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PROUST EN EL OLIVAR DE SARAMAGO (Hoy en La Nueva España)

Hace unos meses la editorial Herder publicó un libro sobre la relación entre la creatividad y la locura. O sea, sobre los llamados «locos geniales». El libro se titula «Creatividad y estados psicóticos en personas excepcionales» y lo firma el psicoanalista jungiano Murray Jackson pero lo edita otra psicoanalista, Jeanne Magagna. 

El libro intenta, como han hecho ya otros muchos desde el psicoanálisis, realzar el papel que tienen las experiencias emocionales en los procesos creativos y se centra en los estados psicóticos tratando de describir como estimulan y obstaculizan la creatividad. 
Poco de esto es nuevo. Circulan por ahí con inusitado frenesí listados de suicidas «fascinantes» y de presuntas locuras que por puramente idiotas o rupturistas se presentan como geniales, caso de Leonora Carrington. El último aullido en nuestro medio es la reivindicación del poeta Leopoldo María Panero como símbolo de «genio marginado» por su posicionamiento antisistema, cuando se duda de que, al menos, fuese un enfermo. Todo esto se hace apoyado en una notable insuficiencia de hechos sobre los que cimentar esas afirmaciones. Es un defecto recurrente del psicoanálisis desde hace ya demasiados años: querer convertir lo que es una herramienta exploratoria de cierto valor terapéutico en un sistema capaz de dar una explicación integral del ser humano. Algo casi tan desesperante como su irreversible tendencia a explicar lo psíquico sin plantearse que existen fenómenos nerviosos subyacentes. Si algo ha descubierto la psiquiatría en el último siglo es que la enfermedad mental no se resuelve en su comprensión psicológica. Pero como si nada? Lo duro de este negociado de los trastornos psiquiátricos es que es difícil demostrar que algo es cierto pero también es difícil demostrar que es totalmente falso: y es que las mentiras más robustas siempre crecen sobre una brizna de realidad. Y a ver quién cuestiona ahora a este empresariado de tantas escuelas tan enfrentadas entre ellas que resulta desazonante para el observador sensato. 
El libro de Murray Jackson se centra en la obra de cuatro personajes interesantes y sobre ellos vierte sus análisis: John Forbes Nash, Nijinsky, Van Gogh y, es novedad en el gremio, José Saramago. Leído el libro es de agradecer que se centre solo en cuatro. 
Yo apenas sé nada de Nijinski. De Van Gogh sé algo más y prefiero no releer lo que sostiene Jackson. 
Me irrita mucho el planteamiento que hace con J.F. Nash, a quién sí llegué a conocer de forma suficiente para contradecir lo que se dice de él en este texto: se dan explicaciones sobre el sufrimiento de este enfermo que me provocan una indignación considerable. No se puede dejar ni un segundo juntos al cine, al psicoanálisis y a una biógrafa tan avispada como propensa al sesgo interesado de los hechos. 
Pero la sorpresa del trabajo de Jackson es el análisis de dos libros de José Saramago: «Las pequeñas memorias» y su «Ensayo sobre la ceguera». La reflexión que Jackson hace sobre el «Ensayo sobre la ceguera» parte de la base que es el libro en el que Saramago vuelca todos sus traumas infantiles, esos de los que tanto se burlaba Francisco Umbral cuando decía que a él una tía suya le había enseñado de pequeño las tetas y no le había pasado nada? Ignoro de donde saca Jackson esta conclusión pero el análisis que hace del libro en sí, se mueve entre el esperpento, la impiedad y el espanto. Yo he tenido serias dudas sobre la competencia ideológica de Saramago a raíz de ciertas afirmaciones hechas durante años tras la caída del Muro de Berlín y el afloramiento del desastre del «Homo Sovieticus» provocado por el comunismo. Este José Saramago, que aún soñaba que la caída del Muro sería flor de un día, está fielmente retratado en alguno de los diarios de Andrés Trapiello y tiene, prefiero pensar así, poco que ver con el que se muestra en la entrevista que Juan Cruz le hace para cerrar «Las pequeñas memorias» y en muchos otros textos. 
«Las pequeñas memorias» es un buen libro. No voy a decir que es un libro valiente. Saramago no es Gunther Grass confesando su pertenencia a las SS. Pero sí que es un libro atrevido. 
Saramago era un buen traductor del francés y buen conocedor de la obra de Proust, que, es bien sabido, repitió una y mil veces que el artista siente la obligación de crear «para recapturar emocional e intelectualmente el tiempo perdido.». En «Las pequeñas memorias» aparece un Saramago tranquilo, relajado, emocionado y anegado por el poder catártico y movilizador de los recuerdos. Hay pasajes realmente bellos. Pero yo me quedo con dos momentos, con dos vivencias que son de las que pienso que pueden moldear la personalidad de un menor en cierto grado: la primera, la vejación de que Saramago fue objeto cuando tenía tres años por otros chiquillos del pueblo que lo sujetaron entre varios y le introdujeron una alambre por la uretra hasta hacerle sangre entre pataleos y sufrimientos y gritos y sin recibir ayuda de nadie. Me parece una secuencia tan horrible como desazonante. Y me sorprende su lugar un tanto secundario en el relato. 
Y luego, la segunda, la secuencia final del libro, en la que un Saramago con 16 años sorprende a una pareja de su pueblo haciendo el amor en los olivares del pueblo. Al verle, la pareja se levanta rápidamente, se recomponen la ropa, la mujer se va corriendo entre los olivos y el hombre se acerca a José, se sienta a su lado y le dice: «Mujer aseada». Y sigue Saramago «El hombre encendió un cigarro, soltó dos vaharadas y se despidió: «Adiós». Y yo le dije «Adiós». La mujer había desaparecido del todo.». Así pues, en uno de sus últimos escritos José Saramago cuenta como supo algo que explica muy bien Italo Calvino en «Los amores difíciles»: que toda experiencia indecible, por muy hermosa o triste que sea, se pierde enseguida. Así, siguió escribiendo.

