosas y siguen ocurriendo de la misma manera. El esteticismo fue la trampa en la que cayó Vittorio de Sica en 1948 con su «Ladrón de bicicletas» película tan galardonada en su faceta técnica como irrelevante en su función de denuncia social. En «Ladrón de bicicletas» se decía que los pobres italianos eran tan pobres que se robaban entre ellos. De Sica no resistió las críticas de «derrotismo» y prefirió los galardones. Así, dos años más tarde, rodó «Milagro en Milán» donde ya los pobres afrontaban el futuro de mejor humor que el pobre chiquillo interpretado por Enzo Staiola y su padre sin bicicleta. Resultó así que De Sica lo que hizo fue un cierto negocio a costa de la imagen de los pobres. Algo que no le sucedió a Giuseppe Tornatore en la ejemplar «Cinema Paradiso»: Tornatore no sólo mostraba cómo a los niños pobres que iban al cine les meaban encima los que ocupaban los palcos altos: Tornatore mostraba que eran los hijos de los poderosos del pueblo los que meaban sobre los más débiles. 

Ya sabemos que nuestros políticos están muy ocupados con los gravísimos temas de siempre. Ya sabemos que en los periódicos no hay cabida para hablar de la desertización de fértiles tierras de cultivo ni del abandono de nuestros mayores en muchos pueblos de España. Pero tal vez si quienes escriben sobre este tema, aparte de hermosas descripciones, añadiesen a sus escritos posibles soluciones o señalasen a los culpables de esta hecatombe humanitaria, las cosas empezasen a mejorar. Porque, como escribió Italo Calvino, » Quien dirige la Historia no es la Voz, es el Oído».

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