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LA PLAYA EMBELESADA


















El amanecer de hoy ha sido especialmente hermoso. Tal vez esto tiene que ver con que yo tengo más serena el alma; el alma, eso que Punset dice que está en el cerebro y yo, en la punta de los dedos. Pero lo de hoy ha sido para que un puntillista o al menos, un impresionista, lo plasmara al óleo. Veo a Pissarro poniéndose hasta las trancas como Omar Sharif, en el mirador de la ría.
La luz del faro llegaba hasta mi casa. Los botes que andan al calamar dan un aspecto laborable a la bocana. Han estado ahí toda la noche, agazapados. Y ahí seguirán toda la mañana. 
Esta alborada, este cielo que hoy promete luz y penumbra, no es sino un reflejo de las noches del solsticio de verano, de esta semana de noches mágicas que se avecina. Es lo que los franceses llaman, creo, «l´heure bleu». El atardecer se desgarra en azules que se intensifican durante una hora y luego mueren de repente. Joan Didion, gran analista de ortos y ocasos, hizo, con su dolor un bello libro sobre las «Noches Azules». Para leerlo y no acabarlo.
Recuerdo ahora aquella frase de Manolo Vázquez Montalbán con la que despidió a Mario Lacruz, en su muerte: «Lo peor que le puede pasar a alguien es perder el favor del mar». O sea, dejar de ser en la tierra.






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«El ser más prostituido es el ser por excelencia, Dios». «El es el Supremo Amigo, la reserva común inagotable de amor». El pueblo capta que más allá de las morales y los «deberes» hay una pulsión vital irreprimible mediante la que se conecta con «lo divino». Y la perversidad cotidiana sabe que «ese monstruo», lo oscuro está enterrado en lo más profundo de cada uno de nosotros.


-¿Tú conoces ese sutil monstruo?
-¡Hipócrita lector! ¡mi semejante, mi hermano!


¿Por qué ya no se lee a Baudelaire? ¿Por qué no se lee a Quevedo? ¿Porqué solo Sergio Campos y yo leemos libros sobre toreros?


Lo diré pronto. Por miedo.




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El tiempo no te ha herido ni te ha dolido. El tiempo te ha metaforizado. Y escribo esto porque sé que lo entenderás. Despierta ya, mira que luz, nada envidia el Norte al Sur….




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En lo que va de mañana he hablado con Montreal, le he dado fuego a Cate Blanchett y me voy a tomar café colombiano recién hecho. Sin azúcar. Au revoir, les enfants¡






















4 Comentarios

  • Anónimo

    Los hermanos Heidegger
    Conocí a los hermanos Heidegger en la terraza de la heladería del Movidas Guapas, en el paseo marítimo de mi ciudad. A Hey, el mayor, le llamaban Arrastrines, y a Degger, el pequeño, el Pasmao. Eran mellizos con media hora de diferencia. Esa media hora de retraso explicaba las sinergias y las omisiones, el mecanismo viciado de las relaciones fraternales.
    Hey era un hombre mopa que acumulaba denuncias del vecindario por arrastrar los pies en plena madrugada. En su defensa alegaba que era tataranieto de esclavos y que su genética le obligaba a caminar con bolas de acero imaginarias atadas a los tobillos. Por contra, Pasmao era risueño y dócil. A pesar de que sólo tenía 39 años y medio, su cara parecía la de Manuel de Falla en el billete de 100 pesetas. Pasmao era el machaca de Arrastrines. O lo que es lo mismo. Hey pensaba y Degger ejecutaba. (continuará…)

  • Cat

    Las horas azules.
    Claras madrugadas luminosas en todas las ventanas de casa: “nada envidia el Norte al Sur”. Con café leo lo nuevo en esta Playa. Ellas espabilan más deprisa para ir al conocido oleaje: atasco, frenazo, efecto acordeón. Ni música, ni noticias. Le voy dando vueltas al “aspecto laborable”. La planta llena de cercanos a “perder el favor del mar” que nunca llega. Sorprendido por igual del efecto que causan las palabras amables y claras en jóvenes colegas y en los acompañantes de aquellos que ya no sé qué esperan.

  • Anónimo

    Arrastrines Hey y Pasmao Degger tenían un lucrativo negocio de alquiler de libros en la playa. Hey miraba desde la terraza del Movidas Guapas y Degger recorría la orilla con su traje de alpaca, perfumado de manzanilla, cargado de libros. Sudaba como un gorrino mientras su hermano Hey se recreaba en la suerte del bebedor de horchata, sentado a la fresca, poniendo como excusa su manera de andar. En San Juan se forraban. La playa de llenaba de Carvalhos que encendían hogueras con libros. Degger, que era muy fan de la Pantoja, se pasaba la noche cantando el fuego está encendido, la leña arde.
    Un año, la novia de Hey, Rémora Cenizas se cayó en las brasas de una hoguera. Como era de pierna gorda y muslo atormentado no midió bien la distancia del salto. Cogió demasiada carrerilla y, al llegar al instante del impulso, se deshizo en un blandiblú de aspavientos y melodramas. El salto fue minúsculo, la hostia mayúscula. Cayó sobre las brasas. (continuará….)

    viejo Casale

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