30 Comentarios

  • Anónimo

    Fluctuoso Rayitas era adicto a los bolígrafos Bic. La melodía de su móvil era la música del anuncio de Bic y su hijo se llamaba Bic Cristal. Vino a Valencia por eso, por el Bic naranja. Cada dos días me compraba una caja de bolígrafos Bic. Durante semanas pensé que los revendía por ahí, así que un día me envalentoné y le hice la pregunta. Perdone don Fluctuoso, ¿cómo es que compra tantos bolígrafos Bic?. Entonces, don Fluctu, que era como le conocían en el barrio, me dijo: mirá muchacho, (era argentino encima)yo me paso el día cocinando ideas en mi cabeza. Con cada idea que tengo hago una rayita en un papel. Y mientas lo decía, le llamaron por teléfono. "Bic, bic, bic, bic, dos escrituras a elegir. Bic naranja escribe fino, bic cristal escribe normal". Era su mujer. Otra que tal. Se llamaba Goma de borrar Milan y era adicta a los tachones.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Más que putas, las gemelas Viteri eran reputas. Su madre tenía un bar en la calle Sotileza y su padre era golondrinero en el puerto pesquero de Santander. Al poco de nacer las gemelas, el padre se echó a la bebida. Andaba todo el tiempo por los bares del puerto del revés. Un poco más arriba, en la mítica cuesta de Sotileza, la decadencia tomaba cuerpo entre párrafos de José María de Pineda. A las gemelas Viteri vivir en la calle que daba pie a la gran novela de Santander les importaba un bledo. Lo suyo era codearse con los piltrafillas de la calle Limón, aprender el oficio de puta en los billares, esnifar el musguito verde que crecía entre los adoquines del viejo Santander.

