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SOÑANDO EL SUEÑO DORADO ( hoy en La Nueva España)

Sobre la pasión amorosa

16.07.2017 | 04:35


Hace un par de semanas, en un curso de verano de El Escorial, el escritor Mario Vargas Llosa desveló no se sabe bien qué sobre el puñetazo que le pegó a Gabriel García Márquez en un ojo en el año 1976 mientras le gritaba: «Esto por lo que le dijiste a Patricia». Aquel puñetazo puso fin a una larga amistad entre los dos grandes escritores e inauguró una animadversión que duró 40 años. El asunto es una pamplina más vieja que el sebo: los múltiples enamoramientos de ciertos personajes, sus esposas que se enteran, los amigos que te echan una mano, a veces al brazo y otras al cuello? 
Pero más que el incidente Gabo-Vargas en sí lo que me sorprende es la vigencia y el interés que el asunto sigue despertando después de tantos años. Parece que a fin de cuentas nos sigue atrayendo lo de siempre: el amor y sus enredos. Hace bien Vargas en encargar el esclarecimiento de aquello a los historiadores: así nunca nos enteraremos. 
En el año 1965 la escritora norteamericana Joan Didion, una de las escasas personas capaces de convertir una crónica en pura poesía, dedicó un artículo titulado «John Wayne: canción de amor» al que era su ídolo cinematográfico. Escribe Didion: «Yo vivía en Colorado Springs. Había un barracón de chapa de acero con sillas de madera. Allí, en un verano de 1943, fue donde vi por primera vez a John Wayne; lo vi caminar y le oí decirle a una chica en una película titulada ‘En el viejo Oklahoma’ que le iba a hacer una casa en el recodo del río donde crecen los álamos. Al crecer yo no me convertí en una mujer de película del Oeste, y aunque los hombres que he conocido me han llevado a muchos sitios, nunca han sido John Wayne y nunca me han llevado a ese recodo del río donde crecen los álamos. Pero en el fondo de mi corazón, donde cae eternamente la lluvia artificial, ésa sigue siendo la frase que espero oír».  Ya ven, la Didion, la mujer que mostró su dolor y su fortaleza al mundo al describir sus pérdidas familiares en esa maravilla que tituló «El año del pensamiento mágico». A sus 82 años, Joan Didion sigue esperando esa cabaña. 
En los últimos años asistimos a una curiosa revitalización del amor romántico por tierra, mar y aire. Películas y libros como las Sombras de Grey, los candados de Moccia, las novelas de Ferrante, etcétera. Dice la socióloga Eva Illouz, una de las más interesantes teóricas del tema, que el ideal romántico suele reaparecer en las épocas de crisis. Y la que estamos atravesando ahora es considerable. 
Resulta muy curioso que quienes hayan puesto especial interés en recuperar el ideal romántico del amor hayan sido psicoanalistas como Massimo Recalcati o Julia Kristeva. Habida cuenta de que quien dinamitó el ideal romántico del amor fue Freud, al escindir el amor del deseo, al concluir que la llegada de uno suponía la salida del otro del tablero. 
Recalcati ha publicado en Anagrama «Elogio del perdón en la vida amorosa» (2015). Hay tramos interesantes en su propuesta, como la que reseña en el título y que habla de salvaguardar la estabilidad de la pareja por encima de todos los vaivenes que puedan darse. Recalcati es crítico con el pasado y no muestra tanta autoindulgencia como Julia Kristeva y Phillipe Sollers, iconos de la posmodernidad francesa, que han publicado ya en castellano «Del matrimonio considerado como una de las bellas artes» (2017), donde dan cuenta de sus 50 años de vida en común. Es increíble. Dos tipos redescubriendo una institución social que han denostado durante décadas, las que median entre 1960-1980, donde la libertad no conocía límites y donde hubo grandes avances sociales, pero donde se hacían y decían majaderías abisales. Algunas de ellas las siguen sosteniendo Kristeva y Sollers. 
Al respecto cuenta Pascal Bruckner: «Extraño destino el de una generación que ha querido reformar el corazón humano y redescubre alguno de sus códigos intangibles». Para Bruckner la pelota sigue estando donde estaba: en la tremenda complejidad que supone conciliar libertad con pertenencia. A fin de cuentas, sigue Bruckner, la libertad amorosa no aligera, carga. Resuelve menos problemas de los que multiplica paradojas. 
Surge ahora el interés de ciertos autores por presentar el amor romántico como uno de los últimos refugios en la lucha contra el sistema de valores del capitalismo canalla. Esto carece de base racional alguna mas allá del infecto populismo. Parece que esta gente no ha leído al Arcipreste de Hita ni las descripciones del amor fantaseado por Yukio Mishima, por poner dos ejemplos distantes en el tiempo. No hay motivos suficientes para que en un debate sobre la esencia del nuevo orden amoroso tenga cabida la mayor o menor vigencia del capitalismo. Sí que tiene mucho más sentido teorizar sobre cómo cambian las relaciones humanas al ritmo frenético que marcan las redes sociales y todo lo que internet ha traído consigo. Como se plasma en «Her», la genial película de Spike Jonze. 
Con todo, como escribe con sanísima humildad mi colega Lola Morón en «El País Semanal» de hace unas semanas: «La neurociencia puede decir algo sobre la revuelta hormonal que se produce en la fase de enamoramiento sobre la feniletilamina y la dopamina. Pero del amor, que hablen los poetas». 
Ni poetas ni cineastas lograrán explicar la pasión amorosa, esa revolución inexplicable que puede poner nuestras vidas patas arriba en un momento. Porque el amor es un fragmento de vida que trae con él la lluvia, el sol, olores, sabores, risas, lágrimas, frustraciones, abandonos, dolor, etcétera. Sin que se sepa por qué, ni cómo ni cuándo? 
Así que seguiremos añorando con Joan Didion aquella cabaña junto al recodo donde crecen los álamos. O tratando, como el huraño y solitario luthier de «Un corazón en invierno», de que un rayo de sol se cuele en nuestro corazón blindado y nos derrita por dentro. 
Todo antes que permitir que el amor sea una enfermedad de la que haya que curarse. Porque no hay por qué excusarse por amar como amamos.

