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LA BANALIZACION DE LA LOCURA ( Hoy en LNE)

En contra de la trivialización de la enfermedad mental

09.07.2017 | 02:06


Leo un artículo muy reciente que me envía mi amigo el psiquiatra José Juan Uriarte. Es un trabajo realmente bueno que se titula: «Reflexiones en torno al modelo de recuperación» y que firma junto con la psicóloga Ana Vallespí. 


El artículo trata de aportar algunas reflexiones críticas sobre lo que se ha venido en llamar el «modelo de recuperación» en salud mental, el famoso «Recovery» que inunda planes de salud mental y programas científicos sin que la mayoría sepamos bien de qué hablamos cuando hablamos de ello. El «Recovery» son las «divinas palabras» de la organización asistencial en salud mental sin estar cuantificada su repercusión en los usuarios, en los profesionales y en la sociedad en general. 

Básicamente, la idea central del «Recovery» es que supone que cualquiera que sufre una enfermedad mental puede recuperarse de la misma. Su origen hay que situarlo hacia los años noventa en USA. Y crece de una amalgama entre restos de la desinstitucionalización decretada por Reagan y Thatcher con los autollamados «supervivientes de la psiquiatría» y con algunos sectores antipsiquiátricos. 
Dentro de este movimiento hay tendencias y prácticas variadas. Pero la realidad es que no se ha construido un cuerpo de conocimiento estable y el «Recovery» (salvo honrosas excepciones) congrega hoy tantas contradicciones como ambigüedades que generan notable distorsiones en las vidas de pacientes y de profesionales. 
A mi entender, el «Recovery» ha traído algunas buenas aportaciones referidas a los derechos de los pacientes que serán las que se mantengan. Pero ha causado graves daños en dos conceptos fundamentales para el tratamiento de los enfermos mentales graves, o sea, aquellos diagnosticados de «psicosis» en cualquiera de sus variedades. Por un lado, se ha producido una llamativa «banalización de la enfermedad mental» al pretender equiparar ciertos síntomas psiquiátricos con experiencias normales. Por otro lado, hay un cuestionamiento frontal de la llamada «conciencia de enfermedad» de que la que gran parte (un 60%) de los pacientes psicóticos carecen y que es la base de un buen seguimiento de los tratamientos pautados por los profesionales. La mayor o menor conciencia de enfermedad marca de forma drámática el pronóstico de la enfermedad: a menor conciencia, la evolución será peor, con seguridad. Trabajar la inexistencia de la conciencia de enfermedad con un paciente psicótico es una falta ética grave. Como retirar los neurolépticos a quien está en pleno revuelo sensoperceptivo, como planteó en su tiempo el profesor Castilla del Pino. 
Pero aún más sorprendente es la trivialización con la que se oye hablar a ciertos pacientes de sus enfermedades. Cierto que hay un grupo de pacientes que tras un primer episodio psicótico, en torno a un 30% evolucionarán bien y no necesitarán apenas tratamiento. Son afortunados. Pero hay un 70% que no lo son tanto y que necesitarán cuidados de forma continuada. Y yo me pregunto ahora: 
¿La gente de la calle sabe qué es volverse loco? ¿Qué pasa cuando uno se vuelve loco? La población general se informa sobre cómo se enloquece en las mismas fuentes que aprende cómo se folla. O sea, que extrae sus ideas del cine o las novelas de las sombras y cía?. 
El poder de la imagen ha hecho que la mayoría del público tenga una idea de la enfermedad mental muy equivocada. Películas como «Psicosis», «El resplandor», «Alguien voló sobre el nido del cuco» o «Recuerda» han contribuido a alejar al ciudadano de lo que de verdad sucede cuando una persona sufre un episodio psicótico. 
Tal vez la primera descripción literaria de la esquizofrenia, la forma más común de locura, sea el «Louis Lambert» (1832) de Honoré de Balzac. Pero es en «Lenz», la novela que Georg Buchner escribió en Estrasburgo hacia 1835, donde se describe con mayor precisión y rigor en qué consiste estar loco y no estar cuerdo. Buchner tuvo acceso al diario personal escrito por el sacerdote Oberlin, que cuidó al poeta romántico Reinhold Lenz durante su primer ataque de locura, a los 27 años de edad. La desesperación, la pérdida de energía vital, el hundimiento de las certezas más simples del pobre Lenz llegan hasta nosotros gracias a Buchner de una horma ejemplar. «Parecía muy lúcido; hablaba con la gente, hacía todo lo que todos hacían, pero había en él un vacío atroz, ya no sentía angustia ni anhelo; su existencia le era una carga necesaria. Así siguió viviendo.» Así es la locura, tan dolorida y silenciosa como corrosiva. Pero casi nunca estridente, ni violenta ni irreversible. 
Posteriormente, y antes que en 1911 Eugen Bleuler le pusiese ese nombre a la «esquizofrenia», puede rastrearse la triste historia de Adèle Hugo, la hija de Victor Hugo, que murió en el psiquiátrico de Suresnes en 1925. 
Una pena que Hitchcock, Kubrick, Forman y compañía prefiriesen especular emocionalmente con el tema faltando al rigor técnico. Porque han hecho mucho daño a los enfermos con sus bromas. 
El periodista Sergio González Ausina está a punto de publicar su libro «Última Carta» trabajando sobre el material más difícil, sobre su propia familia. Sergio trata de reconstruir la figura de su tío Vicente que murió en 1977 tras arrojarse al tren con 24 años. Dos años antes le habían diagnosticado de «esquizofrenia». El suicidio de su tío permaneció oculto para Sergio hasta hace pocos años. El tiempo embalsama y aminora pero no borra los recuerdos. Uno de los capítulos del libro de González Ausina se titula «Habréis tenido miedo?» donde relata el momento exacto en que su tío Vicente supo que estaba loco, que el mundo se hundía bajo sus pies. El momento en que el actor Vicente González venció la fiebre de las candilejas, descorrió los cortinajes y entró en escena. La fría y precisa apuntación fiscal del periodista González Ausina en la causa que instruye sobre su tío recoge todo el sufrimiento imaginable, todas las raciones de miedo que pueda soportar un perseguido pero, contra toda ficción, no hay ni un solo grito, ni una sola amenaza. Porque la brutal retracción autística y la alucinada búsqueda de soledad para eludir persecuciones son el reflejo cardinal de la locura «El no decía nada», recuerdan los testigos que, fumaba sin parar y su cabeza era una constante conspiración. Volverse loco es algo tan terrible como simple y prosaico. Y que, para colmo de apocalípticos, casi nunca se acaba. 
Volverse loco es uno de los peores dramas que le pueden suceder a un ser humano y a sus familiares. Así que de banalidad, nada. 
Fue hermosa la despedida de Carrie Fisher, la princesa Leia de Star Wars, recordando a sus compañeros de terapia que buscasen buenos profesionales. También uno ha visto o leído contar sus dramas a Alan Alda, a Joe Pantoliano, a Kitty Dukakis, a la psiquiatra Jamison, a Margaret Trudeau, a Charlotte Rampling, a Anthony Hopkins, a Springsteen, a Nuria Espert, e incluso a Brooke Shields, la deseada. Todos ellos reconocían el papel fundamental de la medicación y de las intervenciones psicoterapéuticas para haber podido acallar los dolores del alma. De verdad, no les quitéis a los más débiles la posibilidad no de curarse sino de mitigar sus males.

