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LA PLAYA ES UN ESPEJO











Todo lo que se pierde en el mar vuelve a la playa. La playa es un bazar de objetos perdidos. A la playa hemos visto llegar los restos del barco de Robinson Crusoe, los del avión de Tom Hanks en «Naúfrago», a Raquel Welch luchando contra los dinosaurios, otra vez a Tom Hanks liberando a Europa para salvar al soldado Ryan. Incluso en una ocasión creo recordar que llegó a la playa un «cristo crucificado». Todo objeto imaginable llega a la playa. Incluso amores apasionados. No es momento de hacer listados con los amores de lecho playero pero el beso de Burt Lancaster con Deborah Kerr es una invitación para morir besando. Un beso realmente apasionado, de los de carne y hueso, con un poco de humedad. Fue un beso de ficción, cierto, pero muy logrado.

La playa siempre ha sido refugio de de amores apasionados. El de Antoine Doinel buscando su libertad, el de la hija de Ryan buscando al hombre que amaba, el de Babette montando el festín para festejar el triunfo del cuerpo sobre el alma aprisionada.  Y si me apuran el del coñac Terry con la rubia nórdica montando a caballo. Purazo y Copazo, que dice Casale.
La pasión y la playa son inseparables, como dos caras de una misma moneda. Donde hay playa hay pasión y una pasión nunca será completa si falta una playa que la embellezca. Lacan se equivocó al ubicar «el estadio del espejo» en el desarrollo del niño. Es mucho más tardío y se culmina en otro aposento. Es difícil llegar a ser un sujeto soberano, auténtico, independiente sin haber podido ver la pasión amorosa reflejada en la arena brillante de una playa «bajo la fraternal luz de la luna» que decía George Trakl.



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El era invencible y etéreo como el aventurero de La rosa púrpura del CairoElla era fuerte y débil como una mujer enamorada sobre Los puentes de Madison. Al final, la lluvia los secó juntos.


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Esa desbordante capacidad de los gallegos para escribir poesía solo superada por los argentinos para hablar de fútbol. La poesía es el arte que mejor se les da a los locos. Cuestión de afectación de zonas cerebrales relacionadas con la simple sintaxis, no se crean historias de mitos o símbolos. Me da lo mismo. Estas noches insomnes sigo leyendo a Lois Pereiro, muerto tan temprano: «¿Qué le puedo ofrecer yo a quien me intente si soy un hilo suelto de la esperanza». Y me sorprendo temblando de frío por dentro.


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«Que sepa Usted, señor, que ya tiene en su poder dos almas: la suya y la mía, en semejante circunstancia.» escribió mi poetisa preferida. Nunca nadie ha volado tan alto.

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Querida M. ¡Cómo me ayudan tus cartas! Te prometo que en breve escribiré sobre la amistad, follada o sin follar, en esta última playa. Te envío una curiosidad. Esta carta de amor escrita a mano que la escritora Sophie Calle le encargó a un escribano. Tardó ocho días en en escribirla: siete páginas a pluma y en verso. Y el hombre le decía en ella: «… yo, sin hacer un solo gesto, he estado en todos los lugares que usted ha estado». 






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Reunir en un blog a Viejo Casale, a Catalino  a Mercutio, a MA, a Mecanikong, a Maite a un servidor, a Anx, a los ártabros (varias generaciones), a Terreiro (ahora Jose Luis) y a algunos más que olvido. Esto es más importante que reunir a los Beatles o que John Lennon vuelva a cantar IMAGINE, el himno del Madrid de Zidane (Pipanti dixit). Ya pasamos de 300 lectores diarios. Alguien está soplando con fuerza para que este velero siga navegando.



12 Comentarios

  • Maite

    300 lectores, ¡qué maravilla! Sophie Calle también es fotógrafa, esto lo sabes, creo tiene varias piezas en las que encarga textos o los escribe para otros. Saludos a marineros y naúfragos. Buenos días.

  • BLANCA DE LAS HERAS AZOFRA

    Qué amplio y no lo digo en el sentido medible, es el mar, observa , domina, puede ser una balsa o un "huracán" y envuelve vidas, deseos, amores y desamores.
    Porqué adjudicas a Zidane Imagine? Adoro a Zidane pero le robo Imagine, es "mío" y Lennon lo sabe cuando cada 8 de diciembre la escucho emocionada.

