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LA PLAYA ES UN ALLEGRO MAJESTUOSO

Adoro estos domingos otoñales cuando entre las primeras luces de noviembre aún se adivinan los fuegos fatuos que escapan de los huesos de los difuntos y los santos, que dicen en mi tierra. Toda esta noche ráfagas de lluvia y aire han estado golpeando las ventanas. Me encanta escuchar el sonido del agua chocando contra los cristales en estas oscuras y largas madrugadas.  Estos momentos se llaman «hipnagógicos» porque son muy proclives a ensueños y a alucinaciones. Y esta noche he soñado que un ángel muy hermoso y sonriente me susurraba desde el cielo más alto y me llamaba. Y que luego se rompía la ventana de mi habitación y entraba y se acurrucaba en mi cama mientras me acariciaba la espalda y la vida. La lluvia y el sueño siempre se han llevado bien, dice Almudena Guzmán, delineante de curvas, tormentas y y nieblas otoñales. Yo creo que era la poesía que venía a buscarme. Así, al fin, supe que seguía viva y pude ver como el viento que llegaba a borbotones le alborotaba el pelo y se la llevaba. Y yo no quise despertarme hasta que pude dejar de respirarla. Y de imaginarla. La hipnapompia. 

Luego ha llovido casi todo el día lo que ha dado más encanto a todo el paisaje que se mueve, como diría Cela en su «Mazurca», entre un blando gris y un blando verde. Llueve sin parar, «sin prisa pero con una infinita paciencia», por seguir con la Mazurca.

El mar no da tregua. El horizonte es un ejército alborotado de olas rigurosas, brumas y espumas muy blancas. Al fondo, hasta donde alcanza mi mirada, el faro de San Juan sigue lanzando destellos anaranjados contra los tonos fieramente grises de las nubes tormentosas que pueblan el crepúsculo. Chopin, su concierto número uno y  las manos de Lang Lang en el piano. 








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Hoy, tras medio año de parón, sin querer he vuelto a correr. Media maratón de Avilés. Y pese al abandono y la falta de entrenamiento todo ha ido mejor que nunca. Alguien me contó hace unos cuantos días que el gran secreto de la vida está en respirar bien, en inspirar y espirar rítmica y ampliamente. Que con la respiración llega a la sangre el río de la vida. Pero no recuerdo quién me lo decía.



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El otoño es tiempo para el amor y para prohibir el olvido. Leo y escribo sobre los amores prohibidos de Carl Jung y Sabina Spielrein. Resulta curiosa la obsesión de la mujer judía enamorada por quedarse embarazada del psiquiatra ario, que fue lo que rompió el romance.  Freud prohibió taxativamente aprovecharse de este tipo de relaciones y obligó a sus fieles a conjugar juntas la abstinencia y la contratransferencia. Se lo creyeron casi todos. Menos Sandor Ferenzci que prefirió seguir curando y follando: decía que nada podía resolver más traumas infantiles que un psiquiatra enamorado de sus pacientes, o sea, una contratransferencia muy positiva. Pero al pobre Sandor sus colegas pronto lo declararon «desequilibrado» como al tolito del tango del Polaco Goyeneche, el que decía que fueron los locos quienes inventaron el amor. 
El cine ha explotado el filón del psiquiatra y la paciente que se hicieron amantes. En el año 2002, Roberto Faenza, hizo una película sobre los amores de Jung y Sabina. Basta el cartel anunciador para saber que le esponsorizó la película una marca de alfombras.






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