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LA PUERTA CERRADA (Hoy en La Nueva España)

La puerta cerrada

El aislamiento, la creación artística y la exacerbación del egocentrismo de los escritores

El escritor Juan Tallón (Ourense, 1975) ha publicado su cuarta novela. Se titula «Salvaje Oeste». Es una novela excelente. En ella, Tallón da cuenta de forma minuciosa, prolija y obsesiva de los mecanismos que usa el poder para perpetuarse y de las conductas que mantuvieron los poderosos banqueros, políticos y periodistas que manejaron prácticamente a su antojo la sociedad española durante los años previos a la crisis económica. El resultado es un libro divertido y ameno, producto de la facilidad con la que el autor maneja el humor y sobre todo, la ironía. Esa reposada ironía que me parece un rasgo de carácter más anclado en muchos escritores gallegos que la muy nombrada «morriña», como si el constante lagrimeo del morriñoso se hubiese transformado con el paso del tiempo en un rasgo habitual en la expresión oral o escrita de las emociones. Juan Tallón, y es lo importante, firma con «Salvaje Oeste» un excelente trabajo. 

Pero a mí me sucede como a Glòria, esposa del escritor y crítico literario Ponç Puigdevall, que en la dedicatoria de su hermosísima novela «Il-lusions elementals», la increíble historia de un homeless catalán en Gijón, cuenta que a ella «le gustan más los hechos que las introspecciones». Yo estoy con la Glòria. Por eso del «Salvaje Oeste» de Juan Tallón me quedo con una frase. Concretamente con la última frase del libro. Porque me parece que da cuenta exacta de la «cara B» de una novela, de la cara oculta de la vida de un escritor, tan amena, disoluta y dicharachera a ojos de la mayoría de la gente y tan apagada y solitaria en la realidad. El escritor Tallón finaliza el libro dedicándoselo a su mujer y a su pequeña hija «por sobrellevar tantos días la puerta cerrada». A mí, que no conozco a Marta ni a Helena (con hache) más que de los comentarios felices y divertidos del autor, me parece una frase muy afortunada. Una frase tan sencilla que, como diría Borges, «camina en belleza, como la noche». La puerta cerrada. Sobrellevar una puerta cerrada. Es raro que los escritores sepan dar cuenta de este hecho. La mayoría llevan a gala «el placer de la soledad» como un rasgo fundamental y definitorio de su carácter. Y me viene a la mente esa terrible frase de Nietszche, tan enfermo como lúcido, que tanto le gusta a Andrés Trapiello: «Nosotros, los solitarios?». O la boutade de Sergio Pàmies cuando afirma que hay que elegir entre «escribir y vivir». O la desmesura con la que Antonio Muñoz Molina alaba el silencio y el aislamiento en el que trabaja en no se qué recoleta celda monacal lisboeta que le permite casi levitar de placer. 

Lo que Juan Tallón escribe sobre esa puerta cerrada es que la soledad y el aislamiento son absolutamente necesarios para la creación artística. En esas breves líneas también se dice que escribir, como trabajar, cansa. Y cansa mucho y muchas veces es muy duro y muy aburrido. Pero tras esa puerta cerrada no respira un hombre que se amputa la vida familiar ni social ni se vanagloria de su tendencia al solipsismo. Tras esa puerta cerrada hay un tipo que lo pasa mal porque escribir no es un oficio burocrático, rutinario y no sabe cuándo podrá salir otra vez a la vida. 

No creo que la tendencia al autismo o a la desconexión social sea un requisito indispensable para ser un buen escritor. Todo lo contrario. Salvo raras excepciones, los eremitas, suelo desconfiar de quienes hacen gala de dichas características. Porque nadie hay más ególatra que alguien que piensa que puede manejarse solo en la vida, que puede prescindir de los demás. La creación artística no contrarresta el egocentrismo. Al contrario, lo exacerba. La escritura es una gran cantera de vanidosos y de soberbios que, casualmente, no suelen ser los que hablan más alto y claro en las entrevistas. El oficio de escribir es un trabajo duro, extremadamente exigente a nivel mental en muchos momentos. El escritor, aparte de su trabajo, debe luchar de forma continua contra ese monstruo que se llama «vanidad». El día que un creador pierda la humildad habrá cavado su fosa. Ese día ya será incapaz de apreciar que escribir es, antes que nada, una puerta cerrada.

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