Nada detiene a la vida

Viendo Netflix, cada día más repetitiva y predecible. Alguna serie que alegra los atardeceres sin fútbol. Viendo «Bad blood», ambientada en Toronto y Montreal. Merece la pena visitar Canadá. De Montreal recuerdo la ruta Mordecai Richler, un famoso escritor canadiense, creo que judío, y que había escrito un libro del que acabábamos de ver la película en España: La versión de Barney, muy divertida. A fin de cuentas, Richler predijo hace 30 años que la nueva enfermedad social sería la inteligencia. Estaba harto de tratar con nacionalistas quebequenses. Y parece que acertó de pleno. Barney Panofsky, su alter ego, tenía una hermosa casa junto a un pequeño lago cercano a Montreal.

Toronto fue otra historia. Era el recuerdo continuo de Glenn Gould y su piano. Nunca he podido visitar su casa junto al lago Simcoe donde se retiró para evitar el contacto con la gente. Pero puedo imaginarla con envidia.

También en Netflix están pasando El cobarde en el centeno. Un documental sencillo sobre la vida y fuga de JD Salinger, que eligió Cornish, New Hampshire para obviar el mundo.

Richler y en mayor medida, Gould y Salinger vivían en espacios muy similares y a salvo del contacto con la gente. ¿O es que tal vez intuían que el ocio más lujoso y efectivo es aquel que posibilita el silencio a toda costa?Pues todo esto está muy bien. Siempre que, de vez en cuando puedas romper la soledad y el autismo y volver a injertarte en la vida.

«Y ya nada detuvo a la noche».

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