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LOS QUE CRUZAN LA PLAYA Y EL MAR

Otro día que amanece nublado, fresco y gris marengo. Se agradece este otoño en el verano. La marea está alta y un carguero se prepara para entrar a puerto. El nordeste sopla con fuerza, ruboriza las mejillas de los paseantes y trae con él algunas gotas de lluvia. La Luna ya ha puesto las luces que anuncian que pronto empezarán a servir los desayunos.

Vivir en Asturias es tener siempre el clima dentro. Y desde luego, para trabajar, no hay mejor clima que este. El sol, el calor, están sobrevalorados. Pero vamos a ello, junto al «silencio que sufre la serpiente prisionera de grillos y de umbrías».






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Ayer apareció muerto Miguel Blesa, el «Banquero de Aznar». 
Lo encontró un guardés caído junto a su coche entre sus escopetas de caza. El diario El País hace hoy una reconstrucción de los hechos. Eso sí, no aporta pruebas concluyentes para diferenciar que la muerte de Blesa  fue un suicidio y no fue un accidente. Bueno, sí. «Oye, el teléfono de mi mujer  por si hay que llamarla ¿lo tenéis?» prueba decisiva, claro. Prueba concluyente, taxativa que indica que la cabeza de Blesa era ya a las 7,30 de la mañana un hervidero de ideas de muerte. El ABC, que tenía un enviado especial en el lóbulo prefrontal de Blesa, titula que «Lo preparó todo de forma fría y calculada». Por la noche en una cadena de tele, un guardia civil mandaba guasaps con su opinión sobre los hechos. Con la Benemérita presente, todo en orden. Eso sí, todos se sitúan por encima del Juzgado que instruye el caso y que es el único que puede dar ciertas informaciones.

¡Cuánta mierda! ¡Cuánta escuela inútil!¡Cuánta confidencialidad violada! Y sobre todo, ¡que deterioro tan terrible se traduce del funcionamiento de la Justicia!, que es el pilar básico que sostiene la igualdad en las sociedades modernas, que son las que nacieron de la Revolución Francesa, no de la rusa. Algunos aún no se han enterado. 

A media tarde el periodista y escritor Espada firma una breves líneas  sobre la vergüenza que ha pasado viendo el manejo mediático del caso. Y concluye, añorándose como un ternero: «Nunca hubo más necesidad de periódicos». Chema Ledo, apostilla: «Y de papel, por favor». Y como le digo a Arcadi, la crisis de periodismo es la crisis de la psiquiatría. Ahí está a las 11 de la noche en una tele pública una señorita especialista explicándole al país morboso y boquiabierto que a Blesa no le pasaba nada especialmente grave, que no había en él una tristeza especial, que hacía lo que todos hacían, y que así iba viviendo. Lo que no sabe esta señora es si su existencia le era o no ya una carga necesaria.
Pero no importa. Aquí ya no hay vergüenza por nada.


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Hace un par de años el director de un medio de comunicación de ámbito nacional me planteó una pregunta para hacer un reportaje al respecto.
Cuando comenzó la crisis en España, hace 10 años,  aparecieron todo tipo de escándalos ya conocidos. Corrupción en Palma, en Madrid, en Marbella, en las cajas de ahorro, en Cataluña, en Valencia, en Andalucía, etc. No hubo casi ninguna CCAA sin su marea de corruptelas. Los nombres y apellidos de personajes famosos que pasaron a la cárcel superó con creces la centena. 
El periodista que me hablaba había vivido la gran crisis de corrupción política y económica italiana, la que acabó denominándose «Caso Tangentópoli» y que provocó la caída de gente como Andreotti o Bettino Craxi entre otros.
Decía mi contertulio: desde que se iniciaron las investigaciones en Tangentópoli con la detención del socialista Mario Chiesa, en 1992, hasta que finalizó el juicio, rondando el año 2000, se suicidaron 32 acusados. Muchos de ellos en prisión, esperando la condena. Se extrañaba el compañero de que en España, pese a la gravedad de los delitos, nadie se diera muerte por su propia mano, como si en España no hubiera lugar para la vergüenza. Y me preguntaba cuál sería la  causa de esta diferencia. La pregunta era retadora. Al fin y al cabo, uno se hizo psiquiatra sobre todo para poder dar cuenta de estas cosas y no para subir o bajar gotas de un psicofármaco, que también es importante. Me interesó tanto que llevo dos años recopilando testimonios e información al respecto y ya hay un artículo dando cuenta de todo lo que he podido llegar a saber. Pero ya adelanto que la presión mediática y social de la que hablan los medios italianos como causa principal de los suicidios de los procesados, ese cuento vago, como el del estrés crónico y el cáncer,  no es más que un coadyuvante en algunos casos. 








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