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IRSE DE CASA

Como sigo sin encontrar mi bolígrafo me paso el rato revolviendo toda la casa. Hay que ver lo que va acumulando uno cuando los días pasan más rápidos que de costumbre y no te queda tiempo para administrar la gran cantidad de papelería que me llega y que abarrota el despacho. Esto ya va camino de un Diógenes larvado. Pero ¿qué pasará? La playa tiene la respuesta. 

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Noche de insomnio. De insomnio de conciliación, porque luego ni me he enterado. Tal vez porque la luna ha sido grande y fría. Me dormí leyendo un librito de Annie Ernaux, la escritora francesa. Un libro muy pequeñito pero que tiene unas aportaciones muy interesantes. «Yo no escribo novelas, yo hago escritura clínica. » dice Mademoiselle Ernaux, reinona de las letras galas. Y me parece un acierto definir así su trabajo. Porque lo ha escrito todo. Ha escrito lo más importante y lo que más cuesta: ESCRIBIR LA VIDA. No se puede vivir criando lindos gatitos en el estómago.

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Entre las personas que más me fastidian están las que se aprovechan de las condiciones ventajosas en las que nacen para montarse luego, con el tiempo, una vida provinciana, próspera, y definida básicamente por el acceso a los círculos restringidos del poder o del dinero. A por les perres, que dicen aquí… La provincia es lo que tiene: sitio pequeño, infierno grande. Pero esta gente se lo suele hacer pasar mal a quién no se levanta de la cama cuando suena la música nacional. Mi Españita es muy así, que diría Felblan; sigue siendo muy «Calle Mayor», muy berlanguiana, muy hipócrita. A fin de cuentas, un vasco dijo que la dignidad humana tiene que ver con decir «no» cuando este «no» puede traernos problemas. Viene esto a cuento de que también he empezado a leer un libro-consejo de Carmen Martín Gaite, la mejor escritora del mundo, y que se titula «Irse de casa». Hay que huir, no se puede tener asiento si se quiere comprender de qué va el mundo y par evitar  convivencias con esos círculos sociales, de gente normal, que no hace daño a nadie y que siempre, siempre hace lo que le manda el que manda. Hay que alimentar esa inquietud interior que nos está pidiendo movernos. Irse, irse, irse siempre… Esa obsesión tan clásica.


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Ya, a la caída de la tarde, llega la llamada más esperada. Mi láudano más querido. La doctora M, que con su acostumbrado aplomo, da respuesta a todas mis dudas profesionales que hoy eran muchas. Y sin dilación ni confusiones. La verdad, como la escritura de Ernaux, es como un cuchillo. En su caso, el cuchillo viene en Powerpoint.
Luego, escucho de otra de mis doctoras de cabecera ( en realidad solo son buenos médicos los de cabecera, incluidos los psiquiatras de cabecera) una de mis frases preferidas: «Es una persona honesta». La honestidad, ¡que rasgo de carácter tan admirable y tranquilizador para mí¡, que crecí entre estatuas y pinturas de reyes y fieros guerreros leoneses salidos de la mano de José Vela-Zanetti, el mejor captor de la austeridad, la honestidad y el gesto adusto. Un Delibes de la pintura y la escultura.

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Ha sido reabrir la playa y recibir media docena de masajes animándome a seguir caminando sobre la arena. «Siempre me gusta la playa». A mí, también.










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