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TOROS EN LA PLAYA



La playa al anochecer. La adoro. En estas largas, interminables tardes de verano septentrional mientras el gran Rafa Lahuerta escritura su vida suelo salir a correr un rato por el paseo y luego, hacia las diez de la noche cuando las sombras comienzan a poblar la arena y la bruma diluye la visibilidad aprovecho para darme un baño. Un baño, si es posible, totalmente desnudo tras una carrera larga es uno de los mejores antiinflamatorios y es vigorizante. El agua está helada pero me da igual. El goce, lo sabían los místicos, siempre va unido junto a un cierto dolor. 

Solo hay una cosa que me gustaría hacer en la playa y que nunca he he podido: torear desnudo. Como hacían los maletillas de la película «Tú solo» en los campos de Salamanca. Torear desnudos a la luz de la luna. Es algo  que nunca me ha sido posible. 





Me gustan los toros. Me encanta la figura del torero. Porque son puro arte, pura autenticidad. Y porque está muy lejos de la autoadulación del fariseo sobre su propia sinceridad, de los planteamientos vacuos y narcisistas de quienes se esconden tras el insulto y la manada. Porque como decía Marcel Proust, el arte es la escuela más sobria de vida y el verdadero juicio final. En el arte no caben las mentiras, no hay sitio para los cobardes.









3 Comentarios

  • Anónimo

    Querido Juanjo, mi vida no es esa. Aquí sólo meto bolas. Pero como soy un artista parece la verdad.

    Una verdad: hasta los 7 años quise ser torero. Me quitó la afición mi madre, a bofetones, después de entrar a matar. Me lancé contra la silla con un cuchillo jamonero y le dejé raja visible durante años. Ea una silla recién comprada.

    Rafa

  • Anónimo

    Lo que más me gustaba de los toros era ir a los toros. Luego, durante la corrida, sufría mucho. No por el toro, sino por el torero, y sobre todo por los banderilleros. Tenía fijación con ellos. Los veía muy expuestos. Casi siempre gorditos, propensos a la caída cómica, vulnerables al chascarrillo fácil de la tropa. Imaginaba a sus hijos, sufriendo en silencio la vocación del padre, a sabiendas de estar exponiéndose a diario por un plato de lentejas. Cada vez que un banderillero de la vieja escuela salía al ruedo me tapaba los ojos. Fue por ese sufrimiento que dejé de ir a la plaza. Cuando mataron a Manolo Montoliu yo estaba en Los Toneles, comiéndome un bocata de calamares. No debe ser casual tampoco que el compañero de habitación de mi padre en el Clínico fuera el gran Eliseo Capilla. Hablo de la primavera de 1990.Apenas se llevaron 15 días.

    Rafa

  • Anónimo

    Y luego está el tema ya célebre del autógrafo de Paquirri y mi encuentro con su hijo en Sevilla. Nunca he hecho el ridículo de una forma tan notoria.

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