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PLAYA QUEMADA

Un año más hemos vuelto a la isla. He olvidado el número de veranos disfrutados entre estos volcanes, en estas playas, bajo este sol que ajusticia los días y enfría las noches. Ahora no hace un calor excesivo y los alisios soplan con más fuerza de lo habitual.  Por eso no resulta fácil bañarse ni tomar el sol. Pero ¡benditos alisios! ¿Qué sería de esta tierra sin ellos? Son el ventilador perpetuo, la bala de oxígeno que nunca se acaba, la escafandra que da vida a la mariposa que vive en el alma de esta tierra.

La isla está a tope de visitantes. Pero quedan lugares para la calma. Solo en el centro de la isla, a tiro de piedra de Puerto del Carmen, llena de británicos prelúpicos que caminan como zombies bajo la solana, está Playa Quemada, uno de los rincones de la isla que se libró de la especulación urbanística, según cuentan las almas blancas. Playa Quemada le gustaba mucho a Saramago que la visitaba con frecuencia. Es una playa sencilla, de un kilómetro e longitud, con tres o cuatro bochinches que dan un excelente trato y un pescado fresco, recién traído de la pequeña bahía que se forma en el extremo sur de la playa. Pero ahora, para mí, el principal atractivo de Playa Quemada es su aislamiento. Es la posibilidad de ver anochecer a solas una mar océanica, en calma, sentado en la arena justo hasta donde llega el tímido oleaje, con los pies colgando. Porque esta vez uno ha venido a la isla a olvidar o a tratar de encontrarse. Y de estos temas sabe esta tierra calcinada en la que descanso mientras veo como las nubes poco a poco van ocultando una luna azulada que ilumina el arenal y el agua donde flotan tranquilas media docena de chalanas. Sin que me de cuenta me va dominando el sueño….






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Los periódicos del día. Cada día más nauseabundos. Y los locales, carecen absolutamente de escrúpulos. Entre suicidios diversos, asoman las declaraciones de Irene Montero acerca de la igualdad de género y la esclavitud el amor romántico, una vez liquidado por la vía del «me sale del ch..» el debate sobre los vasijas (perdón, vientres) de alquiler. Llegan los comentarios de la periodista Anabel Díez que poco más o menos la compara con Agustina de Aragón. Aquí hay más pelo que cabeza. Cierro el periódico y en la contraportada está la solución: JJ Millás y ¡el pepino! donde cuenta que hay miles de cadáveres a la deriva, entre islas de bolsas de plástico supongo, pero que Occidente sigue indiferente. Siguen escribiendo lo mismo que hace 15 años cuando apareció el cadáver del pobre subsahariano ahogado en Atlanterra. Son unos genios.  Pero resulta que los periodistas cansados son los otros. Los que se repiten dando vueltas a lo mismo, como una almazara.



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Desde ayer circulan por la redes sociales listados con varios nombres de acusados, imputados, sospechosos o condenados por delitos de corrupción que han fallecido en circunstancias extrañas o con muertes naturales anticipadas o se han suicidado. Dichos memes llegan entre una gozosa algarabía de los remitentes que ven así cumplido su deseo de justicia con los corruptos que-nos-han-llevado-a-donde-estamos.
A mí esto me produce una notable dispepsia y un aceleramiento del tránsito intestinal. Me sorprende que quienes acusan a los tejanos de malas bestias por mantener la «pena de muerte» activa no encuentren mayor problema en alegrarse del suicidio de un hombre imputado en un caso muy feo pero aún sin sentencia. No es esta la Justicia que queremos. La Justicia que ha de servir de base a la convivencia entre los españoles ha de preocuparse de que los condenados cumplan su pena en las cárceles. Como dice mi colega Mercedes Navío, «en España confundimos justicia con ajusticiamiento». Pues va siendo hora de corregirnos.

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