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LA PLAYA DE SAN JUAN













La playa ha sobrevivido a las brasas de las hogueras y al éxtasis del botellón y el amor compartido sobre mantas con sabor a Kerouac. En el escenario de anoche con el paseo lleno de jóvenes, el estilo desinhibido de los chicos adolescentes contrastaba con la delgada languidez que exhibían casi todas las jóvenes muchachas, que eran cientos. Esa languidez de hermanas Lisbon, tan sensibles e inestables. Siempre he querido saber de donde sacó Jeffrey Eugenides la inspiración para escribir «Las vírgenes suicidas», una de las novelas mas reales que recuerdo. La playa está ya limpia, sin cristales ni restos de fogatas. Ya nada humea. Todo es quietud y silencio. Como hoy me he levantado un poco más tarde puedo ver unos cuantos rituales nuevos. Una mujer rubia y joven con un bonito jersey magenta (el color de la alegría) anudado al cuello pasea a dos hermosos perrazos. Los camareros de La Luna, el bar que transformó en carne la vida en este paseo, ordenan las mesas y las sillas para los desayunos. Dos corredores matutinos marchan a buen ritmo por la playa. Las últimas barcas se retiran de la entrada de la ría por donde asoma el despegue de un hermoso velero. El quiosquero se va con su bici medieval tras haber dejado la prensa de papel en los portales donde habitan suscriptores eternos. Es un trabajo cansado el del hombre que vende la prensa. Pero me gusta ver que hay empleos que no desaparecen mientras alguien quiera hacer algo por ellos. Prometí no volver a escribir más versos de nadie que no fuera yo mismo. Pero es Cernuda quién asoma sobre el espejo de las olas en la playa: «El mar es un olvido, una canción, un labio.» Y luego, verso vuelto hacia su propio sexo, «sobre espaldas oscuras las olas se van gozando».


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Por supuesto que esta playa tiene vocación de secuela de «Smoke» (1995), la película de Auster y Wayne Wang. Incluso de «Life is sweet» de Mike Leigh. El escenario parece siempre el mismo, que no cambia nada hasta que las pequeñas cosas irrumpen y llenan de sentido lo cotidiano. Se trata, por decirlo fino, de que la realidad estricta tiene poco sentido sino se le da una valoración estética. Recuerdo que hace unas semanas vi, no recuerdo donde, un vestido azabache con el que mantengo una idilio onírico tortuoso, interminable. Nada de lo realmente bello me es indiferente. Y no soy Von Aschenbach. 
Antes que naciese esta playa, mi querido Rafa Lahuerta, el mejor escritor de Levante, ya había hecho su «Smoke» en los amaneceres luminosos de su ciudad mediterránea. A mí me lo explicó sobre el terreno una madrugada de junio, al lado de la ribera del Turia, en esa ciudad a capas que es Valencia. El «Smoke» de Rafa es una historia hermosa, llena de sensibilidad y aplomo. Pero solo él puede contarla.






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Hablaba ayer por la mañana con JL. Como siempre del bovarismo y sus derivadas. Y sacó del estante un texto de Jung, de 1922. Jung, que «en esto» era un experto: 
«El hombre cree poseer a la mujer cuando la posee sexualmente. Jamás la tendrá menos». El hombre, escribe el ario CG Jung, confunde fácilmente sexualidad con Eros. Para la mujer solo tiene sentido la relación erótica. El matrimonio, para ella, es una relación con el añadido de la sexualidad. 
Lo entiendo pero no bien del todo. Tal vez me lo aclare Doña Amelia Valcárcel, miembro del Consejo del Estado Español desde 2006, intelectual y mujer que sabe mucho.




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Bertrand Cantat. Me lo sé casi todo de su vida donde hay mucha mentira escrita. De hecho le dediqué un blog: «Delitos Diversos». Otro día cuento lo que sé de los tristísimos hechos. Pero me quedo con su música. El mejor cantante francés. Esa mezcla suya de dolor y sentimiento, casi flamenco…. 
La banda sonora de este blog es suya. Ahí está, al costado derecho el clip más redondo que recuerdo. La vida con su madre y sus deseos…La historia de tantos de nosotros.




Y esta de ahora, VAMOS, VEN…aunque sé que lloraré mañana, cuando me hayas herido…. 











6 Comentarios

  • Anónimo

    Rémora Cenizas cayó en las brasas y un olor a pata quemada de pollo aceleró el deseo del propio Arrastrines, que incapaz de saltar la hoguera por su condición de hombre mopa dejó que su amada se deshiciera en pequeños taquitos de carne carbonizada que al día siguiente utilizaron para las ensaladas del menú. Diréis que lo de Rémora Cenizas fue una cosa de locos pero eso es porque nunca habéis estado en La Malvarrosa por San Juan. A la misma hora, a tan sólo 122 metros, Crisantemo Moribundo repetía su cantinela habitual: es la última vez que vivo la nit de Sant Joan. Crisantemo Moribundo llevaba 7 años muriéndose. Todo lo hacía por última vez. Como siempre, le acompañaba el niño palillo, un chaperete de los barrios violentos. El niño palillo era el amante clandestino de Crisantemo Moribundo. Paseaban por la orilla con un radiocassette Sonny del bienio de Calvo Sotelo, escuchando cintas de cantantes melódicos de los años 70'. Era muy pasoliniano. Juntos, Niño Palillo y Crisantemo Moribundo, se sentaban en la terraza del Movidas Guapas. Ponían el radiocassette sobre la mesa y pedían unos granizados de limón. La música era letal: Miguel Gallardo, Manolo Otero, Pablo Abraira. Nadie protestaba. Crisantemo Moribundo tenía bula. Según sus palabras, ese era su último verano. Cuando doce meses después le veías aparecer de nuevo acompañado por el Niño Palillo y aquella banda sonora del desastre, las reacciones eran de pura perplejidad. Querías matarlo allí mismo, pero a su vez celebrabas en silencio la potencia hipnótica de aquella estampa única y singular.
    Un día, fascinado como estaba, me senté con ellos. Es usted el Pasolini de la Malvarrosa, le dije a Crisantemo Moribundo. Sin decir nada, Crisantemo miró al Niño Palillo y con un gesto indescifrable que todavía hoy sigo sin poder reproducir, el chapero me atravesó con cara de pocos amigos y me dijo, o te vas o te reviento la cara, tú mismo.

    viejo Casale

  • Anónimo

    La Patacona es la continuación de La Malvarrosa por otros medios. Las separa una acequia. La Malvarrosa es Valencia y La Patacona es Alboraia. Este verano ahondaremos en los matices.

    viejo Casale

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