Un lunes de agosto

«Si la realidad es coherente para saber algo hay que saber de todo. Hay que conocer el todo». La Teoría General de Sistemas. La coherencia de la realidad nos obliga a saber de todo si queremos saber de algo.

En El País Semanal sale un escritor de moda hablando sobre Roma. Será su Roma pero me parece muy aburrida y le aporta muy poco a mi Roma, siempre en la retina, o sea, en el recuerdo. Es curioso. Una ciudad tan hermosa y ha sido sede de los peores acuerdos sociopolíticos firmados en los últimos siglos en Occidente. Pero existe un Yo Sucesivo. O sea que puede haber una ciudad sucesiva. Roma aún puede mejorar su branding. Respiro aliviado.

El escritor Fernando Aramburu aparece en varios semanarios y suplementos culturales presentando su nueva novela que ha titulado «Los vencejos» y que trata sobre las dificultades vitales de un profesor de un instituto madrileño para realizarse en este mundo novela y por ello decide, que «casi con un 100% de posibilidades» se suicidará. Detrás quedan su madre con Alzheimer, sus lecturas de Albert Camus y su escasa fe en un mundo que no da respuestas. Es el sino de los tiempos: tema candente, mensajes fáciles y claros pero con una gran capacidad de repercusión en redes y medios de comunicación. Que arda la calle al sol de Poniente.

Confieso que me gustan poco las novelas planteadas en torno a este tipo de temas. Cada vez me gustan menos. Me parece que el oportunismo editorial opaca cualquier acercamiento razonable a situaciones extremadamente complejas. Y así, los libros suelen ser bastante simples o ya directamente macarrónicos. Ya hemos dicho que para saber de algo hay que saber de todo. Y eso cuesta mucho. Pero tal algún día alguien les diga a estos autores lo que el protagonista de Parranda, la novela de Blanco Amor, le decía al juez que le interrogaba acerca de un crimen: «No señor, no fue así como dicen esos papeles que ha leído, que todos sabemos que el papel todo lo aguanta pero las cosas no fueron así, que nadie sabe lo que pasó porque nadie quiso verlo o lo vio pero no reparó en ello…». Está esta frase de Aramburu: «El suicidio como lección de vida». El suicidio admite poca teoría, poca racionalización que decía Enrique Lynch cuando contaba en su excelente «Prosa y circunstancia» el suicidio de su madre, la escritora Marta Lynch, en 1984,  en su casa de  Buenos Aires. Lynch reconocía que le había dado mil vueltas a todo lo sucedido y que seguía sin una mínima explicación de porqué su madre decidió pegarse un tiro en la sien ante el espejo de su vestidor. «El suicidio no puede ser objeto de arte o de cualquier intento de darle legitimidad literaria», afirma Lynch. «Las coincidencias no explican nada. La verdad es que hay cosas que no tienen explicación», sentencia. Estoy con Lynch y con esa mirada descorazonada pero realista. Las situaciones semejantes que le han contado no tienen efecto sobre el hijo de la suicida: «me tranquilizan tanto o tan poco como los veredictos médicos». Gracias, Enrique Lynch.

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