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LA PLAYA AL SOL
















El día ha amanecido espléndido. La luz entra por las rendijas de la persiana desde muy temprano. Hacía tanto tiempo que vivíamos en blanco y negro que uno se acostumbra a vivir sin colores. Por la ría acaban de llegar a puerto los últimos pesqueros de la noche. Me gusta verlos desfilar hacia el muelle, en silenciosa secuencia, rodeados de gaviotas y otros carroñeros. 
Si fuera por estos ratos uno no se iría nunca de esta tierra, uno de no se iría nunca de este pueblo con mar al que llegó una noche después de un concierto y donde ha vivido hasta ahora en que empiezo a sentir una irresistible necesidad de levantar el vuelo. Ya conozco bien esta playa, adoro como propia esta inmensa llanura que es la mar cantábrica con sus «montañas de espuma», como escribió Luis M Alonso cuando le dije que vivía frente al mar porque añoraba la meseta castellana. 
La primera vez que vi el mar, cuenta mi madre, fue en San Sebastián, en la playa de la Concha, con dos años. Pero la primera vez que tuve conciencia de qué era esta maravilla fue justo aquí en este paseo, donde vivo ahora. Puede que a unos escasos 20 metros de donde escribo estas líneas. Tenía 6 años, era 1970 y esa misma noche en un viejo televisor también ví la primera gran noticia de mi vida: el Watergate que se llevó por delante a Richard Nixon. Eran las dos de la madrugada y sí, todo era en blanco y negro.




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Ayer fue un día de conversaciones. Es tan raro oír hablar con calma y sentido a la gente que uno se emociona cuando escucha un diálogo medianamente hilado, por breve que sea. 
Ayer mientras tomaba el café de la mañana tenía a mi lado una pareja que desayunaba. Ella tomaba un pincho de jamón con un café con un leche y él, un zumo de naranja. Me llamó la atención que solo se miraban divertidos y hablaban. Hablaban, los tenía muy cerca, de temas variados, pero cotidianos. Me llamó la atención como se miraban. Sobre todo él, al que tenía enfrente, la devoraba con la mirada. Ella, muy guapa, parecía algo más temerosa pero siempre tenía una respuesta que iba derritiendo, por lo que escuchaba, el corazón en invierno de un traumatizado de múltiples guerras. Al poco se fueron como llegaron, hablando y riendo. Me pregunto, pura curiosidad entomológica, ¿qué será de ellos? Parecían muy felices pero ya dice Milena Busquets que nada en esto del amor es eterno. Tal vez porque ella, aunque viva en Cadaqués, nunca ha visto «el rayo verde».
















Porla noche fuimos a ver Oleanna, la obra de teatro que David Mamet escribió en 1992 sobre el caso real de la acusación de una profesora universitaria por acoso al Juez Thomas, candidato al Tribunal Supremo en USA. La obra es una dura conversación entre la pareja: el juez y la profesora donde salen a luz muchos temas pero sobre dos muy importantes: el abuso de lo políticamente correcto y el uso de las políticas de género en las instituciones públicas. Dos temas sobre los que la sociedad española no solo no es que pase de puntillas sino que reacciona violentamente cuando se cuestiona cualquiera de ellos. ¿Podríamos saber cuánto dinero se dedica en las universidades españolas a las políticas de género y qué resultados se obtienen?¿Podríamos saber en qué condiciones se ofertan algunas cátedras o plazas de profesores? Hace tiempo que la igualdad dejó de ser una referencia de todos los partidos políticos, pero sobre todo de la izquierda por la pésima influencia del nacionalismo que socava cualquier proyecto comunitario.
Cuando Mamet escribió la obra era un valiente, un tipo atrevido, osado. La obra sentó muy mal entre los más progres. Tenía 43 años, defendía un mundo libre y no le importaron las crueles críticas. Ahora que acaba de cumplir 70 dice que su obra no es más que la agria discusión de una pareja que defienden con fuerza sus puntos de vista «ambos absolutamente respetables». Vete a la mierda, hombre. Nos quedamos con la obra y con Guillén Cuervo. 







