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Volver a los diecisiete

Este invierno sin nieve está dejando caer
un puñado de excelentes películas de cine. “La Gran Apuesta” es una de ellas.
Ambientada en el Wall Street de los años previos al estallido de la crisis
económica finaliza en septiembre de 2008 con la quiebra de Lehman Brothers y
es uno de los mejores retratos de la naturaleza humana que he visto en los
últimos años. El argumento es simple: en aquellos maravillosos años cuando
la banca comenzó a jugar al bacarrá y el dinero fluía a raudales, una serie de
agentes de bolsa muy críticos con el capitalismo olieron la sangre que se
avecinaba mucho antes de que se viese la herida pero en vez de alertar a los
pobres que iban a sufrir la ruina y el desempleo prefirieron subirse a la ola y
sacar una cuantiosa tajada del batacazo del  “sistema”. Nada nuevo. Pero llama la atención
que sea tan difícil encontrar historias así, que comprometan la moral de los
buenos  y de los fariseos, de esos tipos
que se pasan la vida dándose golpes en el pecho y llamando “canallas” al resto mientras
en su bolsillo van abriendo hueco. Como decía Celine: “Hubo un momento en
que todos eran falsos. Hasta los traidores eran falsos».





Cuando el protagonista Baum (Peter Epstein), veterano broker antisistema,  duda duramente entre sus convicciones y 200
millones de dólares y se rinde y le dice a su agente de bolsa “¡vende!” y se
convierte en magnate, a uno le parece estar ante las manos de fina piel de
Eduardo Sotillos Junior. O sea, ante uno de esos tipos que como  explicó JA Montano “muerden la mano que les dio de comer langostinos”. La dignidad, se
hartó de explicar Albert Camus, solo surge
cuando un hombre dice “no quiero”. Y solo puede crecer allí donde no todo vale
y sobre todo, no todo vale lo mismo.
«La naturaleza, señor Alnutt, es aquello que debemos superar en este mundo», le dice Katherine Hepburn a Bogart en La Reina de Africa y en el blog de Pablo Malo.
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Hablaba ayer de suicidios con PacoTraver, uno de nuestros más gratificantes psiquiatras. Yo pensé que había
quedado claro que es bueno hablar del suicidio sin tabúes ni cortapisas y
en cualquier medio, que hablar del suicidio no aumenta el número de sucesos y
que el Efecto Werther, el efecto imitación, no está demostrado que sea cierto. Pero Paco Traver
piensa casi todo lo contrario: Que hay que guardar silencio, que si hay
publicidad habrá más muertos y que hacemos lo que vemos hacer a los otros
aunque nos cueste el pellejo. Paco explica que los trastornos de
la conducta alimentaria y la violencia doméstica probablemente se incrementen
con su aparición en los medios. Puede ser aunque también dudo sobre ello. Cierto
que la vida es imitación pero el suicidio no es un juego. Y al que quiere saber
más sobre el tema siempre le acabo remitiendo a casa de Sergio González Ausina, que cae aquí a mano derecha, en el blog “Ultima carta” y en su sección en FronteraD, en casa de
Alfonso Armada. El único trastorno mental donde está demostrado que la pública
difusión del fenómeno dispara el acontecimiento ocurre con los pirómanos y su
pasión por el fuego: cuantas más llamas ven, más contentos. Esto lo contó
Antonio Colodrón hace años en Las tentaciones del mirafuegos.
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Retorciéndome de gozo mientras le coso a la última joya de Nanni Moretti esta frase de Antonin Artaud, loco supremo, sobre el teatro: «Hay que despedazar el lenguaje para mostrar la vida». Eso es lo que ha hecho en la solemne Mia madre el director romano.
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15 Comentarios

  • ΣAnr

    Nunca entenderé a las féminas. Mi patrocinador es +machista que yo. Mi vida con ellas siempre ha sido un error.