    viejo Casale

  • Anónimo

    A los 21 años y medio las gemela Viteri ganaron un concurso cuyo premio era pasar un fin de semana en la ruta del bakalao. Ni se lo pensaron. Huyeron de la calle Sotileza y del antro legañoso de la calle Limón donde ya se la chupaban a dúo a viejos racinguistas con una mano delante y otra detrás, pero con una vocación firme y acentuada. Llegaron a Valencia un viernes por la tarde. Hacía tanto calor que lo primero que hicieron fue quitarse las bragas. El fin de semana lo pasaron entre arrozales, venga raya de farlopa, venga polla en la boca. Como era de esperar, perdieron el autobús de regreso a Santander. No les importó demasiado.

    viejo Casale

  • Anónimo

    En Valencia descubrieron que el vicio organizado podía ser un buen negocio. A través de un anuncio de prensa contactaron con Lalo Peñarol, uruguayo, mariquita fino, conocedor de los entresijos de la madrugada. Lalo Peñarol era un tipo peculiar. Había sido crupier, vendedor de coches, alfarero en Ibiza, paseador de perros en New York y aspirante a topo modelo de una firma de calzoncillos. Al final recaló en Valencia. Empezó a trabajar de camarero en Suso's, la discoteca de Barrachina y Jesus Saiz. Pronto demostró gran habilidad para los negocios. En un par de años ya tenía su agencia de chicas y chicos. Si lo veías de cerca se parecía un poco a Boris Izaguirre, pero sólo un poco. Era fanático de Peñarol. Por culpa del fútbol le conocí. Me lo presentó Bombita Sagasta, un uruguayo que se hizo del Valencia por Fernando Morena, en 1981. (continuará…)

    Viejo Casale

  • Anónimo

    Bombita Sagasta era pinche de cocina en un bar de la playa donde yo servía el pan. Estaba alojado en un cuartucho que daba al tranvía. Desde la ventana de su habitación se veía el panteón en ruinas de la playa de las Arenas antes de convertirse en hotel de lujo. Bombita lavaba, (es un decir), la ropa a mano y luego colgaba los gallumbos nicotinados en la terraza compartida. Desde la calle se veía todo. Era desolador. Tío, bombita, no seas tan gorrino. Pero a Bombita todo le daba risa. Son quemazos de plancha, decía el muy ladino. En el bar duró un par de meses. Tiempo suficiente para que me contara su historia de hincha de Peñarol. Una noche me lo encontré por ahí. Fue la noche en que conocí a las gemelas Viteri. Ya trabajaban para Lalo Peñarol, el mariquita fino.

    viejo Casale

  • Anónimo

    Era sábado noche, junio de 1998, en pleno mundial de Francia. Bombita vestía hawaiana y levis con sandalias de piel marrón. Le llamaban Bombita porque de niño se tiró a una piscina vacía al grito de BOOOMBAAA. La hostia fue descomunal. Se rompió las dos piernas y la muñeca de la mano diestra. Por eso soy diestro pero me hago las pajas con la izquierda, decía siempre. Jodido Bombita, era todo un personaje. (continuará…)

    Viejo Casale

  • Anónimo

    Esa noche, Bombita y yo recorrimos todos los garitos de Sant Bult. Te voy a llevar a un sitio que ni te imaginas, dijo Bombita. A eso de las 6 de la mañana entramos en el rellano de una casa que había en la calle En Gordo. En el entrseulo había una etiqueta de rotuladora Dymo, letras negras sobre fondo amarillo: El Alpiste. El alpiste era un bar clandestino, que sólo conocían 13 personas en la ciudad. Esas 13 personas, a su vez, sólo podían llevar a un acompañante. Una vez entrabas en la espiral del Alpiste, ya no volvías a ser el mismo.(continuará…)

    viejo Casale

  • Anónimo

    Al entrar en El Alpiste, vi por primera vez a una de las gemelas Viteri. En ese momento yo no sabía nada de ellas. Ni por asomo pude imaginar que esa golfa desnuda que me metió en la boca una pastilla tenía una hermana gemela igual de golfa o más. Con esta pastilla verás doble, dijo la muy pendón. A mi lado, Bombita reía. El Alpiste era un habitáculo pequeño, apenas el comedor de un piso de clase media. En el centro había una especie de pista de baile rodeada de 4 mesas pequeñas y redondas, con 3 sillas alrededor cada tablero. En una esquina había un mueble bar bastante anodino y junto al mueble una puerta que daba acceso a un reservado. Esa noche, en el Alpiste no había nadie salvo Lalo Peñarol y las gemelas Viteri. De la existencia de las gemelas aún tardé un poco en saber.