  • Anónimo

    Muerte de un vendedor de escobillas

    Ayer me levanté temprano. Antes que nada bajé al bar a desayunar. Es un bar especialista en cumpleaños, según reza la publicidad. En la barra estaba el Gordo Sifón, un tipo que no ha pegado palo al agua en su vida. Al verme quiso hacerse el gracioso: che nano, pareces un invitado a una comunión. No está bien que lo diga, pero iba hecho un pincel. Mocasines con borlas, pantalones de pinzas y camisa con chorreras de cuando era fallero. Pedí un cortado y unas tostadas. Leí el sobre de azúcar: "Murcia que hermosa eres". Para hacerme el hombre ocupado saqué mi moleskine y escribí una frase: todo viaje empieza en una librería. Hice cálculos mentales. Entre La Patacona y Cullera hay 25 km. ¿De dónde coño saco un libro que cuente ese viaje?. Parapetado en mi ensoñación hilvané una metáfora cojonuda. Me mezo en un hilo de costa, soy un alambre de mar. Estaba tan pagado de mí mismo que en ese momento pensé en hacerme poeta y dejar las escobillas. Bueno, puedo ser un poeta que vende escobillas, concluí para mis adentros. Después de pagar, tropecé adrede con el gordo Sifón. Del codazo que le metí se le cayó el tazón de cola cao encima de la barriga de gordo perro y sucio. Uy, lo siento, dije al despedirme. Clarinetes y violas imaginarias me acompañaban en ese instante. Un sol resplandeciente doraba la playa. Soy un triunfador, soy un triunfador, me merezco todo lo bueno que me pasa, me merezco todo lo bueno que me pasa.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Puse el motocarro en marcha a las 8 y 33 minutos. En el garaje tropecé con un miembro de la familia Garaje, el abuelo. Jodido abuelo. Siempre está en el garaje. Se pasa las horas muertas apoltronado en una silla de playa, custodiando su plaza de garaje. A veces he pensado en hablar con él. ¿Y dígame abuelo, no sería mejor sentarse en el paseo viendo a las chatis pasar?. Lo pienso, pero no lo hago. Por timidez.
    Cuando salí a la calle desplegué el mapa sobre el asiento de al lado. Escogí el mejor trayecto: La Patacona, La Malvarrosa, El Cabanyal, El Grao, Nazaret, Pinedo, El Saler, El Palmar, El Perellonet, El Perelló, Les Palmeres Mareny Blau y el Faro de Cullera. Estaba a 45 minutos de mi destino. Un paseo.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Estaba tan cerca y me sentía tan bien que paré en el bar Polit a desayunar de nuevo. Total, Cullera está ahí al lado, pensé. Pedí un bocadillo de embutido y habas, una cerveza y un plato de olivas. Leí los 3 periódicos, me hurgué con un palillo en la muela inferior izquierda y pedí un carajillo de Terry. No eructé de milagro. El sobre de azúcar me hizo sospechar que algo empezaba a torcerse: Murcia, que hermosa eres. Eran las 10 y 17 minutos de la mañana.

    viejo Casale

  • Anónimo

    En el periódico había leído que el bombo de Manolo ya estaba en su bar, así que pensé, coño, voy a verlo. Total, Cullera estaba ahí al lado y el bar de Manolo tampoco me suponía un gran desvío. Camino del bar empecé a pensar en Ulysses y en Joyce, pero sobre todo en el hecho anómalo de que durante algunos años mantuve la sospecha de que Manolo el del bombo y George Damm eran la misma persona. Aparqué el motocarro en la plaza del Valencia CF. En la puerta del bar de Manolo había periodistas y curiosos. Pedí una cerveza, que finalmente fueron 5. Ya llevaba la camisa por fuera y había perdido las borlas del mocasín izquierdo. En un momento de euforia Manolo hizo sonar el bombo y yo los platillos. Es-pa-ña, Es-pa-ña. Eran las 11 y 58 minutos. Cullera seguí estando al lado.

    viejo Casale

  • Anónimo

    El calor me hacía sudar, la camisa ya lucía lamparones premeditados y la cabeza me daba vueltas. El motocarro no tenía aire acondicionado pero llevaba una pistolita de agua para refrescarme. Al pasar por la avenida del Puerto vi que Casa Calabuig había abierto de nuevo sus puertas. Coño, esto hay que celebrarlo. Paré. Era muy fan de Casa Calabuig. Meses atrás había leído en la prensa que cerraban el establecimiento. Verlo abierto fue un subidón. Pedí otro pincho de tortilla y un par de tercios más. Durante unos minutos me quedé medio grogy, casi tumbado en uno de los taburetes corridos de skay. La brisa del mar llegaba franca a través de los tinglados portuarios. Eran las 13, 07. Cullera seguía ahí al lado.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Salí de Casa Calabuig sin borlas en los mocasines, borracho, eufórico, convencido de mi triunfo como vendedor de escobillas. Con el motocarro pasé por delante de la tribuna arramblada del viejo circuito de Fórmula 1. Todo era raro pero real. Justo aquí me dije, justo aquí rugían los motores. Esas cosas sólo pasan en Valencia. Con la boca imité el sonido de un bólido. Parecía el encuentro entre Niki Lauda y Vicentín, el de Muchachada Nui. Bólido, bólido, bólido. Crucé la vieja desembocadura del Turia por el puente de Astilleros. En ese instante tuve un arranque súbito de nostalgia por la playa desaparecida de Nazaret. Me desvié, total, Cullera estaba ahí al lado. En una tienda de chinos compré un ramo de flores artificiales y lo deposité en el lugar donde hubo arena y mar, playa perdida de mi niñez. Se me escapó una lágrima. Una lágrima que no cayó en la arena. Ahora hay un muro de hormigón. Y más allá del muro las grúas, el Puerto, su tiranía. Como estaba muy borracho me puse a cantar el viejo himno de Comité Cisne, los setos no son setos sino muros de hormigón. Cuando volví al Motocarro le faltaban dos ruedas. Eran las 13: 52 minutos.

    viejo Casale

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