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UNA HORA MÁS CONTIGO ( hoy en La Nueva España)


Hablar con libertad de dramas en los que aflora la culpabilidad, como el suicidio, para superarlos

17.06.2018 | 02:46


Delphine De Vigan, una de las más brillantes escritoras francesas contemporáneas, escribió hace un año un buen libro titulado «Basada en hechos reales» donde plantea, entre otros dilemas sobre la función social de la literatura, la angustia que experimenta el escritor profesional cuando no le llegan las ideas, cuando se enfrenta al intenso e indescriptible vértigo que le produce observar la página en blanco. «Durante tres años no escribí ni una sola línea», confiesa la protagonista de la novela que tiene estrecha correspondencia en la realidad con la propia autora.

Yo no soy un escritor profesional, pero las palabras de De Vigan me han sonado tan próximas como si fueran mías, como si estuviera describiendo un parte de mi intimidad a la que ni siquiera yo tengo acceso. Porque llevo tres años intentando escribir sobre una película y un libro que me desbordaron por completo y hasta hoy no he podido hacerlo. La novela de De Vigan ha sido llevada al cine por Roman Polanski y está actualmente en cartelera. Tal vez haya sido verla en imágenes lo que me ha servido de palanca para poder escribir estas líneas sobre la película más hermosa que recuerdo haber visto en mucho tiempo: «Una hora más contigo» (Un’ora sola ti vorrei) dirigida por la realizadora italiana Alina Marazzi hace ya 16 años, en 2002, pero que descubrí hace tres años.

Alina Marazzi, nacida en Milán en 1964, es hija de Luisella Hoepli, hija a su vez del famoso editor milanés Ulrico Hoepli. Luisella, llamada Liseli, era una bellísima mujer que se suicidó en 1972, cuando Alina solo tenía 7 años de edad. Alina apenas supo nada sobre su madre durante su infancia y adolescencia. Y mucho menos sobre la causa de su muerte hasta que en el año 1992, a los 28 años de edad, mantuvo tuvo una larga conversación con su padre. Y conoció la dura y triste realidad que motivó la muerte de su madre. Ese mismo año, Alina se enteró que los escritos diarísticos de su madre, los informes médicos sobre la patología psiquiátrica que sufría, así como innumerables fotografías y recuerdos estaban en un baúl en el desván de su casa. Alina tardó 4 años en ver el material recopilado que daba cuenta de la breve vida de Liseli, de su carácter, de sus aficiones, de sus miedos. Fue en 1996, con 32 años de edad, que Alina Marazzi conoció a su madre y pudo llorar su muerte: «Hasta entonces las lágrimas estaban retenidas. Era como si al no saber el motivo de la muerte no hubiese razón para llorar». Aquel año, Alina Marazzi decidió hacer un documental que le permitiese reconstruir la vida de su madre y dar sentido a su relación con ella y a tantos años de silencio y ausencia. Usó el material filmado por su abuelo Ulrico entre 1926 y 1972, así como todo lo que halló en el famoso baúl de Liseli. Dividió la película en dos partes: en la primera, la propia Alina le escribe una carta imaginaria a su madre intercalada con imágenes de la vida familiar. En la segunda parte se comentan las cartas de su madre desde la clínica donde ingresaba, los informes médicos, los tratamientos, las recuperaciones, las recaídas. Todo ello desembocó en un brillantísimo documental que se tituló «Un’ora sola ti vorrei» (Una hora más contigo) , en recuerdo de una famosa canción italiana que popularizó, entre otros, Ornella Vanoni. La película se estrenó en el año 2002 y recibió numerosos premios en todos los festivales en los que concursó. En el año 2006, Alina publicó un libro (no traducido al castellano) con el mismo título, donde explica todo el proceso de rodaje de la película y muestra la documentación utilizada. Todo ello embellecido por reflexiones de la autora tan íntimas como generosas, sensibles y sobrias. 

Yo hablé por Skype con Alina Marazzi hace un par de meses para preguntarle algunas dudas que me surgieron tras las innumerables veces que he visto y leído su trabajo. Alina estaba en Nueva York. Es una mujer bella, parecida a su madre, con un leve rictus de tristeza en la mirada. Fue muy paciente y atenta. Contestó sin prisa todas mis preguntas, que fueron muchas e intensas. No le extrañó mi llamada. Me explicó que todos los meses sigue recibiendo invitaciones para comentar su película en alguna parte del mundo. Y eso que han pasado 16 años desde su estreno. Me explicó lo doloroso que le resultó el rodaje de la cinta, de ahí que tardase seis años en acabarlo. Y de que aún hoy, como diría Clarice Sterling, por las noches siguen balando sus corderos cuando recuerda las escasas imágenes propias que retiene de su madre. Pero sobre todo enfatizó que lo que peor llevaba era el no haber sabido la causa de la muerte mucho tiempo antes. Para Alina Marazzi, el tabú familiar tejido alrededor de la muerte de su madre solo sirvió para hacer el suceso más doloroso y traumático. Poco hemos avanzado en esto. La resonancia emocional y social de sucesos como el suicidio es enorme. Y si en estos eventos afloran culpabilidades, el resultado es el bloqueo porque la culpa, a fuer de injusta en la mayoría de estos casos, es muy paralizante. De ahí el enorme valor de la película y el libro de Alina Marazzi. Se trata de poder hablar con libertad de las alegrías pero también de los dramas. Se trata de no sepultar en el olvido ciertas ausencias de las que solo un proceso morboso suele ser responsable. Se trata de que, como escribe Sergio G. Ausina, el suicida no muera dos veces.

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