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Vivir al límite

Dudo. Dudo mucho. Como siempre. Pero ahora tal vez mas. O al menos, eso me parece. No sé si será verdad o no que el uso continuado de iphones, ipads y demás ferralla está acabando con nuestra capacidad de concentración, de organización y con la memoria. Es difícil saber si esto es así por el aparataje o por el paso de la edad o por ambas cosas. El caso es que cada día acumulo un mayor repertorio de distracciones y ensimismamientos de largo alcance acompañados muchas veces de automatismos verbales, como los que aparecen en los postraumatizados. Lo único que me consuela algo es que también, cada día, me siento mas acompañado en el deterioro porque miro a mi alrededor y veo a mucho pollo corriendo sin cabeza. Pero lo de esta mañana ha acabado por preocuparme seriamente porque afecta a un terreno al que hasta ahora no habían llegado los vaivenes de la memoria. Hoy, el olvido me ha fastidiado el ocio y eso sí que ya no lo soporto.

Hoy era la media maratón de Avilés. Me inscribí hace un par de semanas pese a que sigo con fuertes dolores en los abductores y a que no he podido entrenar en condiciones. Pero como ahora tengo de gurú de cabecera al gran Josef Ajram, que me está enseñando a vivir al límite, pues ayer me fui a por mi dorsal y a por mi pin para poder llegar hoy sin prisas de última hora. Cierto que anoche me encontraba muy cansado, no me dormía y que daba vueltas fantaseando con no presentarme. Pero al final me levanté y me preparé. Casi una hora y media tardé en desayunar, elegir ropa de calentamiento, ropa para correr, búsqueda de barritas energéticas y demás ritos del corredor de fondo. Y a las 10, 20 horas, con algo de galvana y ya con prisas en la espalda salgo en dirección al lugar de salida de la carrera, que empezaba a las 11 de la mañana. Voy tan pichi en mi cochecito leré buscando aparcamiento lo mas cerca posible del Quirinal porque hacía un tiempo de perros entre la lluvia y el viento.. Así que por intentar acercarme demasiado dan las 10, 45 en el reloj y sigo sin sitio para aparcar el coche entero. Al final, en la calle Dolores Medio encuentro un hueco. Eran las 10, 50 y con unas cuantas zancadas, pensé, me planto en la salida. Pensaba… entusiasmado, mientras iba repasando mentalmente todos los kilómetros de la tirada. Así que me quito el chandal, embolso el avituallamiento, y ya con uniforme de gala, cierro el coche y empiezo a correr en dirección a la línea de meta. Pero de repente me doy cuenta que el pin y el dorsal que la mañana anterior había recogido con todo mi afecto se habían quedado en casa. Y el reglamento de la prueba no contempla admitir gente indocumentada. Lo que vino fue un proceso de extrañamiento, de bochorno interior aunque nadie me miraba. Me acordé de aquellas columnas tan divertidas de JJ Millás antes de que el olor de santidad le impregnara. Aquel gran neurótico que se excitaba saliendo de casa para llamarse él mismo a su teléfono desde una cabina y así, sabiendo que no había nadie dentro, escuchar con detenimiento el silencio en que habitaba. Así de estúpida era la hazaña. Poco a poco me fui calmando y ya llegando de nuevo a casa vine a convenir conmigo mismo que el enfado y la rabia eran porque, muy a mi pesar, casi nunca olvido nada.

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