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RESENTIMIENTO ( hoy en La Nueva España)


Juan Cruz se despide de Twitter aludiendo al torrente de resentidos y mala gente que camina por la redes sociales. Pocos días antes lo había hecho Lorenzo Silva por los mismos motivos. Siguen el camino ya recorrido por varios intelectuales en los últimos tiempos hartos de recibir insultos y calumnias de quienes se escudan en el anonimato para maltratar al prójimo que no es de su agrado. 



El resentimiento. No me parece una decisión acertada irse de las redes sociales por estas causas. En todo caso, que pongan las correspondientes denuncias y que se busque a los responsables. Pero me sorprende que se vincule el resentimiento tan estrechamente con las redes sociales. Hace muchos años que el poeta Jorge Guillén escribió aquello que «en la vida solo hay amigos. El resto, es jungla». 



El resentimiento es uno de los motores de la vida social desde que tenemos noticia de ella. El resentimiento, que condensado y macerado acaba convirtiéndose en rencor, para hacer daño a aquella persona que consideramos la causa de nuestros males. Nietszche escribió largo y tendido sobre el tema en «Más allá del bien y del mal». También lo hizo Max Scheler. Y Sartre escribió la versión francesa del tema, a la que llamó con buen gusto «Mala fe». En los estudios que van apareciendo sobre las patologías psiquiátricas relacionadas con las nuevas tecnologías, el rencor, el resentimiento, ocupa un lugar preeminente. Aparece fomentado por esa tendencia tan difícil de controlar llamada «anonimografía» que arraiga en personalidades paranoides o sumamente inestables. Pero el resentimiento, el rencor, tan cercanos a la envidia, no son para nada exclusivos de los usuarios de las redes sociales. Es más, suelen ser más frecuentes en personas que viven solas o aisladas, personalidades con escasa capacidad para afirmarse en su individualidad y que buscan en el grupo o las organizaciones la fuerza para hacer daño a los presuntos responsables de sus males. 


No hay un solo radicalismo, y hablo de machismos, feminismos, nacionalismos, yihadismos y populismos varios, que no se construya sobre el resentimiento de sus integrantes. El poder coercitivo que los movimientos fuertemente identitarios ejercen desde lo «políticamente correcto» tiene en el rencor de estos majaderos su más fuerte sustento. 

No entiendo la sorpresa de quienes abandonan la arena pública ante algo tan cotidiano. Esta es quizás la mejor aportación de «Homo Lubitz», el libro de Ricardo Menéndez Salmón sobre la tragedia provocada por el piloto alemán Andreas Lübitz al estrellar un avión con 300 pasajeros en los Alpes. Se sorprende Menéndez Salmón de que ese acto haya sido calificado de «monstruoso» cuando, como todo lo inhumano, no deja de pertenecer a lo humano, a lo fiera y ciegamente humano. 



















Hace unos días conocí al periodista y poeta Manuel Alcántara. Ese día cumplía 90 años y en Málaga, el sol de enero ahuyentaba cualquier asomo de tristeza. Porque Alcántara no es un poeta melancólico sino luminoso y claro, como lo demuestra el maravilloso disco «Al cantar a Manuel» que Mayte Martín construyó sobre los versos más inmarchitables del maestro: «Le gustaban pocas cosas» o «No sabe el mar que es domingo» no son poemas, son escuelas de vida. 

El día que cumplía 90 años, mientras en compañía de Teo León-Gross saboreábamos una tierna sopa de cocido, Manuel Alcántara, pleno de lucidez, me explicó con voz trémula que si algo tenía que agradecer a la vida era el haber nacido libre de la capacidad de sentir resentimiento: » a mí la vida no me dio esa varita que le da a otros para que puedan hacer daño a quien quieran y cuando quieran. Y lo agradezco mucho. Pienso que ese es el secreto que ha sostenido mi día a día». El día que conocí a Manuel Alcántara supe por qué el poeta prefiere no pensar nunca en la muerte y que esta le llegue «el día menos pensado, ese en el que pienso siempre». El día que conocí a Manuel Alcántara recordé que, muchos años atrás, Albert Camus había escrito que «el sol argelino que iluminó mi infancia me privó de todo resentimiento». Y es que no hay mejor abono para el resentimiento, para el rencor, para la mala fe, para el maquiavelismo, que una infancia desdichada. Y que, para su desgracia, hay grandes y muy nombrados poetas de quienes nadie recuerda ni un solo verso.


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