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MIENTRAS DURE LA PLAYA TODO ES VIDA.










Estos días de diciembre parece que estén ocultos en el calendario. En la playa, la vida discurre tan feliz en su ensimismamiento y en su rítmica monotonía que nunca te los esperas. Pero están ahí, esperando agazapados, poco antes que las Navidades se los lleven por delante hasta el invierno que viene. No son días normales, no,  porque cuando amanecen te sobresaltan con el poderío de sus nubarrones, con una lluvia recia y fría que te cala hasta el alma, con una penumbra tristona que te paraliza la alegría y con una niebla que te desorienta y te aturde aún más cuando despiertas entre sudores tras la siesta o a las tres de la mañana. La niebla siempre está al fondo del decorado, ocultando el porvenir que es el horizonte. Son los días más cortos y las noches más largas. El tiempo parece detenerse y el espacio parece recortarse. Las tardes desaparecen como la playa cuando la marea se sobresalta y se acerca al muro del paseo. Todo huele a un gris cobalto desnaturalizado pero es imposible rehuir el paseo cotidiano junto al Cantábrico. Así vamos soportando el paso de la angustia y la hipotimia y conservando, como decía Jung, la fe en la humanidad de quienes nos rodean, esa seguridad que nos da el comprender y ser comprendidos incluso en estas noches brumosas del alma. Mucho peor sería que no sintiéramos nada.








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Cada día que pasa tengo más claro que Carmen Martín Gaite ha sido la mejor escritora española del último siglo. Leo su «Correspondencia con Juan Benet», que es como escuchar a un matrimonio donde los cónyuges son como barcos camino del desguace. Irresistible belleza del tiempo decantado en tantas frases bellas, inmarchitables. Lo que más deseamos tal vez no sea a quien tenemos enfrente sino aquello que nos mantiene juntos. En el caso de estos dos escritores tenían un formidable amor común llamado Literatura.
Carmen Martín Gaite no tuvo una vida fácil. Le tocó enterrar dos hijos. Uno que murió de una encefalitis, con seis meses. Y luego, Marta, «La Torci», que se fue antes de cumplir los 30 años víctima de alguna inmunodeficiencia. Su matrimonio fracasado con Rafael Sánchez Ferlosio. En «Esperando el porvenir», hace un recuerdo tan tamizado como encendido de quien fue el guía de su juventud, Ignacio Aldecoa Isasi, a quién conoció en Salamanca cuando ambos tenían 18 años. Es muy emotivo el recuerdo de aquel primer invierno que pasaron juntos: «A los dos nos parecía una fiesta ver nevar. Desde la nieve soñábamos con el sol. En la primavera volveríamos a remar al Tormes». La vida luego les separó pero siguió manteniéndoles unidos. Es llamativa la fidelidad que algunas personas mantienen hacia otras superando todas las limitaciones humanas. Eso aparte, es muy difícil que un escritor deje traslucir, como hacía «Carmiña», sus verdaderos sentimientos. Todos saben lo peligrosos cuando se desatan así que mejor tenerlos a buen recaudo, bajo llave. Pese a todos los dolores por los que pasó yo recuerdo a CM Gaite por un grafitti de una pared encalada que un día vi en Granada:  «Mientras dure la vida todo es cuento, mientras dure la vida todo es vida», dejó escrito en alguna parte.

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