9 Comentarios

  • fenopatologica

    Felicidades, Juanjo. Excelente artículo. Imprescindible. Solo una duda. Cuando escribes "Trabajar la inexistencia de la conciencia de enfermedad con un paciente psicótico es una falta ética grave" en realidad querías decir lo contrario, ¿no? Debo reconocerte que el concepto "conciencia de enfermedad" no me gusta en exceso pero lo que entiendo que quieres decir, ayudar a identificar el sufrimiento como tal y no banalizarlo, alentarlo incluso como según quien propone, es una exigencia absoluta. ¡Gracias por el texto!

    • Juanjomj

      Es cierto Sergi. Esa frase es un roto. La corregiré porque capta mal el destino. gracias.

      Mira, si algo es importante en la terapia es la Conciencia de Enfermedad. Cuesta mucho crear esa percepción si no la hay. No me importa si luego se toma o no medicación. Eso lo explica bien ANX más abajo.

  • Anónimo

    El daño que le ha hecho Regreso al Futuro a la ciencia o Amadeus a Mozart. ¡Claro que sí! Hitchcock, Forman o Kubrick sin derecho a banalizar, eln mundo al revés.

  • ΣAnjx_

    La conciencia de enfermedad es un arma poderosa. Igual que la medicación. Pero presentarse socialmente como enfermo mental es reconocer una deformidad de espíritu (carta blanca para el vacío). En la vida real, aunque a veces informo, prefiero guardarme de facto las distancias. Seguramente, a veces lo pienso, alcanzado un cierto estatus profesional o económico sería posible hablar con cierta autenticidad de ella (aunque lo dudo). Mis amigos, incluso mi familia, tienen una idea más o menos hecha de cómo estoy condicionado pero no gustan precisamente de ir al meollo del tema y aceptar conscientemente lo que supongo de algún modo saben. Mis taras cognitivas y emocionales. Aunque sea duro decirlo, les cuestiona. Y la verdad, yo me dejo querer porque sé me cuestionaría a mí. Que la alternativa sea condenarte definitivamente a la sobreprotección o la soledad tutelada. La libertad tiene siempre un precio, generalmente desconocido (con estimarlo es más que suficiente).

  • cat

    Hola Anjx, me alegra que escribas.

    Como médico tengo cierta experiencia en eso de hacer conscientes de que se está enfermo, o se puede llegar a estar mucho más si no se hace caso. Lo creo tan importante que suele ser a lo que dedico más tiempo cara a cara. Es el primer paso para que el remedio se produzca. El primer paso en la dirección correcta quita mucho trajín. El primer paso en la dirección equivocada es ir a perderse, sufrir inútilmente, desperdiciarse y tiene un apaño costoso, si es que llega.

  • Begoña Beviá

    La conciencia de enfermedad solo es útil si sirve para empoderarte, no para someterte o resignarte a que otros tomen las decisiones sobre tu vida. Hay profesionales que han pervertido ese término y de ahí su enorme rechazo

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