  • Anónimo

    Te presento al panata, dijo Bombita a Lalo Peñarol. Lalo Peñarol era Boris Izaguirre con melena. Encantado Panata, esta es tu casa. La gemela Viteri, en pelotas, nos sirvió unas copas. Te gusta eh?, preguntó Lalo. En ese momento empecé a ver doble tal y como me había prometido la golfa en la puerta. Había cuatro tetas, dos melenas castañas, cuatro ojos del color de la pólvora y dos vellos púbicos, uno azul y otro rojo. Pensé que la pastilla era un último grito en drogas sintéticas. Entonces empezó la danza. Viteri, la del coño azul, me sacó a la pista de baile y empezó a quitarme la ropa. Yo veía cuatro tetas, pero sólo tenía dos manos.

  • Anónimo

    Bombita y Peñarol se meaban de la risa. Oía sus carcajadas pero yo no acertaba a enfocar con pericia quién era quién. En los espejos rebotaban imágenes, destellos, las tetas multiplicadas de las hermanas Viteri antes de saber que eran dos y no una. Todo daba vueltas. Recuerdo la canción que sonaba, Big Area de Then Jerico. Viteri coño rojo me metió la lengua en la oreja. Y oí como decía, la cornada tiene dos trayectorias, la cornada tiene dos trayectorias, la cornada tiene dos trayectorias. Las Viteri se movían con sensualidad cántabra, como si hubieran leído por anticipado el ensayo de Gregorio Morán, el cura y los mandarines. Bombita y Peñarol se meaban de la risa. Para no perder el hilo intentaba traducirme del inglés la letra de la canción que sonaba: me tomó por sorpresa, fui destrozado por tus ojos….en este gran espacio mío nunca hubo nadie como yo que pudiera entender las razones del porque…"

  • Anónimo

    En un momento dado, Bombita se levantó y vino a nosotros. Vi su enorme polla de hincha del Peñarol en la oreja de Viteri coño azul. Esta, algo soliviantada, le dijo, bruto, me das a dejar sorda. Entonces, Bombita redobló su énfasis y dijo bien alto: acaso te has quedado muda cuando te la has metido en la boca. Peñarol, roto de la risa, se movía con ademanes de farlogay ilustrado. Fue entonces cuando a duras penas descubrí que no era una chica sino dos. La sugestión de la pastilla era irreal, un placebo y una trampa. Viteri coño rojo me cogió de la mano y me llevó con ella al reservado. En la pared había un poster del Racing de Santander con Sañudo de capitán y Maguregui de entrenador. Aquello me pareció mucho más surrealista que todo lo demás. ¿y eso? pregunté. Mi hermana y yo somos del Racing chaval. Y sin venir a cuento me hizo una mamada. La mejor mamada de mi vida. (Fin)

  • Anónimo

    Ojeroso Montalbán se hizo rico exterminando hormigas. Su método era infalible, una mezcla de canela y perejil que ponía en las juntas conflictivas. Su empresa se llamaba Piel Canela. Casi nadie lo sabía, pero era un homenaje a Paquirrín. De niño, Ojeroso Montalbán había querido ser torero. De hecho, llegó a participar en alguna capea con Paquirri. La empresa de Ojeroso funcionaba con pocos gastos. La canela la sacaba de su perro, Canelo y el perejil lo conseguía gratis en las verdulerías de la ciudad. Seguridad social no pagaba. (continuará…)

    viejo Casale

  • Anónimo

    Al hijo de Ojeroso le llamaban el Culebro. Mientras su padre se hacía rico exterminando hormigas, él era aprendiz en una empresa de ascensores. Por su culpa se mató una familia entera el día de Nochebuena. Como al día siguiente no había periódico no se enteró nadie. No obstante, el jeje del Culebro llamó a Ojeroso y le dijo la que había montado su hijo. Fue entonces cuando Ojeroso vio una nueva oportunidad de negocio: los asesinatos en festivos. (continuará…)