    Bendita polémica a tiempo, nada me hace gracia apenas. Sinusoidal sí, pero nunca he reído a nadie o afirmado sin malicia contextual. Qué más da todas lo saben? SÍ.

    C'est la vie

  • M.A.

    Le entiendo, BT. Por cierto, acuérdese de mí, hombre.

    "pero en vez de alertar a los pobres que iban a sufrir la ruina y el desempleo prefirieron subirse a la ola y sacar una cuantiosa tajada del batacazo del “sistema”."

    ¿No crees que es pedirles demasiado? ¿Y los pobres les hubieran hecho caso? La película, estupenda, no puede entrar en los detalles. Todo fue algo más complejo. En septiembre de 1997 –diez años antes– en medio de uno de los mayores auges económicos estadounidenses, Eisman (Baum en el film) escribió un informe demoledor con una decena de empresas creadoras de subprime. Quería armar un gran escándalo, y lo armó. Una de las razones por las que el informe molestó tanto fue por no haber avisado previamente a las empresas contra las que arremetía. Violó el código de Wall Street, se jugó su reputación, y abandonó su trabajo.

    Michael Burry (Gestor de Scion Capital).

    "Burry tenía su propio punto de vista sobre ese mismo tema [si uno quiere predecir cómo iba a comportarse la gente, decía Munger, solo tenía que observar sus incentivos], derivado del tiempo que había dedicado a la medicina [neurólogo]. Incluso en situaciones de vida o muerte, los médicos, las enfermeras y los pacientes respondían todos ellos a los malos incentivos. En los hospitales donde, por ejemplo, los honorarios por las apendicectomías eran más elevados, los cirujanos quitaban más apéndices. La evolución de la cirugía ocular era otro gran ejemplo. En la década de 1990, los oftalmólogos basaban su carrera en operar cataratas. Tardaban media hora o menos, y sin embargo el Estado, a través del programa de salud pública Medicare, les pagaba unos honorarios de 1700 dólares por ojo. A finales de dicha década, Medicare recortó los honorarios a unos 450 dólares por operación, por lo que los ingresos de los oftalmólogos dedicados a la cirugía disminuyeron. Entonces, en Estados Unidos, los oftalmólogos redescubrieron un oscuro y aventurado procedimiento denominado queratotomía radial, y la cirugía correctora de pequeños defectos de visión experimentó un auge. El procedimiento, insuficientemente estudiado, se comercializó como una cura para los problemas asociados a llevar lentes de contacto. En realidad –cuenta Burry—, el incentivo era mantener sus elevados ingresos, a menudo de uno o dos millones de dólares, y luego se inventó una justificación.”

    Quiero decir, que esos pobres también tenían sus malos incentivos. Uno, efecto riqueza: ¿cómo hacer que los pobres se sientan ricos cuando los salarios están estancados? Concediendo préstamos baratos. Dos: directamente no pagar. El sistema adquirió tal fantasía que creó la “hipoteca de interés variable con amortización negativa y opción de pago”. Al prestatario se le daba de hecho la opción de no pagar nada en absoluto y acumular cualesquiera intereses que debiera al banco en un saldo de principal más elevado. ¿Quién querría tener tal préstamo? Alguien sin ingresos.

  • cat

    Estoy con MA. No se necesita ser un genio de las finanzas, ni ir a visitar casas o hablar con stripers, para saber que todo era un disparate, que tales cuchitriles no podían valer millonadas y que meterse en deudas así era jugársela.

    Y en lo de los incentivos médicos. Que lo de los trasplantes esté así no deja de ser una variante de los muchos ejemplos que se pueden poner. Me acordaba de la paciente con Alzheimer avanzado a la que se le puso un marcapasos … O de la cara de la recién terminada su especialidad cuando, tras recibir a media docena de visitadores, le dije. ¡J…! y encima no creo en la broncodilatación en el EPOC, o tan poco… La obstrucción es irreversible cuando se definió por vez primera la enfermedad así.

    Pero a ver quién es el guapo que sigue a Camus en contra de todo el ambiente.

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