BEW

Por una psiquiatría sin complejos, ni escalas, ni receptores.

Memoria

Tal vez algún día llegue a comprender cómo funciona la memoria. Por el momento no tengo ni la más remota idea. Es más, me da la impresión de que cada día sé menos sobre el tema. Y eso que cada vez es más importante para mi trabajo. Y lo será más aún como lo será la evaluación de la competencia en las personas de una edad avanzada para saber si son autónomos o no en la toma de decisiones. Porque gran parte de esa competencia depende de la memoria. Mira por donde volvemos a encontrarnos con las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad.

Creo que ha sido un error el despedazamiento de la memoria en tantos tipos distintos. Cualquiera que haya visto un enfermo de Alzheimer o a alguien con una merma cognitiva lo sabe. Los tests neuropsicológicos aportan información no siempre fiable. Sin una entrevista diagnóstica que dé cuenta de la repercusión de los fallos en la vida del afectado poco podemos saber sobre lo que tenemos delante. Memoria a corto y largo plazo, memoria inmediata o de fijación. Y poco más. ¿Memoria episódica? ¿Reserva cognitiva? ¿Memoria de trabajo? Ganas de entretener el tiempo. Pero ya sabemos que la vida científica funciona por lobbys. Y el cognitivismo reúne a allegados firmes en sus creencias y con poder. Pero olvidan que hay momentos en que la afectividad, la tristeza o una alegría extrema no solo se llevan por delante la vida lógica, como pasa en los delirantes. También pueden arrasar con la memoria y eso no suele aparecer en los test con esa relevancia. Los tests detectan el fallo en el cableado pero no la importancia que ese cable tiene en nuestra vida. Y pensar siempre, como vivir, es proyectarse. Pensar supone pensar hacia delante recordando el pasado. Y esa proyección se le escapa al testador.

En fin, todo esto para contar que cada vez me «como» más palabras al escribir. Así que no me queda más remedio que incorporar estrategias de compensación: corregir, comprobar y confirmar. Había una cuarta «Ce» en el paquete. Pero se me ha olvidado. Y no sé porqué.

Evolucionismo del Este- Evolucionismo del Oeste

Hoy es domingo y por eso es cuando más trabaja Arcadio Espada, siempre salmónido, a contracorriente. Se agradece el Jornal que publica en El Mundo. Sorprende y casi nunca defrauda. Hoy da noticia de la recepción de la obra de Jacques Monod «El azar y la necesidad» en la cultura española de los años 70. Y aprovecha para revisar la implantación del darwinismo y la teoría de la evolución. La conclusión es desoladora. Y hablamos de la cultura científica. Porque lo de la literaria ronda el drama. Empezando por el escaso interés que Carlos Barral, editor español de Monod en 1971, mostró hacia la obra del Nobel francés. Mientras buscaba, junto a Castellet, un «escritor obrero» por lo de la conciencia social que pedía el momento. Y que pudo ser Marsé pero le cayó el premio al madrileño García Hortelano, según mentideros.

Esto es un camino muy trillado. En aquellos años, entre curas y comunistas, censuraban lo que se les oponía. Y la obra de Monod lo hacía de una manera frontal. Así que al caldero con ella. No creo que hayan variado mucho sus planteamientos básicos pero se han «dulcificado» en sus métodos, que decía la señora Felicidad, viuda de Leopoldo Panero.

El gran problema, pienso, es que si Monod escribiese hoy esa obra su suerte no sería muy distinta. Como bien explicó el siquiatra Antonio Colodrón, hay un punto de ruptura en el evolucionismo: la Guerra Fría de los años 60. El evolucionismo del Este, prolífico, solvente y desarrollado a partir de la monumental obra de Iván Pavlov, entre otros, se vio abandonado por la adscripción de Occidente a la ciencia estadounidense, mucho mas «light» por decirlo en plata.

«La suave brisa brisa atlántica no casaba bien con el frío siberiano», escribe Colodrón que en 1965, el mismo año en que Monod recibe el Premio Nobel, estrecha su contacto con Faustino Cordón Bonet, tal vez el bioquímico español de mayor prestigio en aquellos años y desde luego, el valladar más sólido que la Teoría General de la Evolución ha tenido en nuestro país. «Cocinar hizo al hombre» o » La evolución conjunta de los animales y su medio» son obras imprescindibles y sin embargo apenas conocidas en este país nuestro, seducido por las investigaciones entre frívolas y altamente especulativas de la psicología evolucionista norteamericana a la que le pasa lo que a Franco en la película «Madregilda»: manda porque ganó una guerra.

Apenas quedan rastros de los evolucionistas del Este en nuestros días. Bastante tuvieron con digerir la derrota y limpiar las heces de Lysenkos y compañía. El ethos norteamericano lo amolda todo a su aburrida medida de la vida. Los Dennett, Gould, Dawkins y cía. Más interés tuvo la obra de Peter Singer hasta que cogió confianza. El resto, fraude y desenfreno, que diría Cela.

Poco antes de morir, Don Faustino Cordón, una de las cabezas mas hermosamente talladas que ha conocido Félix de Azúa, escribió estas líneas sobre el devenir de la biología: «El extraordinario desarrollo durante el siglo XX de este cuerpo especializado de conocimientos lo ha llevado a un grado de madurez que exige la inflexión cuantitativa que supone superar el reduccionismo a lo molecular que ha sido ciertamente el leit motiv principal de su desarrollo a nivel descriptivo para elevarla a ciencia experimental y evolucionista conscientemente biológica».

Bueno, pues visto lo visto, el evolucionismo ni está ni se le espera.