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Cantiga de otoño en León

Me cuesta tanto venir a León tanto como luego volverme para Asturias. Ambos viajes se van transformando en un pequeño drama, tal vez tratando de asumir por adelantado lo irremediable. La casa familiar sigue siendo igual de cálida y desdentada que siempre aunque le vayan quitando duende y vida las ausencias. Estas tardes leonesas de sábados gélidos y solitarios son una silenciosa celada y un remanso de paz para el alma magullada. Casi todo en León tiene el fulgor sedante de la severidad, de la austeridad, de la morigeración y de la distancia. Por eso, a mi vida plena de excesos le sientan tan bien estos tenues rayos de sol que me alumbran filtrados por las ramas yermas de los castaños de la Veterinaria. Somos lo que hemos amado, lo que hemos caminado. Y por ahí, entre las calles de esta ciudad provinciana corretea lo mejor de mi infancia. Y, a veces, desde las riberas del río o bajo los soportales que cobijan tiendas sexagenarias, me reclama. Pero suele ser para poca cosa. Ya decía Gide lo desvaído que era el fervor de la nostalgia. En León, hasta las parejas que pasean abrazadas o las pandillas que salen de fin de semana siguen siendo solitarias. Intento recordar mi pasado en color. Y no me sale bien. Y me viene a la memoria un caudal de pensamientos ingratos. Porque, como escribe Juan Carlos Mestre, «yo he crecido aquí, entre las lilas altas del verano, yo he nacido aquí, duro de corazón y equivocado».

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Esta maravillosa columna sobre la llegada de la luz eléctrica a la iglesia visigótica de San Pedro de la Nave. En el periódico La Opinión de Zamora. 

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Las personas normales hacen muchas risas a costa de Lars Von Trier y su valentía al reconocer que no puede dejar la cocaína porque no quiere perder su creatividad. Para una vez al siglo que es sincero en algo. Ojalá los que le critican supieran hacer algo decente, siquiera con las manos.

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¡Cómo me gusta saber que La Balada del Bar Torino está a punto de vender 500 ejemplares! Me lo cuenta el autor en un breve y tímido SMS ¡Qué grande sós, Rafa! De retirada, nada¡¡¡

16 Comentarios

  • ana

    Además de la La balada del Bar Torino pueden leer:
    Limónov de Enmanuel Carrère: *****
    La entrega de Dennis Lehane: ****
    Galveston de Nic Pizzolato: ****
    La comadorna de Katja Kettu: ****
    Americanah de Chimamamanda N. Adichie: ****
    ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? de Hillel Halkin: *****

    Cargados en el lector los de Cercas y Muñoz Molina: ya les contaré.

  • cat

    ¡Eso, porras! ¡Feliz Navidad!
    A ver si vuelve a tomar carrerilla la cosa.
    Mucho trabajo nos pone Ana. Yo ya es que voy necesitando mover más los músculos y sus huesos que las neuronas y ojos ¿Me estará fallando el riego?

  • M.A.

    De la lista de ana sólo leí Limónov. Que recuerde también lo hicieron ch y BT -éste lo lee todo-.
    Viendo lo que han hecho Lehane y Pizzolato, y ana, merecen la confianza de intentarlo.

    Y feliz Navidad a todos, si es que se pasan por aquí, empezando por el dueño.

  • M.A.

    Mientras giraban los bombos de la Lotería de Navidad, Teresa Casas era enterrada este lunes en el cementerio de Carabanchel sin niño que le cantara. Anduvo esperando el Gordo de un medicamento contra su hepatitis C. Cuando el político le fue a la moribunda con el fármaco, ya era demasiado tarde: estaba toda comida por dentro.

    Mientras el político dibujaba un 2015 de recuperación, María Isabel era desconectada en diciembre de los aparatos que la mantenían con vida en el Hospital de Móstoles porque no había forma de recuperarla. Sólo tenía 54 años. Y la boca ya cerrada. Y un árbol con luces que tenía pensado poner estos días oscuros y ya no.

    Mientras la ley le hace la respiración boca a boca al banquero, Julio acaba de ser condenado a morir. Los tres nietos no saben nada del cuento: el abuelo lleva desde enero esperando el fármaco; la semana pasada le dijeron que ha desarrollado un cáncer. Como tiene 67 años, ni siquiera será posible un trasplante.
    (…)

    En el orden de prioridades, al Gobierno le apura más un número rojo que un hígado negro. Con lo que se vuelve a confirmar que aquí es más fácil rescatar cajas de ahorro o autopistas que personas. En efecto, el país está lleno de vivales, pero cada dos horas muere un enfermo de hepatitis C por culpa de una decisión administrativa: la de mirar a la caja registradora antes que a la de pino.

    Dice el Gobierno que el medicamento contra la enfermedad cuesta un riñón, pero no dice el de quién. Cuánto valen los ojos de Ismael, cuánto valen los abrazos de Marta, cuánto la conversación de Elsa, cuánto el corazón de Juan.

    Que la vida es muy peligrosa ya lo comprobó Einstein. No sólo por las personas que hacen el mal, comentaba, sino sobre todo por los que nos sentamos a ver lo que pasa. Desde la grada. Como el que come pipas en el fútbol.
    (…)

    No siempre la política tiene oportunidad de demostrar su grandeza en una cuestión de vida o muerte. Y, para una vez que lo podría hacer -12 muertos al día-, el Gobierno nos sale mezquino y con calculadora.

    Jibarizaron el sistema público de salud a la vez que agigantaban las rotondas. Obligaron a exiliarse a miles de científicos mientras fichaban al pequeño Nicolás. Y ahora esto.

    Escribo mientras me cuentan que el padre de Paula está peor de la cirrosis, que Gema tiene a un hermano en las últimas con la hepatitis C, que Ángela ve a su hijo consumirse y ya no sabe qué esperar ni cómo mentirle.

    Menudo belén estáis montado con el encierro de protesta de la plataforma en el Doce de Octubre, Mario. Menudo desasosiego debe ser saber que gritas en mitad del mundo porque te estás muriendo y el político sube el volumen del televisor.

    Hace un mes me tomé un café con Elsa Tobeña en el Ramón y Cajal («están dejando que muera»), tuve con ella una conversación y entonces entendí la frase de Pessoa: «Entre la vida y yo hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla».

    Ya sé que no te salen villancicos, Mario, porque vives con un nudo en la garganta. Yo tampoco iré a encerrarme a vuestro lado estos días. Yo tampoco te voy a desear prosperidad ni me andaré con monsergas.

    Sólo una cosa. Feliz Sanidad.

    Pedro Simón.

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