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Yo soy de donde hay un río

Puerto del Carmen, Playa de Matagorda. 30 grados al sol y casi otros tantos a la sombra. La suavidad del alisio hace compatible la vida y la solana. Afuera, decenas de niños irlandeses chapotean en una  piscina infantil mientras sus padres, con los torsos enrojecidos,  sestean bajo los palmerales. La placidez del día y del ambiente es colosal, absoluta. Solo las risotadas de algunos adolescentes o el zumbido de algún avión resuenan lo suficiente como para desbaratar el silencio. Si lo pienso dos veces, el cuadro que tengo ante mí no es mas que la actualización del río donde pasé casi todos los veranos de la infancia. Aquel río donde no sucedía nunca nada que no hubiese escriturado el gran Sánchez Ferlosio en El Jarama. Pasamos por la vida intentando repetir, en cuanto podemos, los sabores mas gratos de la infancia. Y además es que este año, el verano se devora con hambre atrasada. Tanto frío y tanta lluvia acaban desquiciando el alma.

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Seguimos embarrándonos con la banalidad del mal. Casi todos hablan y no callan de la bondad de la película de Von Trotta. Varios exêgetas me recomiendan epistolarios entre la filósofa Arendt y sus amores. Pero a mí no me da la gana de leer nada más sobre su vida mientras sus biógrafos sean, a la vez, sus fanáticos.

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