7 Comentarios

  • Anónimo

    Sólo tengo 15 minutos. La primera vez que vi al enjuto de la bicicleta, este debía tener unos 14 años y medio. Era un chaval agresivo y violento, de cabeza grande y cuerpo desigual, con piernas enclenques y torso ancho y musculado. Al ser pelirrojo parecía un carpaccio laminado de pulpo a las finas hierbas. No contenía su rabia. Se parapetaba en el sopor de las sobremesas veraniegas de los sábados. Ese era su territorio sagrado. Daba vueltas alrededor del centro comercial de El Saler, entre la Fonteta del Valencia Basket y La ciutat de les Arts de Calatrava. Esas eran sus calles. A mí me fascinaba. Era un nano rabioso subido a una bici. Escribí sobre él en el blog de Arcadi Espada y en cualquier sitio donde me dejaban. Escribí un cuento titulado "El enjuto de la bici", que nadie quiso publicar porque parecía sacado del cajón inédito de Roberto Artl. Durante años pensé en él casi a diario. Mi mujer quiso que hiciera terapia para olvidarle. No pude. El enjuto de la bici era una losa, una cima, un puntal. Enarbolaba la bandera de mis obsesiones cíclicas. Para escribir esa ciudad humeante de los sábados de verano sólo podía servirme de él como hilo. Pasaron años. El enjuto desapareció. No lo olvidé, pero dejé de verle. Hace un par de semanas creí atisbarlo en el cruce de Centelles con Cádiz. No eran sus calles pero quién sabe. E, me disuadió. No es él. Han pasado 11 años y dos meses desde que no le ves, olvídalo ya por favor. Acepté que podía tener razón. Lo acepté hasta hace apenas un par de horas. En el mismo sitio, a la misma hora, el enjuto de la bici ha reaparecido. El tiempo se ha detenido en su cuerpo laminado de óxido y grasa. La cabeza y el torso no se llevan bien con sus piernas. Sigue siendo un nano rabioso en bicicleta. En esa bici reside su personalidad. Todo lo que es se lo debe a esa bicicleta. Su mirada es la del niño abandonado que comía helados en el bar Oasis, detrás del centro de menores de Monteolivete. Nada ha cambiado. Ahí estaba yo, expectante, sudoroso. Sabía que en breve lo vería con mis propios ojos jugar a desandar el camino. A las 16.34, bajo la techumbre odiosa del calor tropical, ha cruzado como una exhalación por delante de una mujer. Como en los viejos tiempos del centro comercial de El Saler le ha robado el bolso y la ha tirado al suelo. Desde la distancia, el enjuto de la bici ha levantado el dedo. Jódete vieja, ha gritado. Es injusto, sucio y miserable lo que voy a decir, pero me he sentido bien. He rejuvenecido once años y dos meses. El enjuto ha vuelto. No todo está perdido.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Pero el vendedor de escobillas estaba ahí, en ese triángulo. Una parodia lo reclama para levantar el muro que separa la realidad de la ficción. El vendedor de escobillas ha sucumbido. La codicia y la ingenuidad en primer lugar. La estupidez y el derroche después. Había una ciudad fronteriza. Los arrozales se confundían con las pinadas. Los pinos llegaban hasta la playa. Desde la playa se divisaba la mole ósea de los palacios levantados por un arquitecto que se creía poeta. Entre medias, las ruinas, los camiones abandonados, las fábricas cerradas. En la puerta del bar Aquilino solía abrevar Casimiro Pimpim. Casimiro Pimpim era hombre con culo de mujer. Se hacía pasar por detective y escritor de novela negra. Una vez publicó un relato basado en un crimen atroz que empezaba precisamente aquí, delante del cine de verano abandonado de Nazaret. En el bar Aquilino, el vendedor de escobillas se dio cuenta de que jamás llegaría a Cullera. A la hora de comer salió de Nazaret. Por la carretera vieja de El Saler tropezó con el bar Martinot. Lo que le llamó la atención fue una pancarta: "reabrimos los viejos dueños". Paró el motocarro y entró. Quiero ver al viejo dueño, dijo algo achispado. El viejo dueño está ahí, señaló un enano que para llegar a la barra debía auparse a un taburete. ¿Dónde? insistió. Sí, ahí, en ese jarrón, la palmó hace un par de meses y lo hemos dejado en el jarrón.
    -Joder, exclamó el vendedor.
    A renglón seguido leyó el menú. 8 euros. De primero Paella, de segundo merluza. Le gustó tanto la merluza que quiso repetir. El camarero enano le dijo, repita conmigo: MER-LU-ZA. Sonó a oración, a chiste, a canción de cuna. MER-LU-ZA. Fuera, la luz gaseaba de plata las columnas oxidadas de los puentes. El vendedor vio pasar varios trenes. Al fondo, las grúas del Puerto le señalaban el camino. Ya sabía que jamás llegaría a Cullera.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Casimiro Pimpim, el escritor con culo de mujer, sabía que la novela del vendedor de escobillas desprendía un halo incierto. En la rotonda que da a Pinedo lo vio sucumbir de nuevo. Un grupo de muchachas subsaharianas sentadas en sillas de playa esperaban el anochecer. El vendedor las vio. Una de ellas le sonrió. Ante esa sonrisa de marfil el vendedor creyó ver algo que no era. Chupar 7 euros, dijo la morenita. ¿Chupar qué?, preguntó el vendedor. Chupar tu polla cretino. Al vendedor le pareció justo. La chica subió en el motocarro. Pararon en el camino de La Rosquilla, a unos 430 metros de la rotonda, entre casas de labranza y una parada de la EMT. Ni a propósito, pensó. Mientras la chica se afaenaba, el vendedor recordó la anécdota con que su madre siempre se despedía de su hermana, cuidado con las rosquilletas. Ni siquiera supo si hubo o no climax. Antes se durmió. De madrugada, una pareja de la guardia civil se acercó a despertarlo. Tenía la polla fuera de los calzoncillos y le habían robado todo. Del motocarro sólo quedaba el San pancracio. El fracaso se había consumado.En ese momento debió volver a casa. Estaba más cerca de casa que de Cullera. Le bastaba desandar el camino. Una hora de caminata y la pesadilla habría concluido. No lo hizo. El vendedor ya no podía hacer otra cosa que seguir hasta el final. Jamás llegaría a Cullera, pero esa era su novela, su isla mínima, su True Detective.

    viejo Casale

  • cat

    “Me basta con saber que contigo puedo contar diez minutos al día si sé que son ciertos”.

    Con este calor se puede salir a la calle cuando vuelan los vencejos. Oleadas pasan chillando por encima del agua donde estoy puesto a remojo que beben si les dejo. El fondo rosa palo de cirros se oscurece. El día muere y se suben a dormir. Mañana volvemos.

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