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EL CIERRE DEL BIMBI ( por Rafa Lahuerta)

Durante muchas mañanas festivas de esta y de la pasada década el escritor Rafa Lahuerta, que es mi amigo,  desayunó en El Bimbi, un mítico lugar del centro de Valencia. Todo pasó mucho antes de que Manolo Jabois explotara como genio del columnismo en Vigo fundiendo las madrugadas, el fútbol, la nostalgia y las mujeres de la noche en retirada. Antes de todo eso, Rafa Lahuerta ya había dejado la faena hecha, había repartido los panes y los peces a media Valencia en su Vespa y, cual Patterson de la Malvarrosa se iba al Pimpi para poder escribir en calma. Es sabido que el aroma de ciertos bares propicia el pecado en soledad. Y escribir uno de ellos. 
Ahora El Pimpi cierra y Rafa Lahuerta cuelga la esquela porque se muere un poco de Valencia.





A veces iba al Bimbi sólo para poder escribir: hoy he desayunado en el Bimbi. Lo hacía 3 ó 4 veces al año. Días festivos, sin prisas, con la ciudad fundiéndose bajo la insólita calma del vacío laboral. El Bimbi era el penúltimo bar con solera del Ensanche y el último bastión de la dinastía Barrachina. No eran las tostadas ni la tortilla lo que me empujaba hasta su barra. Al Bimbi acudía seducido por el eco de las sirenas. Como todas las fabulaciones, esta también poseía un componente absurdo. No importa. Los hombres que recorremos la ciudad en solitario acabamos inevitablemente arrasados por el delirio. Este al menos parecía real. En El Bimbi siempre había mujeres con la voz ronca, cavernosa, cazallera. Nunca era la misma. Y eso, desde luego, le confería un carácter paradójico y singular. Más que una particularidad, la mujer de voz ronca era un estereotipo. Durante meses fantaseé con la posibilidad de que hubiera una asociación cultural de mujeres con voz ronca en los alrededores del Bimbi. A tal efecto anduve días husmeando en los portales, en los bajos, en los sótanos clandestinos que daban acceso a sinuosos refugios de la guerra civil. Nada. La voz ronca era una mezcla mundana de tabaco, alcohol y rentismo. En mi mesa esquinada del Bimbi escribía la historia de esas mujeres. A la postre, esa historia era también la historia de la ciudad. Nada me seducía tanto como escuchar sus cuitas. De la anécdota al drama bastaba un simple traspié. Por supuesto, nadie reparaba en mí. Yo era el escritor fracasado y ausente que roba secretos ajenos. Al mediodía regresaba a la luminosidad etérea de mis calles. Volvía cambiado, sumido en un leve rencor de clase. En el fondo, yo quería ser una de ellas. Tener la voz ronca, merendar en el Bimbi, vivir de las rentas. Digan lo que digan, no hay una vida mejor.

3 Comentarios

  • Anónimo

    Dormir con la ventana abierta es casi tan bueno como poner la oreja en el autobús. Desde la cama oigo a los chavales. Hay un tal Habichuelo que es todo un clásico. Es el cuarto verano que le sigo la pista. No le pongo rostro pero me lo imagino. Entre peta y peta suelta sentencias que servirían para escribir un tratado de costumbres. De fondo, el mar de La Patacona ruge y los nanos rabiosos intercalan poemas sucios con besos robados. A veces quiero levantarme y echarles un pozal de agua. Todavía recuerdo la noche en que murió Antonio Puerta. A eso de las cinco y treintaidos minutos de la madrugada apareció un nota cantando el himno del Sevilla, el del Arrebato. Sevillista seré hasta la muerte, gritaba el tarado rompiendo el silencio de la noche. Tuve que despertar a Eva para que me corroborara que era real, que no era ninguna de mis alucinaciones. Hace un rato, el Habichuelo ha dejado una perla de varios quilates: mi padre conduce mejor borracho que sobrio. Estoy por asomarme al balcón y sacarme la chorra para mearles. La lluvia dorada también puede ser un poema.

    viejo Casale

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