12 Comentarios

  • Anónimo

    hoy voy a hablar de la vichyssoise. Auge y caída de la vichyssoise. De como la vichyssoise sustituyó a la sopa cubierta en los banquetes de las clases populares, para posteriormente ser fagocitada por la crema de espárragos.

    viejo Casale

  • Anónimo

    A la tercera vez que te cambian el pañal pierdes el pudor. A la quinta la dignidad se agota. La dignidad es un prejuicio solemne. Estamos hechos de solemnidad y miedo. Nos damos demasiada importancia. Un hombre debería pasarse al menos un mes viendo morir a los demás para rebajar su ego. La mili tenía sentido en un mundo de patriotas y guerreros. Ver morir a los otros en una cama de hospital es lo que nos enseñaría a ser hombres en estos tiempos de desarraigo. Antes, esos ciclos naturales no se escondían. El exceso estaba en el luto, en la carga adicional del duelo. Ahora el exceso es la enajenación. Lo sustancial se oculta, lo natural se diluye. Los ritos se reducen a festividad inocua.

  • Anónimo

    Tampoco sé si fueron 2, 3 ó 4 días sin dar señales de vida. Realmente no logro recordar con precisión lo que sucedió. Si sé que al volver me encontré con la carta de despido. Es más que probable que todo fuera peor de lo que he narrado. Más enmarañado, más truculento, más cargado de idas y venidas por lugares que la memoria borró de inmediato. A veces la memoria me traiciona. Sobre todo cuando he de recordar instantes que no me dejan en muy buen lugar. Ya no importa. Sé que fue un punto de inflexión, uno más.

  • Anónimo

    Ruzafa era un barrio de garajes y sinestesias. Había un puticlub en la calle Cuba. Lo regentaba una mujer portuguesa que murió pronto, de cáncer. Te hablo de una tarde del año 2000. Diciembre de 2000. Esa noche jugaba el Sevilla en Mestalla. En un momento dado se puso a llover. La lluvia nos pilló en la calle Puerto Rico. Tú trabajabas en un garito que nunca cerraba. Me cogiste entre tus manos la cara y me dijiste bajito: mi madre trabaja ahí. Díle que esta noche no me espere despierta. Cuando entré supe enseguida quién era. Se parecía mucho a ti, sólo que los estragos la habían vuelto tan rugosa como impredecible. Me miró. Me miró y en voz baja dijo algo que nunca olvidaré: por fin un chico normal, por fin.

  • Anónimo

    Después te dejé en casa. Desde tu habitación se veían las ruinas del parque central. Entrabas a trabajar a las 22.00. Yo me fui a Mestalla. Ganamos 2-0. A mitad de la primera parte hubo un apagón. Durante el apagón pensé en tu madre. Al acabar el partido crucé la ciudad. Creo que era vísperas del puente de la Constitución. Se notaba el vapor de lluvia, la resaca del otoño, el filo de la navaja. Fui al puticlub donde trabajaba tu madre y entré con ella. Yo tampoco soy normal, le dije.

  • Anónimo

    ¿Por qué lo hice? por el morbo. Pensaba que el morbo era un lugar donde se comprendía lo inefable. El morbo estaba en la ramificación de la ciudad por novelar. El morbo era una manera de sentirse por encima de.
    El morbo no hizo sino convertirme en un gran imbécil. Un gran imbécil que daba vueltas. Ruzafa se volvió barrio de artistas pero yo huí de su influjo por miedo a encontrarme con la chica cuya habitación daba a las ruinas ferroviarias. Ahora que he vuelto a Ruzafa siguen los garajes y las sinestesias. Hay garitos subtitulados y bares con encanto. El puticlub cerró. De la madre jamás volví a saber. Y de la hija tampoco. Su finca sigue en pie. En la ventana donde ella se asomaba pende una bandera arcoiris.

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