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LA PLAYA ESTÁ CONTENTA

La semana está siendo ajetreada, desasosegante. Octubre ha llegado cargado de vaivenes y emociones, con un sabor muy intenso, casi como el de un trozo de pan untado con una tapenade que te llega con una buena reserva de Ribera del Duero. Difícil resistirse a proposiciones tan indecentes aún sabiendo lo que cuesta luego detenerse.
Entre noticias malas y buenas uno se va sosteniendo. Porque casi siempre los buenos momentos superan a los malos ratos. Porque merece la pena luchar por la gente buena, en el sentido más clásico del término. Me gustaría saber qué actividad humana está exenta del peaje que impone el dolor a la alegría. Me gustaría saber qué actividad interpersonal no exige un mínimo de atrevimiento, de osadía para llevarla a cabo. No encuentro ninguna que merezca la pena.
Uno de los dilemas de esta época, aparte de la aceleración en todos los ámbitos de la vida, es olvidar, que más o menos digitalizados, todos los cambios sociales registrados no son sino variaciones de cualidades específicamente humanas. 
Pasarse horas en Facebook o en Twitter o colgando fotos en Instagram no es sino una flagrante demostración, en la mayor parte de los casos, de como la vanidad y lo efímero se van apropiando de nuestras vidas. O sea, los cambios crecen sobre lo más humano, sobre lo más específicamente humano. Hemos cambiado los instrumentos que construyen nuestros días, nuestras alegrías y nuestras penas. Pero nada más. En Cupertino aún no hay nada inventado que logre evitar como escribe Elvira Sastre que «la soledad sean esos dos ojos presuntamente amigos que te miran sin verte».  La vida sigue siendo humana. Fieramente humana. Pero veo a la playa contenta, entusiasmada, como lo estaba aquel personaje de Vickie el Vikingo que saltaba cuando Vickie se rascaba la nariz y tenía una idea salvadora. La piel se nos eriza y los lacrimales se humedecen cuando una noche de invierno alguien nos pide una noche de asilo. Y sin dudarlo le contestas: «Yo te daré lo que tengo». Por ejemplo. 








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El día ha amanecido cargado de bruma que poco a poco se ha ido disipando.  Ahora el sol desde un cielo fuertemente azul se estrella contra la espuma de las olas que asaltan la playa una y otra vez, incansables, interminables. La marea está alta. No hay gaviotas revoloteando lo que nos garantiza unos días sin lluvia. Sigo hipnotizado mirando el majestuoso espectáculo desde mi ventana. Comienzan a llegar los primeros corredores al paseo. Pronto no habrá quién camine ya de tanta gente como vendrá a pasar el día. El día feliz que está llegando.






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