    viejo Casale

  • Anónimo

    Asesinar en festivos fue durante algunos años una moda muy lucrativa. Después, con el internet y todo eso, la cosa se fue a pique. Hubo alguna franquicia interesada en exportar el negocio, pero la edad de oro ya había pasado. Ojeroso y su hijo el Culebro crearon escuela. El machaca era uno al que llamaban el Esnagel. Pobre muchacho. A los 10 años quería ser guardia civil y a los 13 y medio se dejó bigotito con la pelusilla adolescente. El Esnagel iba siempre muy repeinado, con pantalones cortos y mocasines. Pinta de picolo no tenía, la verdad. Cuando fue al examen físico se dio una hostia monumental saltando el potro. Perdió un huevo. No aprobó. Quedarse fuera de la Benemérita y haber perdido un huevo le dejaron secuelas psíquicas importantes. A los 20 años y medio ya era alcohólico. Fue entonces cuando conoció al Culebro.

  • Anónimo

    El Culebro y el Esnagel se hicieron amigos en el bar de Manolo el del bombo. No diré que fue un flechazo, pero casi. Se reconocieron entre la multitud. El Esnagel estaba preparando una oposición para detectar piojos en la población infantil y el Culebro hacía bolos por las fallas con sus imitaciones. Memorable era la de Carlos Cano, el cantante granaino. Como tenía el pelo rizado y cara de pena, la bordaba. De hecho, gracias a esa imitación se plantó en la final de imitadores del distrito marítimo. Hubiera ganado, pero en última instancia lo echó a perder por un exceso de teatralidad cómica. Se sacó un pañuelo y simuló que lloraba. Ese gesto le impidió ganar. No sabemos lo que hubiera sido de él en caso de haber ganado el concurso. Potencial tenía para haber sido un posible competidor de Carlos latre. Perder le empujó al mundo sórdido de los ascensores, el hampa, la muerte a cobro revertido.

  • Anónimo

    El concurso lo ganó Pino, el imitador de Frank Sinatra. Hay actuaciones suyas en youtube, por si alguien duda de la veracidad de mi relato. Pino, Black Note, Frank Sinatra. A Pino le llamaban Pino porque de niño estaba fascinado con Pino D'angio, el cantante italiano. Pino, ojos azules, tez lechosa y pachorra infinita, vivía en la calle Angosta del Sagrario, detrás de la tasca Angel. Su hermana trabajaba en la óptica de la calle Derechos. El gran momento de Pino fue cuando una tarde se hizo pasar por inspector de policía en la calle Viana. Quería farlopa y pensó que esa era la manera más rápida de conseguirla. Justo cuando había logrado su propósito de engañar al camellete de turno, un colega del barrio le sorprendió en plena perfomance. La placa simulada rodó por los suelos y Pino salió cagando leches hasta el Mercado Central.

  • Anónimo

    El huevo perdido del Esnagel en el plinto adquirió valor mítico. Se lo embalsamaron en una pequeña cajita tapizada, como si fuera la insignia de oro y brillantes del Racing de Santander. A veces lo llevaba encima para enseñarlo en el bar. Cuando bebía, cosa habitual, sacaba la cajita con el huevo dentro y empezaba a dialogar con él. Todos sus sueños de niño guardia civil estaban arrinconados en ese huevo extirpado. Para que no se sintiera tan solo, Ojeroso Montalbán se quitaba su ojo de cristal y le decía, va Esnagel, que no es para tanto. Mírame a mí con el ojo, que algunos cabrones me llaman el Canicas.

