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LA PLAYA LIBRE














Hubo una vez un tipo que me robó el título de un blog. Nunca se lo he perdonado pese a que le leo con fruición a diario. Cuando yo buscaba título para darle un tiro al pasado de Tierralibertad y venirme unos años a la playa, Jose María Albert de Paco, abrió su Rumba de la Playa Libre. Nunca he conocido mejor título para un cuaderno de bitácora. Al poco, fue la paciencia, la prudencia y la diligencia de Verónica Puertollano la que aquietó mis dudas: «Bueno, a mí Los días de la playa me gusta para un blog». Y uno, por mucho que se empeñe, no es más que lo que las mujeres que le rodean quieren que sea. Absolutamente. Fabulosamente.






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El día se ha nublado. Ayer por la tarde estuvimos contemplando el mar como hipnotizados un buen rato, cervecita en mano. Había unas olas preciosas. Son los días más esplendorosos de esta playa que no se quita el gris del cuerpo. Las olas llegaban vigorosas a unos cincuenta metros de la orilla y allí rompían dejando ver un intensísimo verde  en su vientre y una gran corona de perlas glaucas. Era una epifanía de aullidos en movimiento. 
Cada una de esas olas es un proyecto de vida. Uno tiene muchas, innumerables olas dentro.  Uno lleva muchos proyectos consigo. Lo importante de esta fase de la vida es saber con qué personas puedes compartir esos proyectos. Me basta con saber que contigo puedo contar diez minutos al día sí sé que son ciertos. Sé que hay personas con las que cuento a tiempo completo. Pero lo que no soporto es que una ola no llegue a la playa porque lo impida alguien en quién confío.

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