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LA PLAYA INCIERTA

Aunque son ya más de las siete de la mañana, la playa parece silenciosa y dormida. No hay ni un alma. Como si la noche de ayer hubiese sido larga y disputada. Nada que ver con mi caso que me dormí sin enterarme en cuanto R. llegó a casa, entrada la madrugada, exhausta. 
Ahora me cuesta ver el faro que está envuelto por una impenitente bruma, por una gasa almidonada. Las olas llegan con fuerza a la orilla y se retiran con una llamativa resaca. La luminosidad del sol no termina de aclarar el paisaje. He paseado diez minutos por la orilla. Aún está la mañana fresca y el agua casi helada, pero es muy vigorizante. Al regreso, una excelsa y caliente taza de café colombiano me levanta la vida y el alma. Dicen que el café colombiano debe tomarse sin azúcar. No me extraña. Lleva tanto sabor en sí mismo que es una pena dispersarlo con nada. Este café me lo trajo Valentina en sus pequeños brazos desde su tierra bogotana. Vale, me gusta tanto el nombre que lo escribo sin miedo, es una niña listísima, un pequeño cielo. Luego su tía Ro, compañera de trabajo desde hace algunos años, se encarga de disolver la magia y siempre me dispara lo mismo: «Aquí tienes el café. Que sepas que es porque mi madre se acuerda de tí y te lo manda que si no, no tendrías nada.» Y yo recuerdo a su madre, orgullosa de su hija pese al dolor que marca la distancia. De las cosas que peor llevo es que te obliguen a ser extranjero en tu casa. A la abuela de Vale la conocí en el estreno de DESCONECTADOS, en aquel Festival de Cine de Gijón que tanto nos gustaba. Tal vez aquella fue la gran noche de este proyecto que ya es mayor de edad. Y que levante el dedo quien no se haya enganchado al café de la fabulosa abuela de Vale. Esa mamá tan grande. Es una suerte poder crecer entre personajes creados por  Gabo, que nunca escribió nada que no viniese directamente de la realidad.  Por cierto, a Gabriel García Márquez acaban de darle una plaza en el centro de París con toda pompa y boato. En Madrid, las nuevas calles y plazas se la han llevado, entre otros,  Morla Lynch, el barco Sinaia, Ramón Gaya, etc. Es extraño que no haya una plaza DO FUIR. Molaría. Y mientras, yo sigo sin conocer el hielo.



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Por casualidad he abierto uno de los libros de Gabo que aún no he leído. Se trata de «Noticia de un secuestro». Es de 1996. Me lo regalaron las compañeras del Centro de Salud Mental Infantil de Gijón cuando acabé mi residencia en aquel maravilloso edificio que era la Gota de Leche, en la Calle Magnus Blikstad. Es que molaba todo. Incluso teníamos los juzgados al lado y de vez en cuando me iba con una madre a gritar durante la llegada de su hijo a un juicio por insumisión, que no quería ir a la «mili». Era 1996 y la década prodigiosa empezaba.
Del libro de Gabo se ha caído un tarjetón, la dedicatoria de quienes me lo regalaron, que me ha arrancado unas lágrimas. Fueron meses muy felices. ¿Te acuerdas,  Javier B? Las chicas de Infantil, inolvidables: Elena, María Jesús, Trini y Mari. Faltaban Yolanda y Eva. Me llama la atención el poder predictivo que tuvieron al encerrar entre rojos interrogantes la ¿Comunidad Terapéutica? 





La llegada al poder de Aznar liquidó la «mili» y la pena de cárcel por insumisión. Pero eso es otro cuento.



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Philip Delerm. Ya he hablado aquí de él. Tiene un diario poderosísimo que venden como «novela». Transcribo la solapa porque no tengo cabeza para la sinopsis ni la sintaxis:

«En ella aparece ya  esa exaltación ante las sensaciones fugaces y los mínimos acontecimientos ―que no obstante pueden cambiar una vida― característica de su obra. «La quinta estación» es el diario íntimo de alguien que aprende a paliar su dolor después de la pérdida de la persona amada. Se desgranan los recuerdos compartidos y las vivencias de un presente en el que la ausencia es plena presencia. Pero el pudor contenido del narrador le impide caer en la autocompasión o reclamársela al lector. Aquí las palabras se alzan como el bastión frente al olvido. En «La quinta estación» todo se convierte en un pretexto para exorcizar el dolor a fin de celebrar los efímeros instantes de felicidad que, entrelazados, señalan la diferencia entre la plenitud y el vacío.»