  • Anónimo

    La historia del ojo de cristal de Ojeroso Montalbán tampoco era moco de pavo. Ojeroso era su nombre de pila, con el que le bautizaron. A los 7 años y medio su madre, que no veía tres en un burro, le lavó la cara con Cristasol, el limpiacristales más limpio. El daño en uno de los ojos fue irreparable. Primero le pusieron un parche de esparadrapo y a posteriori le implantaron el ojo de cristal, fundamentalmente para que la madre pudiera lavarle la cara con Cristasol sin problemas. Lo del ojo de Cristal de Ojeroso Montalbán fue el gran acontecimiento del barrio. Durante semanas se organizaban visitas guiadas hasta su casa para que los vecinos pudieran verlo. La habilidad mercantil de Ojeroso se puso en marcha. A 5 pesetas la visita se forró. Aquello, lógicamente, despertó muchas envidias. Las malas lenguas empezaron a llamarle el Canicas.

  • Anónimo

    Lo que más le gustaba a Ojeroso era subirse en el autobús de línea que iba a las calles del centro. Como era bajito y el autobús siempre iba lleno tenía un método infalible para saber si quedaba algún asiento libre al final. Desde la cabina del conductor se sacaba el ojo de cristal de la cuenca con mucho esmero y lo elevaba por encima del resto de las cabezas para ver si había asientos libres. Por lo general siempre quedaba alguno. Hay que sacar de lo malo lo bueno, decía Ojeroso cuando se abría hueco en busca del asiento que sólo su ojo de cristal había detectado. Un día, con las aglomeraciones, alguien le dio un codazo, dicen que adrede, y el ojo de cristal salió rodando entre los pies y los juanetes de la tropa que llenaba el 81. El ojo de cristal, cansado de ser objeto de culto, aprovechó la coyuntura y se bajó en la parada de Facultades. Durante unas semanas anduvo malviviendo en las calles, hasta que al final decidió volver a casa de Ojeroso. Fue otro error. Ojeroso ya lo había sustituido por uno mucho más bonito, que además iluminaba en la oscuridad. El primer ojo de cristal acabó recluido, marginado, olvidado. Acabó de canica suplente en la liga escolar de canicas. La vida, ya se sabe.

  • Anónimo

    Esnagel respiró hondo. Encontró consuelo en las palabras de Ojeroso, pero no por mucho tiempo. ¿Qué puedo hacer con un huevo embalsamado? preguntó. Nada, no puedes hacer nada. Un huevo embalsamado es sólo un huevo embalsamado. Ahora bien, hay una asociación de huevones anónimos donde quizás te hagan hueco. Entonces, Ojeroso le dio el contacto a Esnagel. Este, revitalizado en sus convicciones más íntimas, se puso a la faena en cuanto tuvo ocasión.

  • Anónimo

    La asociación de Huevones anónimos se reunía todos los martes en el café L'Abadía, a la sombra del Micalet, en plena plaza de la Reina. La asociación la componían 7 huevones, cada uno de su padre y de su madre. Cada huevón debía contar su historia en cada reunión. Haciendo caso de los preceptos de Vila Matas en Mac y su contratiempo, la repetición era la clave de la sanación. Al principio, Esnagel no supo por donde empezar. Así que se limitó a escuchar las historias de los otros 7 huevones. Los 7 huevones eran: Toñín el portuario, El hijo del frutero, Chorrito el cartero, Pepito Salanova el aprendiz de Nino Bravo, Gorosito Sietepadres, Andresín Pancha y el cobrador del frac.

  • Anónimo

    No bastaba con decir que te faltaba un huevo. Había que constatarlo. El miembro más reciente debía palparle la huevera al aspirante para comprobar si era o no real su condición. Así las cosas, le correspondió al hijo del frutero tocarle los huevos al bueno de Esnagel. El problema del hijo del frutero es que también le faltaban las dos manos, así que tuvo que hacerlo con la boca. Quedaron a tal efecto en el hotel Inglés. La asociación corrió con los gastos. Esa misma noche, Esnagel, algo cohibido, se tumbó en la cama de la habitación 25. Por supuesto, al oír el número, todos los huevones saltaron como un resorte: Por el culo te la ahínco. Si, lo sé, muy manido. Pero ese y no otro era el nivel intelectual y cognitivo de los integrantes de Huevones Anónimos.(continuará…)

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