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Un verano tenebroso

Se nos va yendo el verano como si no hubiese existido. Tal vez ha sido el verano mas breve que recuerdo. El que menos horas de sol ha tenido desde que tengo uso de razón. Quizás el del año 2002, el del año que los amigos Luis Vidal y Eugenia se mataron en accidente de tráfico camino de Galicia, también fuese igual de triste. O peor aún. Aquel aciago día, cuando me despedí de Luis en Parque Principado, horas antes de matarse, llovía a mares. Y luego no recuerdo que dejase de llover casi ningún día.
Ha sido un verano muy leve y salvo los días de Lanzarote, sobre todo las horas soñadas por Ignacio Aldecoa en La Graciosa, ha sido un verano artificial, irrelevante, sin sustancia alguna. Por decirlo todo y decirlo en plata, en realidad ha sido un verano triste y decepcionante. Sobre todo por la sensación de inevitabilidad, de atonía vital que se ha instalado en la gente. Por la sensación de hastío, de desidia, de insolvencia, de incompetencia que está asolando las relaciones humanas y laborales. La garlopa de la crisis se está llevando por delante la búsqueda de la excelencia, del trabajo bien hecho, ante la claudicación de la exigencia. Porque en España hace ya años que da lo mismo hache que ochenta. También ha sido el verano de los cobardes, de los que prefieren hibernar envueltos en sus cálidas crisálidas esperando tiempos mejores. De los que imaginan que serán felices en un mundo tan limitado, cutre y deslustrado como sus propios deseos y planteamientos vitales. Parece como si este verano solo lo hubiesen disfrutado los que tienen una buena cantidad de dinero o un buen sueldo estable. El Dinero ha vuelto a retomar el rumbo de la nave. Tanto tienes, tanto vales. Menos mal que hemos podido ver hasta en el agua La Gran Belleza y que Spike Jonze ha rehabilitado en HER el valor de la conversación como médula del deseo. Y menos mal que hace años que supimos que existen zíngaros felices. 





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 El caso Banca Catalana. La pública confesión de Jordi Pujol de sus corruptelas ha hecho emerger entre penas y olvido la figura de dos Fiscales Generales del Estado de los años 80: Burón Barba y Javier Moscoso, que sucumbieron ante las presiones de los gobiernos de Felipe González para proteger a Pujol. La figura de Burón Barba es de un relieve especial. Un hombre íntegro que no tuvo suerte en la vida profesional.  Se enfrentó a tres miuras tres. Y aunque volteado, salió, como dicen en La chaqueta metálica, vivo y entero. Aunque luego prefirió irse a su casa, por dignidad, antes de tiempo. Un episodio muy concreto de la vida de Burón Barba lo recoge Carlos Castilla en su Casa del Olivo, segundo tomo de memorias del psiquiatra cordobés. El pasaje que narra Castilla es demoledor: Burón jugándose el pellejo y Laín Entralgo jugando a las prendas, as always. Burón puso el primer recurso contra la sentencia del 23F por considerarla blanda. Burón puso un recurso contra los jueves Varón Cobos y Hermida por dejar un permiso al capo Bardellino del que nunca regresó. Burón fue el primero en plantear una querella contra Jordi Pujol y 22 colaboradores por el Caso Banco Catalana. 
Sin embargo las hemerotecas parecen haber borrado de la faz de la Tierra a ambos fiscales irredentos. Y se dedican a rehabilitar la figura de Jiménez Villarejo, el de Podemos,  que parece que anduvo por allí un tiempo. El tiempo suficiente para poder decir ahora que no hizo nada porque no le dejó el Gobierno de González. El tiempo justo para haber dimitido como sus compañeros. Pero él no lo hizo. Y me da que tragó el mochuelo.
Por cierto, el obituario de Burón Barba en El País, en 1995, firmado por un tal Bonifacio de La Cuadra dice que Burón perteneció a un grupo de juristas identificados con el PSOE que mantuvieron discrepancias con sus dirigentes «por un diferente modo de entender el derecho». Hay que leerlo para creerlo.






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