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LA PLAYA DE MADRID

Son las 7, 30 de una mañana madrileña de verano. Hace una hora que camino de un lado al otro de la casa buscando el mejor lugar para escribir. Al final, el salón, la pieza más grande parece el sitio más fresco. Llegan los primeros camiones de reparto haciendo un  ruido que me parece estrepitoso. Echo de menos mi playa. La extraño. Su tranquilidad, su silencio, su ir y venir, constante, repetitivo, inagotable, de vez en cuando convulso, hipnóticamente convulso. La vida no es sino una constante reedición de un coito: repetición estereotipada y ansiosa de unos pocos movimientos hechos con mayor o menor frescura e imaginación según la biología y el enamoramiento, que viene a ser un poco lo mismo. Y al final, de remate, un placentero ataque epiléptico, otra repetición incontrolada pero rítmica de movimientos. 
Mi playa, la playa, es un buen polvo sin fiorellas ni sacristanes, sin penélopes ni jordimollá pegándose con bardem a jamonazos. En mi playa se folla con calma. Como en las pelis de la nouvelle vague. Se folla y se habla mucho. Se folla y se recita un poco a Hamlet, que sigue explicando tantas cosas. «Freud lo sacó todo de Shakespeare», le dijo Torrente Ballester a mi amigo José Lázaro, que le conoció en sus mejores años.






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La mañana se fue entre neurotransmisores (feniletilalanina) y trastornos mentales ligados al enamoramiento, si es que éste no es uno de ellos. Pero es un problema que dura poco tiempo. En unas semanas las aguas vuelven a su cauce y regresa la confrontación con la suegra, los niños, la hipoteca. Esas pequeñas cosas. Pero el problema es otro. El problema es la sorpresa, la novedad, el revuelo. El caso es que no es raro que una mujer o un hombre enamorados puedan tenerle gran miedo al amor. Y eso descoloca mucho y agobia y aturde. Pero todo, poco a poco, se va calmando….




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Orgullo y deseo. Siete pecados capitales convergen en dos. Lo que no veo es el sitio para el miedo….











4 Comentarios

  • Anónimo

    El último verano de Movidas Guapas
    A Movidas Guapas todos le llamaban Movidas Guapas. Tenía una explicación. Cada vez que algo le entusiasmaba se frotaba las manos y decía "Movidas guapas". Ir al campo del Levante le parecía una movida guapa. Lo mismo que escupir con el colmillo, hacer muecas delante de las viejas en los semáforos o reventar sobres de tomate Ketchup en el interior de los autobuses de línea. Movidas Guapas, decía frotándose las manos.
    A los 16 años y medio, Movidas Guapas entró a trabajar en una heladería del Paseo Marítimo. Entonces empezaron a llamarle El Polero. El Polero seguía frotándose las manos. Como Polero hizo una carrera envidiable. Le echó los trastos a la hija del dueño y al poco tiempo ya eran novios. La hija del dueño se llamaba Fresas con Nata. Era muy blanca y se ruborizaba con facilidad. A los 18 años y medio la dejó preñada. Al primer hijo le llamaron Almendrado. Con los años, el hijo del Polero y Fresas con Nata evidenció una rara creatividad vinculada con el oficio de sus mayores. El chaval coleccionaba palos de polos y montaba figuritas todo el tiempo. Su padre, el mítico Movidas Guapas se frotaba las manos todo el tiempo: Movidas Guapas, movidas guapas, decía entusiasmado. (Continuará…)

    viejo Casale

  • Anónimo

    Al morir el suegro de Movidas Guapas, Movidas Guapas y Fresas con Nata heredaron la heladería. Ya habían tenido otro nano, Corneto. Corneto era adicto al flash de limón. Menuda mierda de heladero, le decía su padre el Polero. El Polero estaba en contra de los flashes, de los Calippo y de todas esas mariconadas. Los tiempos cambiaban y la presencia de turistas extranjeros obligó a Movidas Guapas a contratar a alguien que supiera hablar inglés. El elegido fue un notas al que todos llamaban El Armenio. El armenio decía que era refugiado de Armenia pero a mi me bastó medio minuto para desenmascararlo. Le dije Ararat y el dijo ¿qué?. Ararat, insistí, ¿qué?, volvió a contestar. Entonces se lo dije: tú ni eres armenio ni eres nà. Desde ese día, el armenio siempre me miraba de reojo, a la defensiva. Menudo pájaro. Tampoco es seguro que supiera hablar inglés. Otro día le pregunté el verbo To Be y el muy gañán respondió: yo tuve, tu tuviste, el tuvo. Debía hablar con el Polero, pero tampoco era mi problema. Además, el Armenio era un secundario con muchas posibilidades literarias. Era más gandul que la chaqueta de un guardia y sólo atendía cuando veía chicas guapas en las mesas. Entonces aprovechaba para dejarles a las chatis su número de teléfono anotado en el ticket de venta. En una ocasión se pasó de listo y el padre de una de aquellas criaturas se percató de la maniobra. Enfurecido fue hasta la barra y le contó al Polero lo que pasaba. Esa misma noche el armenio fue despedido. (Continuará…)

  • Anónimo

    Durante el resto del verano el Armenio no hizo otra cosa que rondar por la heladería. Movidas Guapas estaba al borde del colapso. Se retaban desde la distancia. A Fresas con Nata aquello le divertía. Había algo en el Armenio que le hacía tilín. O era el Polero, que había envejecido a lo ancho, con pelos por todas partes menos en la cabeza. El Armenio era consciente de sus encantos, así que una noche abordó a Fresas con Nata cuando esta volvía a casa antes que su marido. A la tercera noche el Armenio consiguió lo improbable. Había fútbol y el Polero se fue al campo del Levante. En la heladería se quedaron Corneto y Almendrado, ya adolescentes, ya versados en el noble arte de vender polos y granizados. Mamá Fresas con Nata, ungida por un ardor sexual ya olvidado, se llevó al Armenio al catre. Sin duda, el Armenio era más joven y estaba mejor dotado. Como suele pasar en el campo del Levante, esa noche también se fue la luz. Movidas Guapas volvió a casa antes de hora. Al abrir la puerta del cuarto descubrió la escena. Como en sus años de adolescente prepolero se frotó las manos y tirando de cuchillo jamonero dijo en voz alta y clara: está sí que va a ser una movida guapa.

    viejo Casale

  • M.A.

    Sarapo, me fascinan esas fotos fijas de la playa. A veces voy al otro extremo, a esa escollera que apenas se intuye. Saco fotos del skiline y te imagino observando la playa, tras las cortinas; un Norman Bates sin peluca.

    Viejo, ayer me acordé de ti. Alguien que estuvo dentro me contó, paso a paso, cómo Bimbo se fue a tomar por el culo.

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