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Vivir sin WhatsApp

Sucedió anoche, tras una tarde neblinosa y metida en lluvia como la de hoy. Una de esas interminables tardes de mayo que convidan a escuchar el silencio que fluye entre el lento orballo y todos los grises del cielo. Sucedió que me cansé de gastar la vida mirando la pequeña pantalla del iphone, neurotizado de forma obsesiva esperando la llegada de un mensaje tras otro. Sucedió que decidí que yo no podía seguir con este ritmo tan enfermizo de contactos digitales que se estaban llevando por delante mi paz y mi palabra hablada. Así que ayer tarde me armé de gran valor, y como un maletilla salté al ruedo y desinstalé de mi iphone el Whatsapp, el Line y las aplicaciones para móvil de Twitter y Facebook. Esta decisión no es en mi caso producto de ningún rechazo al voyeurismo social que acompaña a estas mensajerías. Me encantan porque me divierto con ellas. La decisión fue tomada porque me siento superado cognitivamente por la frenética actividad a que obligan estas diabluras. Nada mas y nada menos. Decía Frank Lloyd Wright hace unos 70 años que, de seguir así las cosas, el ser humano sufriría la atrofia de todas sus extremidades salvo un dedo para usar teclados. No podemos permitir que la tecnología se lleve por delante lo más específicamente humano. El silencio, los contrastes, la conciencia…

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