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LA PLAYA ALEGRE















La mañana ha llegado cargada de neblina. Un carguero espera a que suba la marea para enfilar la bocana del puerto. En la playa descansan unas cuantas bandadas de gaviotas a las que la niebla altera el GPS. Llueve. Cae una fina lluvia que viste de otoño la primavera. Es un espectáculo algo tristón pero en el fondo, fascinante. Pasear por la playa de Salinas en momentos así me recuerda a la tarde que pasamos en Cabourg, en el maravilloso Gran Hotel donde veraneaba Proust, que era un asmático al que su madre asfixiaba demasiado y apenas viajaba. «El verdadero viaje no está en descubrir nuevas tierras, sino en ver lo mismo de siempre con ojos distintos».


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El emputecimiento de la Medicina ha ido en paralelo como en tantas cosas al del periodismo solo que a la inversa. El Periodismo se perdió el día en que un titular dio más dinero que otro. La Medicina se está pudriendo con la falta de financiación, con los dirigentes que no han visto nunca un enfermo, con la masificación y la falta de reconocimiento al trabajo bien hecho. Nadie quiere saber nada de complicaciones, que son la esencia de nuestro juego. En un país como el nuestro, con un sistema judicial aún sano a este respecto, caer en el defensivismo tan brutal que estamos haciendo es de una injusticia cósmica para los pacientes y para el oficio. Como dice el psiquiatra inglés Bill Fulford: «La Bioética, que se suponía que iba a servir para mejorar la calidad de la asistencia, está sirviendo para cavar mejor las trincheras ante la cama del enfermo.»




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Cuenta Josep Pla a quien sigo leyendo absorto: «El filósofo Amiel, en su gran Diario íntimo, ha debido conocer la copulación física porque ha escrito: «Me he quedado perplejo ante la insignificancia de ese placer que tanto ruido ha provocado». El amor, es cierto, es puro sensualismo, mentalidad, imaginación , porque el resto de nuestra fuerza es escasa. Prefiero a Chejov, otro médico, que decía que si a los hombres nos quitan esa sensualidad, esa capacidad imaginativa nos quedan cuatro detalles. «Omnia animalia post coitum tristatur». 




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La playa está algo alegre. Junio es mi mes preferido. Las noches son cortas y los insomnios, es un placer engañar al dolor, duran menos. Ha llegado un aire nuevo…..

Que no tiene la playa lo que ayer tenía, grabaíto en la arena el corazoncito de la Magdalena….










3 Comentarios

  • Anónimo

    El cierre del Bimbi

    A veces iba al Bimbi sólo para poder escribir: hoy he desayunado en el Bimbi. Lo hacía 3 ó 4 veces al año. Días festivos, sin prisas, con la ciudad fundiéndose bajo la insólita calma del vacío laboral. El Bimbi era el penúltimo bar con solera del Ensanche y el último bastión de la dinastía Barrachina. No eran las tostadas ni la tortilla lo que me empujaba hasta su barra. Al Bimbi acudía seducido por el eco de las sirenas. Como todas las fabulaciones, esta también poseía un componente absurdo. No importa. Los hombres que recorremos la ciudad en solitario acabamos inevitablemente arrasados por el delirio. Este al menos parecía real. En El Bimbi siempre había mujeres con la voz ronca, cavernosa, cazallera. Nunca era la misma. Y eso, desde luego, le confería un carácter paradójico y singular. Más que una particularidad, la mujer de voz ronca era un estereotipo. Durante meses fantaseé con la posibilidad de que hubiera una asociación cultural de mujeres con voz ronca en los alrededores del Bimbi. A tal efecto anduve días husmeando en los portales, en los bajos, en los sótanos clandestinos que daban acceso a sinuosos refugios de la guerra civil. Nada. La voz ronca era una mezcla mundana de tabaco, alcohol y rentismo. En mi mesa esquinada del Bimbi escribía la historia de esas mujeres. A la postre, esa historia era también la historia de la ciudad. Nada me seducía tanto como escuchar sus cuitas. De la anécdota al drama bastaba un simple traspié. Por supuesto, nadie reparaba en mí. Yo era el escritor fracasado y ausente que roba secretos ajenos. Al mediodía regresaba a la luminosidad etérea de mis calles. Volvía cambiado, sumido en un leve rencor de clase. En el fondo, yo quería ser una de ellas. Tener la voz ronca, merendar en el Bimbi, vivir de las rentas. Digan lo que digan, no hay una vida mejor.

    Viejo Casale

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