¡Qué suerte tuvimos de que una cierta madrugada se encontrasen Iván Tubau, Arcadi Espada y Delerm con Felicidad desayunando, rodeada  de periódicos! Aquellos agostos en los que, me cuentan, Barcelona era una fiesta. 














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Leo los periódicos del día. Mejor dicho, no paso de las portadas. Casi todo son majaderías. Ya lo decía Montaigne: «Todos los males del mundo vienen de la gran cantidad de disparates que se escriben». 




3 Comentarios

  • Anónimo

    El largo camino hacia una rumba valenciana

    El niño Palillo tenía una hermana, la Niña Aguja. La Niña Aguja se enhebraba a sí misma con el instinto de las anguilas. Quería ser rumbera, como Melody. Se sabía la coreografía del baile del Gorila mejor que nadie. La Niña Aguja pesaba 34 kilos y medio. De canto sólo se le veía la nariz. A los 16 años y tres meses se puso a cantar por las terrazas del Paseo Marítimo. Buscaba un espacio por descifrar, la rumba valenciana. Desde el primer momento fui consciente de ello. No hice otra cosa durante ese verano que seguirla a todas partes. Ahí empecé a escribir un ensayo titulado "La rumba valenciana, esa desconocida". No quiero pecar de pedante pero mi texto hundía sus raíces en la ausencia de una hermenéutica local capaz de resituar en el ámbito musical fenómenos tan complejos como el de La Niña Aguja.
    Desde el principio acepté ciertos paralelismos con la rumba catalana. Como tantas otras veces, los catalanes sí habían sabido explicar y amplificar sus logros y hallazgos hasta levantar una mística. Esa mística ausente de la rumba valenciana era lo que La Niña Aguja estaba glorificanco desde su ingenuidad artística y desenfadada. La versión del Baile del Gorila y la adaptación de temas clásicos como "Horchatera valenciana" o "Amparito, la filla del mestre" esbozaban algo más que una mera corriente de rumberos mediterráneos. Había un filón por explorar. El cante jondo de las marismas de los arrozales de L'Albufera y El Palmar, las raíces del blues del Cabanyal, el folklore de la huerta, o la versatilidad de un Joan Monleón, tan ninguneado como poco valorado por la cátedra. No iba a permitir que ese olvido secular se llevara por delante a La Niña Aguja. Entonces, cuando ya llevaba más de 100 páginas escritas y el ensayo de la rumba valenciana tomaba cuerpo, le propuse a la Niña Aguja ser su representante. (continuará….)

  • Anónimo

    La Niña Aguja no dijo nada. Me miró alucinada y siguió esnifando pegamento. Al rato apareció su hermano, el Niño Palillo. El Niño Palillo ya andaba tras la mosca conmigo por culpa de mis impertinencias varias. Esta vez no me dio opción alguna. Directamente me reventó los morros. Hacía mucho calor y la sangre se me secó enseguida. Con una espátula y un poco de cebolla caramelizada me hice un bocata premium de sangre con cebolla. En el paseo, a esas horas, solía encontrarme con la señora ECCE HOMO. La llamábamos así porque era igualica igualica que doña Cecilia Giménez, la restauradora de Borja. La señora Ecce Homo vivía un melodrama permanente. Tenía cara de pésame. Al verme chorrifrito y ensangrentado me ofreció un pañuelo. Menuda fiesta. En el pañuelo había babas, mocos y un resto de carmín. Gracias, mascullé. Era media tarde y la niña Aguja estaba a punto de empezar a cantar. En una mano llevaba la bolsa de pegamento y en la otra una armónica. Estaba pálida, casi transparente y en sus venas azules se podían leer los nombre de los jinetes que concursaban en el campeonato de hípica modalidad jaco, que dio entrada a una actuación memorable: llevo por mis venas un caballo galopando, corre por mi sangre, una aguja lo va guiando, caballo maldito, tú me estás matando, tengo que dejarte y cada vez vuelo más alto…"

    viejo Casale

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