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LA PLAYA DE LAS LÁGRIMAS

El día llegó entre lluvia y negros nubarrones. Con la mañana vino una tormenta tropical que se complicó hasta convertirse en un tifón de los que azotan los cayos de Florida en las pelis de Bogart y Huston. Costaba mantenerse en pie pero todo era excitante, muy genuino. Hacía mucho tiempo que no recordaba una torbellino así invadiendo mi despacho. Incluso me fabriqué con el iPhone un pequeño diario de este recorrido a bordo de un sillón por mi cuarto. Me gustan las notas que he tomado. Las leo y las releo para convencerme de que la voz que las dictaba era a mí a quien hablaba. Algún día espero  construirme un pijama con fragmentos de diarios o de orgullosas conversaciones. En realidad, estos diálogos de la mañana suelen empezar con el «tengo algo importante que decirte» y acaban con el «también fui sincero las otras mil veces» que fue lo que dejó escrito Manuel Rivas. Entre medias, cabe todo lo que llegue empujado por un formidable deseo de vivir.


Al caer la tarde, con el segundo café, me despedí de las leves columnas del escritor  Carlos Casares. Casares era un primor, un sensualista capaz de dar cuenta de lo cotidiano con la claridad que piden las vidas sencillas. Tardo en leer una columna suya lo que tardo en tomar un café. Da gusto. Parece hecho lo uno para lo otro. Y si la columna se estira  se alarga el café. O viceversa, que no pasa nada. Pero siempre acaban coincidiendo.






En la noche bien entrada ya no quedaba ni un alma en la playa. Bajé a pasear. En mi cabeza resonaban unas cuantas malas noticias, desoladoras, de las que ya llevo demasiadas este año. Me dí cuenta que estaba agotado, la cabeza me estallaba y  mis piernas eran como dos bloques de cemento. Caminaba por la arena. Me palpé el bolsillo para ver si tenía el móvil. Antes de bajar había llamado a R. que se ha ido a visitar a su familia. Pensé a quién podría llamar ahora. Mandé algún whatspp, escribí algún tuit. Luego hubo un momento de una angustia insondable. Me di cuenta de que estaba solo, absolutamente solo, en mitad de mi vida. Unos porque se habían ido, otros me habían abandonado y otros porque ya no hay lazos afectivos que nos aten juntos a nada respetable. El caso es que, constatada mi soledad, trabajada y ganada a pulso, me entró un extraño bienestar en medio de la llorera. Lloré como lloró mi querido Juan Tallón tras perder la segunda Champions. Puede que también llorase PORQUE lloró Tallón: las estrellas de cine crean tendencia. Me dejé caer en la arena, metí la cabeza entre las piernas. Estaba más aliviado. Saqué el móvil para contestar un sms y en ese momento ví como llegaba un tren que mandaba Maite D. G. y que acababa diciendo: «me encanta que vuelvas a escribir en los días de la playa». Tendría que escribir, no podía defraudar a quien tantas cosas me ha enseñado. Me levanté, me sacudí el pantalón, me limpié el lagrimeo seco y me volví para casa. Seguía estando solo pero a salvo.




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A nosotros, los solitarios, ELLAS nos salvan del horror (mi hermano pequeño Jordi Bernal, anoche en mitad de la batalla)




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El PERO: 






















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