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Mou antes de caer

Se acabó el sueño del Décima pese al gran partido que el Madrid hizo anoche en el Bernabéu. Hubiese sido un partidazo aunque hubiese terminado 0-0 porque hubo ocasiones, hubo equipo y por una vez, en algunos momentos, hubo afición. El resultado de esta temporada del Madrid de Mou puede quedar reducido a la Copa del Rey. Cierto que el fútbol del equipo es mejorable. Cierto que el genio de Mou le hace a veces poco agradable. Pero la campaña en Europa ha sido buena y la Liga, salvo los desastres de Andalucía, ha sido testigo del sometimiento del máximo rival en los duelos cara a cara. Mou se irá pero deja un equipo sólido, solvente y respetado. Deja al mejor Barsa de la historia superado en casi todos los aspectos y listo para iniciar su particular viaje a los infiernos. Pero tal vez la mejor herencia de Mou tenga que ver con haber puesto negro sobre blanco ciertos mantras sociales poco cuestionados. El periodismo deportivo no volverá a ser el mismo después de Mou. No puede volver a serlo. Han dicho tantas mentiras y han tenido que descubrirse tanto para frenar al portugués que han acabado exhibiendo sus peores vergüenzas. Mención especial para Diego Torres y Michael Robinson. Lo de Torres hoy con Sergio Ramos es para enmarcarlo. Cuando se confunde el mundo subjetivo con el objetivo o se viene la psicosis o se pierde la inteligencia. Eludo opinar sobre el tan cacareado fair play de «Doña Croqueta». Han sido tantos sus desprecios que ya preferimos escuchar el fútbol del Plus por la radio como hacíamos en la época de Induráin con la voz de Javier Ares. Las aguas han llegado tan alto que hemos visto como ciertos grupos de comunicación nacionales abiertamente iberistas y lusófilos han acabado tachando de incierta la acusación de Mou de que en España se desprecia a los portugueses. Cuando a casi nadie un poco sincero se le escapa que en el imaginario popular hispano, antes de Mou y de Cristiano, siempre han sido los penúltimos monos. Justo delante de los gitanos. Y eso que el primer mandamiento contra el racismo obliga a no negarlo. Pues hasta ahí han llegado.

6 Comentarios

  • Ártabro

    En España se desprecia a los portugueses. En Francia, Inglaterra, Alemania, etc. se desprecia a los españoles, a los turcos y también a los italianos. La principal condición del despreciado es ser pobre y, sobre todo, “estar aquí”. La principal condición del despreciador es ser rico o creérselo. Esta regla, como las demás, tiene excepciones, la primera y principal: los ricos están exentos de desprecio, los ricos pueden ser españoles, portugueses, gitanos, ladrones, proxenetas o tesoreros. Pero nunca son despreciados. Esos portugueses despreciados son obreros de la construcción, pescadores y de otras profesiones nada “liberales”. La primera condición de Mourinho, Cristiano, Iniesta o Botín no es ser portugueses o españoles, su primera condición es ser respetables millonarios, aquí y en Pekín. Así que menos lobos Caperucita.

  • Cat

    ¿Mourinho? ¡Va! Mucho ruido y pocas nueces. Será que uno esperaba (y sigo haciéndolo) ver jugar al Madrid como lo han hecho los alemanes.
    Aprendan Florentino y Mou, aprendan. Hechos.
    El “sacabó” vino del Noreste y no del Oeste.

  • Anónimo

    De Mourinhho cabe preguntarse lo de aquel cuplé: ¿de dónde saca pa tanto como destaca? Es el tipo más fatuo que uno pueda tropezarse: cuando habla parece que va a hacer unas reflexiones trascendentales y la montaña acaba pariendo un ratoncillo en forma de nadería cuando no de resentimiento. Lo que no se le puede negar es su gran capacidad para embaucar a grandes embaucadores en el mundo de los negocios (Moratti, Abramovich, Pérez) pero perfectos "parvenus" en el mundo del fútbol donde se comportan como nuestros indianos que querían comprarse el coche más grande que "haiga". Y él ha tenido la habilidad de convertirse en "haiga" y de conseguir que le compraran unos cuantos "haigas" futbolistas con los que ha tirado para adelante a trompicones: ni su Chelsea ni su Inter ni su Madrid pasarán a la historia del fútbol por sus innovaciones tácticas, y mucho menos por lo subyugante de su juego. Acabará en el limbo del tropel de entrenadores resultadistas. Eso sí, embolsándose un pastizal.

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