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LA MANCHA HUMANA (hoy en La Nueva España)

 

La mancha humana

La vergüenza como termómetro de la salubridad de la vida pública

Juanjo Martínez Jambrina | Psiquiatra 01.06.2019 | 23:45

Me pasé las últimas horas de la campaña electoral del día 26 de mayo viendo la película «Silvio (y los otros)», la particular mirada de Paolo Sorrentino sobre Berlusconi (y los otros). Sorrentino es uno de mis directores de cine preferidos. Adorado por muchos, repudiado por otros, las películas de Sorrentino no dejan indiferente a casi nadie. Su cine tiene una mirada compasiva hacia casi todos sus personajes. Incluso para los más deficientes o los más canallas. Sus películas tienen un aroma cervantino muy agradable: desaparecen las verdades absolutas y se instaura como única certeza la sabiduría que se esconde en lo incierto. Así, si uno no sufre de narcisismo, sale del cine reconciliado hasta con las palomitas y los patéticos doblajes.

«Silvio ( y los otros)» es un película fascinante, apabullante, una sobria lección de ética para la ciudadanía. Mucho mas allá del retrato de un personaje que da tanto jugo allá donde se le exprima, Sorrentino ha hecho un verdadero tratado sobre la vergüenza, una de las emociones que más peso han tenido en la formación de la sociedad occidental actual y que más se echan en falta hoy día.

Siempre que oigo hablar de la vergüenza me vienen a la memoria las categóricas frases que le dedicó el maestro Rafael Sánchez Ferlosio: «La vergüenza es la comadrona o la nodriza de toda educación. El momento en que nace la pasión anímica de la vergüenza -señalado por la aparición concomitante del síntoma rubor- debe ser considerado el del surgimiento de la mera condición de posibilidad de toda educación verdaderamente humana. (?)». Pero es solo la presencia física del prójimo con su mirada el término de referencia permanente de la afección de la vergüenza. De ahí vienen las conocidas letanías: «¿Y con qué cara salgo yo ahora a la calle? ¿Con qué cara aparezco en público?». Un gran acierto de Sorrentino es la presentación que hace de Silvio: fuertemente maquillado y con una sonrisa tan forzada como perpetua. Porque la vergüenza es, claramente, una emoción cara a cara.

Estoy de acuerdo con la socióloga italiana Gabriella Turnaturi en que, de todas las «emociones sociales», la mayor o menor vigencia de la vergüenza en una sociedad nos dice mucho acerca de la salubridad de la vida pública. Cuando decimos de alguien que «no tiene vergüenza» estamos diciendo que carece de escrúpulos, de valores, de ideales. La vergüenza, además de su íntimo engranaje con el rubor, también correlaciona muy estrechamente, y de forma muy significativa, con la responsabilidad, uno de los valores que nunca debe perder un individuo sino quiere disolverse en el anonimato defectual que brinda la masa. No es poca cosa la relevancia social derivada del hecho de avergonzarse. Pero las emociones sociales cambian con el tiempo. Y en este tiempo nuestro tan mediático, el mandato es que nadie debe avergonzarse de nada porque «così fan tutte». O sea, dado que así hacen todos nada malo hay en fabricarse un umbral de vergüenza, un modelo de vergüenza construido a medida de cada uno.

Sorrentino está al tanto de estos dilemas. Y su «Silvio (y los otros)» no es más que un alarido en favor del sentido común, buscando que las aguas, en su caso italianas, vuelvan a su cauce. Sorrentino se plantea donde se esconde la vergüenza hoy en día cuando ve a Berlusconi pidiendo a la oposición política ¡vergüenza! ¡Berlusconi! el creador de la llamada «vergogna rimbalzata». O sea, la vergüenza rebotada.

Porque está claro que la vergüenza se bate en retirada. Se la connota como una emoción antigua, caduca, porque arranca de valores tan clásicos como el honor, el orgullo o la honradez.

El problema ya no radica solo en la impunidad jurídica que deriva de esta ausencia de vergüenza. Más grave es aún la indiferencia generalizada y la impunidad emocional que lleva al que debería avergonzarse a mostrarse antes que a avergonzarse: en los discursos, las mentiras lo primero, y con la voz más alta, decía Cela, experto en el tema.

La obra de Sorrentino, que no ha tenido una vida fácil, se sostiene sobre una fabulosa imaginación y unos diálogos sólidos, cargados de ironía, humor y distancia, como mandan los cánones. Uno de sus contertulios habituales es Niccoló Ammaniti, autor de «¡Que empiece la fiesta!», la gran novela sobre el fin de la vergüenza: «si no hay reglas éticas ni estéticas el ridículo desaparece», dice uno de sus personajes más clarividentes. Mientras veía el final de «Silvio», en varias ciudades españoles los principales líderes políticos despedían la campaña.

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