15. LLEGA EL ASMA

El domingo corrí la XI Media Maratón de León. La más concurrida y la más dura de todas. 1200 inscritos. Llegamos 1009. O sea, más de 190 abandonos, la menos concurrida en la llegada de todas.
Yo me lo pasé en grande. El día era espléndido. Correr por León es recorrer mi León. Volver a pisar La Candamia, La Palomera, Eras, los alrededores de la Catedral, el Burgo Nuevo y ese final que, gracias a Dios, pica cuesta abajo por La Corredera hasta que desembocas en la Plaza de Toros, sorteando quinquis del Rastro pero sabiendo que la meta del estadio Hispánico ya está a tiro. Sin embargo, fue mi peor carrera. Desde el primer kilómetro me sentí fatal. Aún hacía frío a las 10 de la mañana. Nunca me encontré bien. No encontré la pedalada, que dicen los ciclistas. Y poco a poco me fui quedando atrás. Pero como yo no sé abandonar ni rendirme, me uní a otro farolillo rojo y juntos llegamos al final. Fueron divertidos los últimos kilómetros. Pasábamos por Guzmán y me dice: «¿No me esprintarás ahora, eh?». Y yo, que veía aquella fuente llena de agua, le dije: «solo esprintaría para darme un baño en Guzmán». Estaba tan asfixiado que no podía ni con el alma, esa cosa que Punset dice que tenemos en el cerebro y que se serena cuando ves a los quinquis del Rastro recogiendo los puestos, señal de que la meta está muy cerca. 
Los quinquis son muy graciosos y solidarios con el dolor ajeno. Faltaban casi 8 kilómetros para llegar y había un andoba que parecía Michi Panero sentado en una silla en la Calle Ancha que nos iba diciendo: «¡Venga, campeones¡ ¡Ya está hecho¡ Ahora solo hay que controlar la respiración y llegáis !Control de respiración, respirad bien y llegáis¡». No le faltaba razón aunque su aspecto de haberse metido esa noche todo lo habido y por haber quitaba algo de legitimidad a su discurso. Pero se notaba que había estado en algún Proyecto Hombre o similar porque es donde se trabajan esas estrategias que unen el buen respirar con una vida en calma. 
Acabé como pude. Llegué a casa y no podía ni alentar. Iba a tener razón aquel merchero con aspiraciones de coach. Entre roncus, pitidos y sibilancias no podía respirar. Tuve que tomar Ventolín y todo se solucionó. Volví a ser yo. El oxígeno volvió a mi cerebro que es donde dice Punset que está el alma.
Hoy he consultado con mi neumólogo de cabecera. Haremos la prueba pertinente pero todo apunta a que tengo un asma » a frigore». O sea, desencadenada por el frío. ¡Tantos años sufriendo y sin saberlo¡
Al menos, pensé, es una enfermedad literaria. Muy proustiana. «Prefiero tener crisis y tenerte que no tenerlas y perderte», le escribió Proust a su madre, de quien nunca pudo separarse. La de cosas que aprende uno corriendo.






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