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LA PLAYA INSOMNE

Una pareja de pescadores da las últimas oportunidades a las sargos y a las lubinas que merodean cerca de la playa. Poco movimiento se observa. Ambos hombres fuman un cigarrillo a medias. A unos metros, las dos cañas están clavadas en la arena, esperando que se tense alguna tanza. A los hombres, la pesca tampoco parece importarles demasiado. Hablan. La charla parece animada. Tienen un termo con café. Se sirven un par de tazas y siguen hablando. Como son habituales en la playa conozco algo sus rituales. A las 7 de la mañana ya recogen sus aperos. La ropa de abrigo, el caldero con las piezas cobradas y vuelta a casa. Estos pescadores son de los pocos personajes que permanecen igual a como eran en los años en que llegué a esta playa, allá por 1999. Poco o nada ha cambiado. Si acaso se ha sofisticado el armamento: las furgonetas en las que se acercan, los smartphones que se iluminan en la noche mientras hablan, los chalecos reflectantes (los grandes triunfadores del siglo XXI con el feminismo y el animalismo) que se ponen para ser vistos mientras la gente hace footing y la ligereza de las cañas de pescar, leves plumas al viento.
Hoy el día parece desabrido, el cielo tiene el color violáceo del frío. No apetece salir demasiado. Además, la noche ha sido extraña, de esas noches de las que Caballero Bonald decía, en sus microdeliriums, que «no dejaron de pasar pájaros volando». Toda la noche casi en vela. Al final, casi hacia las cuatro, me venció el sueño. Como vengo de maestros insomnes, grandes insomnes, les fui pidiendo consejo. Y no me falló nadie. Desde la senectud mejor conservada de este planeta, el maestro Gracia me envió el lema de su casa: «Prudencia. Diligencia. Ánimo». Luego el escritor más famoso de España me mandó un mensaje muy cariñoso y me dio vez para hablarlo con calma. Y mi amiga B., que es una gran psiquiatra, me dio una receta con algún ansiolítico «ligerísimo» que dice ella. Y con la cena, una copita de Ribera. Y como es mi amiga también mandó un fuerte abrazo. Pero en esos momentos, uno está tenso, tan enfadado consigo mismo, que no habría podido abrazar a alguien a quien aprecio tanto porque no podía abrazar a nadie. Me hubiese hundido hasta más abajo del suelo. Además, no debe ser divertido abrazar a un poste de telégrafos, como era mi caso. Y es que ayer, la playa corrió el serio peligro de desaparecer a las doce de la noche con la marea, como la Cenicienta.














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Ayer tarde, reunión de Casos Clínicos de de la Sociedad Asturiana de Psiquiatría. Intervenían nuestros dos residentes de Avilés: G. y A. que serán muy grandes porque son buena gente, listos y trabajadores, bien dirigidos por la Dra. Isabel Menéndez, un torbellino de competencia y capacidad de trabajo. Llevaron dos casos interesantes que suscitaron debate. El primer caso era el de un mentiroso y luego A. habló de un caso donde se palpa esa costumbre que tenemos los psiquiatras por demostrar que somos lo que ni de coña queremos ser.
Al final hablaron psiquiatras veteranos con cierto tino. En la mayoría de los lugares se arrincona a los viejos porque con Internet han perdido el papel que tenían durante el siglo XX en la «tribu»: eran el disco duro de la memoria de la vida. 
Nuestros psiquiatras ancianos siguen siendo la memoria. No hay peligro de que nadie les quite el puesto. Por supuesto que todos los libros antiguos que citaron están en Internet y gratis. Pero no hay peligro de que nadie, salvo imperativo categórico, se acerque a ellos. La psiquiatría, como una día me avanzó Maestro Colodrón hace 20 años, discurre entre escalas, receptores, complejos, grupos de escuchadores de voces y curaciones masivas con hipérico.
Ayer se nos olvidó citar la teoría interpersonal de la mentira que da una clave de bóveda para explicar el proceso: «La doblez es la esencia de la mentira, el placer que se experimenta dominando totalmente al otro cuando es incapaz de detectar el engaño.»
La mentira, por regla general, es una injusticia, no es una patología. 
Hay que leer más a Harry Stack Sullivan y Carlos Castilla, que también fueron psiquiatras y antropólogos, a quienes tantos debemos tanto. 











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