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LA PLAYA AÑORADA











Dos días lejos de la playa y ya no soy persona reconocible. Dejo de ser gente de orden, incluso durante la oscuridad de la noche. Lo  hablaba ayer mientras desayunaba con JL y lo escribo ahora mientras veo deslizarse el amanecer, como el viajero que llega a esta mar cantábrica, sobre la entrada de la ría, sobre la arena de la playa, sobre el fulgor plateado de las olas. Está la mar en calma. He bajado a pasear diez minutos y con la brisa fresca me llegan la vida, la energía y la esperanza. 

Hasta anteayer siempre había pensado que Madrid era mi ciudad y siempre lo sería. Fueron años felices en Argüelles, en Alonso Cano. Pero todo aquello pasó si es que alguna vez ocurrió. Fue cierto que durante años hicimos la mejor revista de psiquiatría que este país ha tenido en su historia. Imposible reunir más talento que el que se arremolinaba aquellas tardes largas, interminables, en Antonio Palomino, en el salón de la casa de JL que presidía un hermoso cuadro de Pérez Villalta. Fue cierto que conocí a las cabezas más hermosamente talladas de la Medicina, del pensamiento y de la literatura españolas. Pero la llegada de Internet lo trastocó todo porque ahora yo puedo ver ese paisaje desde mi casa asturiana. Y enviar los manuscritos incluso con más rapidez que cuando los llevaba en mano.

Todo pasó. No niego la influencia que puede tener en este escrito apresurado el accidentado aterrizaje que tuve en Barajas. Allí, anteanoche, bajo la capilla sixtina de Richard Rodgers, mientras sobre Madrid estallaba una tormenta llena de meteoros a mí se me estremecía el alma. Las relaciones humanas tienen estas cosas. Ni siquiera la masturbación ni el autismo son cosas de uno. Si acaso, se hacen a solas, pero nada más. Siempre necesitamos a alguien, para quererlo o para odiarlo. Hasta Robinson Crusoe acabó encontrando compañía humana.
Pues ayer, mientras JL y yo caminábamos en la fresca mañana madrileña, me dí cuenta de que ninguno de aquellos recuerdos estaba. ¿Los había perdido o los habría ganado? Porque JL, que es lo importante, allí estaba enseñándome como siempre gratis y de mañana. Ya no está el bar donde desayunábamos mientras hacíamos la traducción de la Psicopatología  de Schneider, uno de los 10 libros que salvaría de cualquier hoguera delirante. El mítico bar donde ASP desayunaba churros con chinchón mientras AR y yo le mirábamos asustadísimos desde nuestros cafés con leche y nuestra juventud.
De todo aquello queda la raspa, hilos de esperanza. Y nada más. Ya no hay quioscos ni aquella docena de librerías que te asolaban el alma desde los escaparates.
Yo no podría trabajar ahora ni una mañana en una ciudad así. Estaría añorándome desde la primera palabra de la aurora. Yo necesito vivir en consonancia con la geografía, con la meseta, con el mar y su lenta prosodia. Como Thoreau, ¡qué coñazo! pero en la playa. Necesito el sosiego y el silencio porque a esto se me ha acostumbrado el alma. Otra vez el condicionamiento pavloviano ha salido ganando. No somos perros que hablan ni somos polígamos por naturaleza como los gorriones. Pero al placer nos acostumbramos rápido, incluso al que hace daño, como explica Santa Teresa.
Ahora para trabajar me sobra el aire acondicionado. Me basta con entreabrir la ventana. Pero necesito poder levantar la mirada e imaginar que al fondo de la playa se funden las aguas del Cantábrico con las aguas de otro mar menor, imaginario. Y que, sobre una duna, una mujer desnuda acaricia a su amante al ritmo del oleaje. Y que ella es Teresa Marsé que nunca muere, que nunca se acaba. Y que solo tienen por testigos a una bandada de pájaros….



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«El mundo es cosa mediana». Houllebecq




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La historia de Adèle Hugo es una de las lecciones que puede resucitar la psiquiatría. Su histeria de amor y locura merece la pena ser recuperada. ¡Qué hermosa suena la locura cuando es buena! Pocas cosas tienen más fuerza emocional hoy día que la imagen de una mujer desprendidamente enamorada.

2 Comentarios

  • ΣAnjx_

    En el crepúsculo de lo que sería el descubrimiento del victimismo de Estado (¿tan seguros estábamos de nuestros valores?) ante una legítima conmoción colectiva, este sample circular e impermeable, paroxismo extenuante alrededor de su eléctrica interrogante, resultó ser otro perfecto kindling afectivo para poder seguir viajando maníaco después del desierto hedonista que fueron los 90’s. Periplo al final vano, pero que me dejó un preciado excurso, ya no tanto nihilista como escéptico. Better off alone

    Aunque sea un hombre mediocre y enfermo, la belleza es un efectismo. "Todo nuestro problema consiste en cometer los errores cuanto antes posible"

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